Ucronia Manolo Shaggy

El pescadito dorado de los Buendía rodeado por hormigas tambochas en medio de la selva. Ilustración realizada por el autor con la opción IA de Gemini.

UCRONÍA


La novela que nunca fue.




Marcos R. Cañas Pelayo

Doctor Europeo por la Universidad de Córdoba. Profesor de Geografía e Historia en el IES Fidiana.




Palabras clave: Boom, Carmen Barcells, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Realismo mágico.




 

El teniente y los cachorros (I)


El brillo del pescadito dorado le hizo reaccionar a tiempo. Entreabrió sus ojos ante ese fulgor, recordando la calma del taller familiar, el cual ahora se le antojaba tan distante como las memorias de la infancia. Su primer instinto natural fue alargar la mano hacia el objeto preciado para recuperarlo. Sin embargo, algo de su espíritu de combatiente le advirtió del riesgo. Allí estaba la inánime pieza de orfebrería, asolada y rodeada por las tambochas, el ejército de feroces hormigas que actuaban todas a una, como si aquel pececito representase al más atroz adversario. Si hubieran comenzado conmigo, ahora estaría muerto, pensó Aurelio, mientras se erguía con esfuerzo en aquella selva recóndita.


Se apoyó por un instante en aquel avión de papel de aluminio, el testimonio de esos refugiados alemanes que habían fundado Avianca y que lo dejó en la estacada. Por fortuna, conservaba esa delgadez de soldado, ahora tornado en teniente, poco delicado ante los destrozos de su uniforme. La etiqueta no era de importancia para su legendario padre, un individuo que supo hacerse pasar por hechicero chamán para regresar a su hogar cuando estaba rodeado de contrincantes. Su dura mirada vislumbró una brizna de buena suerte, aquella que daba a intuir un pequeño poblado indígena antes del anochecer si conservaba el buen paso, aunque arrastraba una ligera cojera en la pierna izquierda tras el accidente.



Las dos hileras de dientes grandes se apretaban mutuamente. Fruto de aquellos días perdidos, aquellos molares que trituraban cualquier cosa que llegase a su boca estaban realmente sucios. En realidad, daba igual, como sus compañeros en el Colegio Militar sabían, la suciedad convivía alrededor de aquel líder nato que usurpó la mejor tienda, tornada la sala de mando improvisada. Como hacía en su círculo de cadetes, tardó poco en imponer su presencia física en aquella humilde comunidad que fabricaba sus casas en madera que se elevaban sobre pilotes. A las pocas semanas, se familiarizó con sus armas silenciosas para cazar. Si al menos hubiera sabido qué hacer con dicho dominio, habría sido estupendo, se dijo. Estaban perdidos, pequeños ratones en un tiempo ajeno.


     —Viene alguien… - irrumpió uno de sus compañeros, quien sostenía una de esas cuartillas que hacían las delicias del resto, repletos de fábulas eróticas sobre hermosas nativas con los senos al aire.


El calenturiento aspirante a poeta no se inmutó cuando su contertulio lanzó un sonoro escupitajo. Si bien le avergonzaría expresarlo en público, al igual que todos los demás se sorprendía intentando imitar alguno de los ademanes del lenguaje corporal de aquel caudillo, incluyendo una cruel risa. Ahora no estaba en Miraflores ni invitando a alguna vecinita a una sesión de cine. Le susurró una última información al oído.


     —¿Un teniente colombiano? Qué bien, qué bien…- cogió sus botas, algo que su contertulio agradeció para no seguir observando aquellas uñas de águila- Llama al serrano y a nuestra serpiente… ¡que merodeen la zona! Tal vez no venga solo.


GARCÍA MÁRQUEZ, G. y VARGAS LLOSA, M., La Selva, Barral Editores, Barcelona, 1982, pp. 120.

