ENTREVISTA

Foto cedida por el autor.

Máximo Huerta:


"Cuidar es una forma de amor muy poco épica y muy verdadera"




La memoria, el paso del tiempo y la familia han sido temas recurrentes en la obra de Máximo Huerta (Utiel, Valencia, 1971), así como los afectos acostumbran a instalarse en un lugar central en la narrativa del periodista y escritor. Este año, el panorama literario español celebra que el autor de La noche soñada (2014) y Adiós, pequeño (2022) regrese con Mamá está dormida (Planeta, 2026), donde de nuevo nos acerca a algunos de sus temas más reconocibles, adentrándose en la complejidad de la experiencia de los cuidados y la convivencia con quienes ya no nos recuerdan.


Huerta nos trae una tierna reflexión sobre la pérdida, materializada en la fragilidad de los recuerdos, los secretos del pasado y la fortaleza de los vínculos familiares incluso cuando ya poco puede decirse. Conversamos con él sobre la memoria, la identidad, los cuidados y aquellos misterios que siguen acompañándonos pese a los años y la experiencia.



 

La memoria, el olvido y aquello que permanece


La memoria es el núcleo vertebrador de Mamá está dormida. Huerta nos la presenta como una forma de resistencia más que como un almacén de recuerdos. No obstante, recordar lleva implícita una buena dosis de sufrimiento: cargamos con pérdidas, decepciones, ausencias y dolores antiguos que vuelven para recordarnos que la vida es esto.


P: Mamá está dormida es una novela atravesada por la pérdida, pero también por una forma muy profunda de amor. ¿Qué fue más difícil de escribir: la ausencia o el afecto?


R: La ausencia. El afecto siempre encuentra palabras. La ausencia es más escurridiza porque está hecha precisamente de lo que falta.


P: Hay libros que nacen de una historia y otros que nacen de una necesidad. ¿Qué necesidad íntima le llevó a escribir esta novela?


R: Nació de una necesidad de entender. De intentar ordenar emociones y preguntas que la vida deja abiertas.


P: La memoria ocupa el centro del relato. Cuando una persona empieza a olvidar, ¿qué cree que es lo último que permanece: la identidad, los afectos o la mirada de quienes la rodean?


R: Creo que permanecen los afectos. A veces se olvidan los nombres, las fechas o los lugares, pero el cariño encuentra caminos inesperados para quedarse.


P: En una época obsesionada con registrar cada instante de la vida, seguimos teniendo un miedo enorme al olvido. ¿Por qué cree que nos cuesta tanto aceptar que recordar también es perder?


R: Porque recordar también implica aceptar que el tiempo pasa. Y eso nos cuesta mucho más que hacer fotografías.

 


Las respuestas de Huerta nos acercan a una realidad no siempre fácil de asumir: la memoria nos hace vulnerables. Nuestros recuerdos están indisolublemente unidos a la conciencia del paso del tiempo y a la asunción de la pérdida. Vivir es perder.

 



Los cuidados y las conversaciones pendientes


La novela presta especial atención a la cuestión de los cuidados. Huerta nos acerca en ella a la paciencia y la fragilidad que impregnan los hogares en los que se convive con la dependencia.  Acompañar a quienes amamos es una experiencia que, por dolorosa que sea, nos reporta un valioso aprendizaje.



P: La novela pone el foco sobre el cuidado, una experiencia que suele vivirse en silencio. ¿Qué ha aprendido sobre la condición humana a través de la experiencia de cuidar?


R: He aprendido que cuidar es una forma de amor muy poco épica y muy verdadera. Está hecha de paciencia, repetición y presencia.


P: Muchas veces creemos que conocemos a nuestros padres hasta que el tiempo nos obliga a mirarlos de otra manera. ¿Hubo algo de su madre que descubrió tarde?


R: Descubrí tarde su fortaleza. De joven ves a tus padres como padres; con los años empiezas a ver también a la persona.