 


Decamerón


Un fino hilo separaba a la visionaria intuición de la locura. Lo sucedido en las postrimerías estivales barcelonesas de 1975 bien pudo parecer irracional en muchos mentideros, hasta el punto de que Xavi Ayén, uno de los mejores investigadores sobre el boom de la literatura latinoamericana, siempre puso en entredicho la anécdota cuando la recogió, décadas después, para su gran investigación sobre aquellos años mágicos en la Ciudad Condal. Sonaba demasiado a profecía autocumplida, pero para Carmen Barcells, la agente y traficante de palabras que mejor distinguía el corte de las musas, fue el día en que todo pudo implosionar, dejando tras de sí un rastro de cenizas y promesas novelescas incumplidas.


Sin aquel dolor del cuello que a duras penas contenía su collarín, Gabriel García Márquez habría soltado una carcajada. No era la primera vez que estaba en la calle Muntaner 505, pero era preferible visitar la discoteca Bocaccio a altas horas de la noche y no en aquella pesada tarde de húmedo calor. Maldito giro a la izquierda, todavía la cabeza le daba vueltas recordando aquella insensata y errónea maniobra de madrugada mientras en el aparato de su coche resonaban apasionados vallenatos. 


     —¿Ha traído la chaqueta de cuero negro? – preguntó la mujer joven que había preparado las cartas meticulosamente en aquella mesa del espacio reservado, el mismo lugar donde Jorge Edwards y otros amigos habían brindado durante la fiesta de despedida.


     —Sí, la misma que llevaba aquel día… - se apresuró a contestar Barcells, dejando al autor colombiano con la palabra en la boca.


A pesar de aquellos ademanes de gran matrona entrañable, el literato sabía que bajo ese acento catalán se escondía la regente de una gran masia, acostumbrada a negociar y salirse con la suya. La única diferencia con respecto a sus antepasados, es que Carmen regentaba un mansus de brillantes escritores con los que quería plantear una revolución sin precedentes. Si había convencido a Oriol Regás para darles un pase privado en Bocaccio era porque se tomaba muy en serio sus últimos informes astrales. Y aquella jovencita de cabellos oscuros, largas cejas y rostro dulcificado recién salido de las aulas universitarias de Barcelona no podía ser una mera charlatana; se trataba de una de esas colaboradoras a las que gente como Juan Marsé terminarían bautizando como las amigas misteriosas de Barcells.  


     —La Luna… -masculló la dama tras dar la vuelta a la carta y revisar por enésima vez aquel informe- Y en esa posición… -masculló.


     —Mi verdadera vocación es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando tanto de hacer un buen truco que he tenido que conformarme con escribir… - la chica del Tarot disimuló la sonrisa ante aquella respuesta del caballero, quien se acababa de quitar las gafas y cuyo bigote parecía propio de un pistolero mexicano liderando a una banda de forajidos en un western- ¿Eso es bueno o malo?


Carmen y la astróloga que traducía libros del italiano compartieron miradas. No era bueno ni malo… algo que debía suceder se evaporó por un azar extraños. Y ahora el destino era tan libre como incierto.

 


El teniente y los cachorros (II)


Apenas una mirada le bastó para comprenderlo todo. Trató de posar la misma vista con la que su abuela, según decían, observaba a la prolífica descendencia de su linaje. Tan aterrada estaba de que los chicos salieran con cola de cerdo, debido a los matrimonios entre parientes tan típicos de su clan, que solamente cabía respirar con alivio ante lo que finalmente se le presentaba como nietecitos. En ese sentido, la guerra era parecida, recordó Aurelio. Fue peor imaginar qué hallaría en ese sendero hacia el poblado, acompañado del rugir de las tambochas. Ahora, aquellos jóvenes peruanos eran un enemigo con rostro y no había nada en ese grupo que resultase monstruoso o con esas infernales trazas que en las escuelas de su patria adiestraban a los niños con el grito: “¡Abajo el Perú! ¡Arriba, Colombia!”. ¿Harían las mismas pendejadas en el otro lado?


     —¡Cuatro! – dijo el chico de aspecto más violento, el que sin duda dirigía aquella manada. Por la expresión de algunas de las muchachitas que rondaban a la entrada del poblado, ya habría hecho uso de su fuerza con alguna de ellas.


El joven líder hacía alusión a la tetrarquía de agujeros en su guerrera, cuyo color caqui se antojaba el idóneo para confundirse en aquella área selvática. Como simple respuesta, el colombiano, un hombre en la flor de la vida, pero que ya bien podría haber sido el hermano mayor o incluso el precoz papá de algún miembro de esa muchachada, Aurelio se ajustó la chaqueta e hizo un gesto divertido, asintiendo con la cabeza. Aquello no complació al improvisado dueño del poblado. Estaba respondiendo con humor a una amenaza. En aquel forastero, ese rasgo no le hacía ni pizca de gracia.


     —El secreto de una buena derrota no es otra cosa que un pacto honrado con la verdad… - acertó a decir con dignidad- ¿Qué quieren hacer, muchachos?


     —Vaya, -el chico que lideraba volvió a mostrar su poderosa dentadura- me parece que te ha salido un competidor a poeta… -dio una palmada en el hombro al compañero que el colombiano juzgó con cara de más inteligente- ¡Lástima que no vaya a durar mucho!


El pintoresco teniente se dio cuenta de que un serrano corpulento a su espalda se iba aproximando; sus andares parecían los propios de una boa pesada tras haber engullido a su presa. A diferencia del chico al que habían palmeado en la espalda hacía un instante, este último tenía unos ojos de nula inteligencia, aunque eso nunca había sido óbice para fabricar de esa carne sin seso magníficos soldados. Probablemente, si hubiera sido vivo habría atacado antes, no lanzado aquellas señales a kilómetros. Usó su peso en su beneficio y sacó algo de la guerrera antes que ninguno de sus anfitriones pudiera actuar. Como si fuera un prestidigitador, Aurelio estaba con un cortaplumas en la gruesa garganta del adelantado entre la camada peruana. Lejos de preocuparse por su camarada, el líder ahogó una carcajada.


     —Eres el tipo más fregado que he visto en mucho tiempo… Sabes que vas a morir hoy, ¿no verdad? Aunque no quieres que sea de cualquier manera. Se entiende, amigo, claro que se entiende…




GARCÍA MÁRQUEZ, G. y VARGAS LLOSA, M., La Selva, Barral Editores, Barcelona, 1982, pp. 121.



La Casa Azul (Estiu 1976)


     —Nunca he conocido a un escritor a quien dure tan poco un vaso de leche…


La carcajada proferida inmediatamente después por Carlos Barral sonó similar a la de un risueño capitán antes de zarpar. Con la piel profundamente bronceada, fruto del Sol a la que la sometía en la marítima Calafell, muchos de los hijos de sus protegidos editoriales pensaban que aquel individuo de aspecto aventurero y barba de chivo sin bigote era un pescador de fortuna antes que un hombre de letras.


     —Bueno, a fin de cuentas, hay defectos peores, ¿no verdad?


Estaban frente a la puerta de aquella encantadora casa a la que llegaba la arena de la propia playa. Mario Vargas Llosa se sentía cómodo en ella. Allí había escrito pasajes importantes de La casa verde, nada menos que ante una tribuna de exquisita madera canaria. Parecía que hubiera pasado mucho tiempo desde que llevó allí un ocelote, de nombre Amadís de Gaula, a Danae, la hija de Yvonne y Carlos, sus generosos anfitriones. Un idilio que comenzó cuando la esposa de un asociado les advirtió de que echasen un buen vistazo a un manuscrito titulado La ciudad y los perros que tenía una pinta magnífica. Rara vez una intuición fue más acertada. De repente, el sueño de Barral de convertir La Casa Oscura (así llamaba al negocio familiar, aquella imprenta gris de obras escolares) en algo distinto, tan renovador como una vibrante ola, se hizo realidad.


A diferencia de Mario, Barral amaba más el vino que el esforzado producto de las vacas. Tal vez fuera porque nació en un año de magnífica cosecha en la Borgoña. Si bien en el pasado subestimó el influjo de la producción escrita en América Latina, era un hombre de olfato fino que había borrado cualquier traza de ese prejuicio al abanderar y proteger a talentos como el de aquel estilizado peruano, un hombre tan espartano a la hora de ponerse en el escritorio como impecable en traje de gala. Varias damas en Bocaccio expresaron su lamento de no haberse insinuado más al creador de Conversación en La Catedral cuando se destapó que protagonizó un escándalo al iniciar un affaire en pleno viaje en barco de regreso a Lima.