P: ¿Hay alguna conversación que no pudo tener y que, de algún modo, intentó sostener a través de la escritura?


R: Muchas. La escritura sirve precisamente para sentarse frente a las conversaciones que llegaron tarde o nunca llegaron.

 


En la novela, como en buena parte de su obra, la escritura parece convertirse en un espacio donde recuperar lo que la vida dejó sin resolver. No para encontrar respuestas definitivas, sino para formular mejor las preguntas.


Foto cedida por el autor.

La verdad, el éxito y los misterios de la vida


Más allá de la memoria y la familia, la conversación deriva hacia cuestiones que atraviesan toda existencia: la identidad, el reconocimiento, las expectativas y aquello que sigue escapándose a cualquier explicación racional.


P: ¿Qué le debe un escritor a la memoria y qué le debe a la imaginación?


R: A la memoria le debe el origen. A la imaginación, la forma de contarlo.


P: Después de tantos años de exposición pública, televisión, libros y escenarios distintos, ¿qué diferencia encuentra hoy entre ser conocido y ser comprendido?


R: Ser conocido tiene que ver con la imagen. Ser comprendido tiene que ver con la verdad. Son cosas muy distintas.


P: ¿Hay alguna idea sobre el éxito que haya tenido que desaprender para poder vivir con más libertad?


R: Que el éxito no consiste en llegar a un lugar, sino en poder vivir en paz con uno mismo mientras sigues caminando.


P: ¿Qué aspecto de la experiencia humana le sigue pareciendo un misterio, a pesar de los años, de los libros y de la vida vivida?


R: El amor. Después de todo, sigue siendo el gran misterio.


P: Si pudiera conservar intacto un único instante de tu vida, no necesariamente el más importante, ¿cuál elegiría?


R: Un desayuno cualquiera con mis padres, mi perra cerca y la sensación de que nadie tiene prisa.



La elección resulta reveladora. No hay grandes acontecimientos ni hitos profesionales. Lo que permanece es una escena cotidiana, una imagen doméstica en la que se concentran la calma, los afectos y la sensación de plenitud que a menudo sólo reconocemos cuando ya pertenece al pasado.




El lector frente a la desaparición


P: Y si Mamá está dormida fuera menos una novela que una pregunta lanzada a los lectores, ¿cuál le gustaría que cada uno se llevara consigo al cerrar el libro?


R: Me gustaría que se preguntaran qué hacemos con las personas que amamos cuando empiezan a desaparecer delante de nosotros.


P: ¿Hay algún libro que hoy le gustaría haber escrito usted, no por admiración literaria, sino porque expresa algo que ha sentido profundamente?


R: Me habría gustado escribir El camino. Porque habla de la infancia, de los pueblos y del paso del tiempo con una naturalidad que siempre he admirado.


P: ¿Qué le preocupa más de nuestro tiempo: aquello que estamos olvidando o aquello a lo que ya no prestamos atención?


R: Me preocupa más aquello a lo que ya no prestamos atención. Porque primero dejamos de mirar y después terminamos olvidando.


P: Para terminar, como a todas las personas que entrevistamos en Cariátide, le voy a pedir que nos recomiende un libro, un disco y una película.


R: Un libro: Nada se opone a la noche, de Delphine de Vigan. Un disco: Blue, de Joni Mitchell. Una película: Cinema Paradiso.



Las últimas respuestas vuelven, una vez más, sobre las mismas preocupaciones que recorren la novela: la atención, la memoria y los vínculos. Cuando se le plantea qué pregunta le gustaría dejar al lector, Huerta no habla de literatura ni de técnica narrativa, sino de una experiencia profundamente humana: cómo acompañamos a quienes amamos cuando comienzan a desaparecer ante nuestros ojos. Quizá ahí resida el núcleo de Mamá está dormida: en la convicción de que cuidar, recordar y permanecer son, en el fondo, distintas formas de amar.


Foto cedida por el autor.