Ahora eso parecía borrado se dijo, Barral. Álvaro y Gonzalo ya eran algo más grandes, pero para la pequeña Morgana aquella crisis matrimonial paterna debió ser algo invisible. No obstante, Yvonne sí pudo notar en el primer paseo con la puesta de Sol que quedaban cosas por cicatrizar en aquella pareja. En concreto, Mario estuvo muy interesado, tal y como Barcells le anticipó a Barral, en conocer algunos detalles de la fiesta de despedida barcelonesa de su esposa, una fina joven de nariz respingona que, además, era su prima. Dentro del círculo L’Espineta aquello tampoco levantó ampollas, ¿acaso no estuvo previamente con una de sus tías? Los genios eran así o, al menos, entre aquella congregación bohemia de poetas y editores que se carteaban en francés.


     —De modo que en México hicieron el pacto… -Barral le dio una amistosa palmada en el hombro a su amigo- ¡Gran idea! Ya os lo dije, la primera tirada de Historia de un deicidio arrasó… ¡porque la gente creía que era una novela a cuatro manos vuestra! Esto no puede salir mal… ¿cuál era el título finalmente? Recordad que Aguas reiteradas ya está cogido…


     —La selva… - contestó su interlocutor acariciando su patilla derecha y con la mirada ausente.



Entrevistas paralelas


Aquel libro era una bomba, con la mecha encendida y pronta a estallar. Plinio Apuleyo Mendoza recordaba a la perfección esos días del pasado. El escritor colombiano visualizaba en su mente la deslumbrante presencia de su futuro amigo, Mario Vargas Llosa, flamante y sonriente premiado con el prestigioso Rómulo Gallegos. Sin embargo, era su viejo compadre, Gabriel García Márquez, cariñosamente llamado Gabo o Gabito, quien acababa de dejar el atentado que le colocaría entre los pesos pesados de la literatura: Cien años de soledad.


No podía decirse que el peruano que vino a conocer Bogotá, con quien acababa de tramar una entrañable amistad epistolar que incluía el proyecto de una novela a cuatro manos, fuera celoso ante el futurible éxito de la tirada lanzada por Sudamericana en Buenos Aires. Vargas Llosa insistió conmovedoramente a Coward McCann para que hicieran un esfuerzo por publicar aquella joya en lengua castellana. Tras meses de hambres parisinas, Plinio podía solazarse en la felicidad con la que Gabo le hablaba de la intrépida Carmen Barcells sentándose a negociar con editoriales estupefactas ante una de esas novelas que se presentaban una vez cada siglo.


A partir de entonces, todo parecía medirse por ese año de 1967. ¡Hasta en la discoteca Bocaccio se recordaba que abrieron las puertas cuando ese tipo con bigotes revolucionó la industria! Carlos Barral hubo de convivir con el falso bulo de que rechazó el manuscrito, creándose una leyenda negra sobre su olfato literario del que alcanzó únicamente cierta redención cuando su protegido Vargas Llosa publicó la tesis doctoral Historia de un deicidio, una carta de amor crítica a quien ya era más que un amigo. Por ello, Plinio sintió un cosquilleo similar cuando le llegaron noticias de aquella entrevista a Barral en A fondo con Joaquín Soler Serrano en 1976. Tras las clásicas preguntas de rigor y una amigable tertulia, el editor mostraba su desazón por el oficio, una que había nacido del trágico y absurdo accidente de su socio Víctor Seix en la Feria del Libro de Frankfurt. Eran sabidas sus discrepancias sin aquella mano amiga y sus nuevos vuelos en solitario. Un avión donde, según contestaba a Soler Serrano, no era especialmente optimista. Y entonces el sagaz catalán encendió la mecha nuevamente:


     —Puede ocurrir algo que lo vuelva a levantar… ¡fíjate lo que está ocurriendo en España, por ejemplo! En este momento, el desinterés por la literatura es total…


Hasta ese segmento, era el parlamento clásico de la perenne crisis en el sector. De cualquier modo, entonces algo brillo en el seductor rostro del editor mientras se mesaba la poblada barba. Habló de un nuevo Premio, cuyo nombre todavía no podía revelar, una fórmula que buscaría solventar las incertidumbres del panorama lingüístico del castellano, un idioma bendecido y maldecido a partes iguales por tal nómina de autores que escribían desde distintos rincones del mundo.


Plinio sumó dos y dos. Todavía conservaba frescas las impresiones de Gabo con su compatriota Germán Castro Caycedo para televisión. Una desesperanza similar por la acogida recibida por El otoño del patriarca, maldita por esa espada de Damocles que era ser el autor de Cien años de soledad. Ahora daba igual. Tenía la segunda bomba… y el socio predilecto para detonarla.

 


El teniente y los cachorros (III)


El teniente necesitó setenta y cinco segundos, los setenta y cinco segundos más largos de su vida, para llegar a ese instante. Se sintió repleto de pureza, invencible, en el momento de intercambiar miradas con aquel aspirante a joven asesino. Ahora comprendía mejor a su ilustre padre, esa aura de intocable que otorga ser un héroe capaz de dinamitar su propia estatua. Quería soltar el gaznate de aquel serrano que guardaba silencio y aguantaba maldiciones apretando los dientes, pero no antes de asegurar de una cosa: iba a morir como un hombre y no como una tambocha pisoteada por los botines de un niño caprichoso.


Nadie comprendía más aquel cuadro mágico a la entrada de un poblado en la selva que el muchacho peruano con ojos de poeta. Todos estaban mirando, petrificados ante la estampa. En ese lapso atemporal que llevaban en aquel rincón perdido, donde habían presenciado la muerte y nacimiento de leyendas, aquel colombiano se llevaba la palma. Esto no se aprende, se dijo, arrojando su cuadernillo al suelo. 


Su líder asimismo lo sabía. Pese a lucir una bandera distinta, aquel recién llegado estaba recordándoles algo, que podía haber alguien más encabezando la manada. Por supuesto, arrugarse no entraba en sus planes. No lo hizo en el Colegio Militar ante altos mandos, tampoco frente a estudiantes más veteranos obsesionados con bautizarlo como novato. De cualquier modo, aquel entrometido lo perturbaba, incluso involuntariamente. El hacedor de versos y cuentos pornográficos selváticos sintió que estaba viendo a un guerrero tan valiente como bruto frente al esplendor de la armadura imaginaria de Amadís.


     —Si lo sueltas, peleamos a cuchillo… Venga, teniente, no me sea chancón. Quítese los galones y peleemos… - de un chasquido suyo aparecieron manos amigas prestas para darle una navaja- ¿Sabes cómo me dicen? – sus ojos parecían bañados en sangre- Soy bastante popular en mi círculo. Me llaman El Ja…


Entonces se produjo otro instante mágico. Con un mero gesto con la palma de la mano zurda, incluso el locuaz cadete, improvisado jefe de la aldea, enmudeció a la espera. Haciendo más fuerza de la que parecía posible en alguien maltrecho por el recorrido desde su avión, el colombiano apretó mucho el hombro en su rehén para que cayera de rodillas. Renunció a pedir un arma nueva y exhibió aquella cuchilla como si fuera la espada del rey Arturo.  


     —Muchacho, vas a matar y morir en una mierda de guerra planeada por dos dictadores a los que les trae sin cuidado qué te ocurra… - Hazte un favor, al menos, y di tu verdadero nombre para que sepamos con quién peleamos por una vez…


El resto de jóvenes parecían haber improvisado una especie de semicírculo a la entrada de la aldea. De repente, su caudillo sostenía con firmeza el cuchillo. Quería rajarlo como no había deseado nunca el abrazo de una muchacha o el calor de la familia. Sea como fuere, su poder sobre el grupo parecía haberse evaporado. Al haberle privado de su mote de guerra, lo estaba igualando. Y la sonrisa cruel desapareció mirando a Aurelio. 


GARCÍA MÁRQUEZ, G. y VARGAS LLOSA, M., La Selva, Barral Editores, Barcelona, 1982, pp. 122.



¿En qué momento se jodió el boom? Es una pregunta que buena parte de la crítica se ha hecho para explicar mejor el auge y caída de un movimiento literario. Sin embargo, no deja de resultarme curioso que, tal vez, la semilla de la destrucción se cimentó en el gran triunfo de aquella camada de escritores sudamericanos: Palacio de Bellas Artes en Ciudad de México, febrero de 1976. Allí se forjó un pacto. No sería hasta mucho tiempo después, frente a la diosa Elena Poniatowka, donde pude reconstruir en su inmensa mayoría aquel mefistofélico complot que tuvo a mi patria como testigo. Si bien Carmen Barcells nos robó a los Gabo para afincarlos en Barcelona, fue nuestra tierra linda donde García Márquez y Vargas Llosa sellaron su acuerdo táctico al poco de ver una obra sobre el terrible accidente de un equipo de rugby uruguayo mientras sobrevolaban la cordillera de los Andes.


Por aquel entonces, yo era una osada investigadora con anhelos doctorales, celosa de firmar mi propia Historia de un deicidio a cuatro manos con una excéntrica y brillante universitaria argentina, incapaces de ver más allá del mito. “Fue Mercedes, chamaquita. En el la leyenda del boom se desprecia la contribución de las mujeres, se las consume, se las desecha, colgadas para siempre en el árbol patriarcal… sin la visita del cocodrilo sagrado a ese hotel en Ciudad de México, nunca hubiera existido La selva”. Guarde las palabras de la autora de Tlapalería en mi memoria, dispuesta a saber qué ocurrió entre aquellas paredes del hotel Génova.


Debido a mi afición por el box, en una ocasión me preguntaron qué tipo de púgil habría sido Vargas Llosa. Medité la cuestión y me llevó a un amor platónico, uno de esos rincones que incluso las mexicanas felizmente casadas y fabricantes de enchiladas para su prole guardan: Las Vegas en septiembre de 2012. Por supuesto, yo era una corresponsal que cruzaba los dedos por Julio César Chávez Junior, el hijo del legendario León de Culiacán. Julito era un buen muchacho y he dedicado varias columnas a su difícil herencia familiar, así como sus prometedores inicios luego truncados. Sea como fuere, hoy admito que una parte de mí iba con su rival, el seguidor de River Plate, Sergio Maravilla Martínez. Enfundado en la albiceleste, un guerrero con rostro de galán de telenovela; para colmo de males, en la única entrevista que coincidí con él resultó encantador, vivo y bienhumorado. Baste decir que acabé menos desolada que mis colegas a pie de ring con la tarjeta de los jueces.


Pese a ello, ocurrió algo. Tras haberse paseado en el cuadrilátero, El Maravilla cometió un error que confirma una de mis máximas: el boxeo es el único deporte donde la victoria esconde los ecos de futuras derrotas. Los golpes de Julio tuvieron un resabio a los mejores días de su papito, llegando a hacerse besar la lona a quien ya era virtualmente ganador. Sergio se recompuso, ganó el cinturón y sonrió, aunque creo que él y yo sabíamos que sus rodillas no volverían a ser las mismas. Como en cita en Samarcanda, no podríamos eludir la cita con la muerte: tardó dos años en llegar en idéntico escenario, de la mano de un boricua tatuado y bautizado como Miguel Cotto.  


“Mario Vargas Llosa es Cotto”, acerté a decir tras muchas vacilaciones a un medio español. Me resultó curioso que el verdugo de mi héroe fuera mi símil hacia uno de los escritores que más he leído. Con todo, creo que el peruano debe de tomárselo por el lado amable. La astucia de Maravilla le permitió disimular por más de un año que ya no tenía esa chispa de antaño. El inconveniente, y que me hizo ganarle una apuesta al veterano cronista Horacio Pagani, es que alguien con el talento de Martínez nunca desearía un rival como Miguel.


Desde Caguas, Cotto era una persona con un plan al que poco importaba el genio ajeno: salía simplemente a destruir de forma sistemática por doce asaltos. No quería agradar al público más de la cuenta, su objetivo era diseccionar el plan de su esquina y aplicarlo con la dulce ciencia de sus guantes. Vio la debilidad del argentino y, a diferencia de un buen guion de cine, se ciñó estrictamente a lo que debía hacer, cerrando cualquier rendija a los milagros made in Hollywood. Respiré con alivio cuando el preparador de mi crush decidió arrojar la toalla. En la típica conexión que hacíamos, algunos ilustres colegas quisieron desmerecer un poco al campeón de la noche, convencidos de que había arrinconado a una presa ya herida. Podía ser, pero ahorita les digo que la maestra Jayce Carol Oates nos demostró que las damas sabemos ver más allá de las cuerdas.


Había algo en la forma de cerrar el puño del boricua cuando intercambiaba trash talking con su retador, todo lo locuaz que suelen ser los hijos de Avellaneda. Curiosamente, el mismo cierre que, en ocasiones, vi a hacer a don Mario Vargas Llosa, enfundado en sus impecables trajes. Con los cabellos plateados de un antiguo senador, el estilizado peruano que medía sus declaraciones como Cotto hacía con las distancias, parecía concentrar en la fuerza del puño una furibunda réplica ante un futuro peligro. Y si han conocido el Colegio Militar Leoncio Prado, sabrán que eso marca tanto como la difícil relación del Premio Nobel con su padre.


Oh, sí. Si digo que la mula es parda, es porque tengo los pelos en la mano. El creador de Conversación en La Catedral habría sido un peso medio a tener en consideración. Corajudo y cerebral al mismo tiempo. Claro que no fue siempre así. Justo antes del pacto en México con su amigo, mentor y padrino de su hijo Álvaro, había estado dando palos de ciego, como un gran campeón que ha perdido la visión y teme que el colegiado haga sonar la campana. Incluso sus amistades más queridas dudaban de sus decisiones en un affaire en un barco donde puso en riesgo su matrimonio y hasta la vida, si es que debemos darle plática a los más chismosos que hablan de un loco viaje a Madrid con una mujer casada con un esposo celoso.


Viniendo de donde vengo, me sorprende poco la actitud del macho gritón para que no le griten. Tras haber abandonado a Patricia, la reconciliación pareció incluir recelos por cierta noche en la discoteca Boccaccio. El hijo pródigo volvió limosnero y con garrote, poco complacido de algunos rumores sobre ciertas habladurías. “¿Qué broma le contaron a Mario?” fue la conversación telefónica más frecuente de García Márquez y Carmen Barcells en aras del reencuentro. Por fortuna, Patricia salió indemne de aquel accidente de coche que pagó un peaje en el cuello del colombiano más célebre de aquellos días.


“No seas un celoso estúpido” fue la sentencia de Mercedes, visita de improviso en el Génova. La egipcia era consciente de que la mujer de Vargas Llosa no acudiría a la filmación, impresionable ante esos accidentes desde la tragedia de su querida Wandita. Era complejo salirle así al ataque a un Mario al que gustaba noquear al primer asalto, si bien las hábiles mediaciones de Barcells en la Ciudad Condal habían dado un relato coherente y que dejaba bien a todas las partes en la reconstrucción que hizo el peruano al regresar a Barcelona. El mundo volvía a girar y los dos compadres harían su tan pospuesta novela a medias en días de sendas salvajes dictaduras. Por su lado, Patricia recuperó al padre de sus hijos y el esposo retornado se salió con la suya de permanecer en Barcelona tras el efímero retorno a Lima.


Nuestro pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Donald, perdió a los dos genios por la madre patria, pero Gabo volvería en compañía de Álvaro Vargas Llosa para el libro de reportajes más delirante de todos los tiempos. Con todo, esa es otra historia y habremos de esperar para contarla. Baste decir que, sin Ciudad de México, nunca habríamos tenido el segundo boom… ni las semillas de su destrucción.


FELIPA CALDERÓN es una prestigiosa periodista y columnista que ha colaborado en medios como Jot Down, Izquierdazo, ESPN o El País, entre otros. Pocos saben que esta cronista deportiva se doctoró en literatura, firmando con Guillermina Delfina una aclamada tesis doctoral reconvertida en libro galardonada con el prestigioso Premio Agesta.