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ENSAYO Y OPINIÓN
«[…] Porque resulta que uno puede revisitar el pasado sin grandes quebrantos, siempre y cuando dé por hecho que casi todo habrá cambiado por completo».
El caballero moscovita que me devolvió la fe en la novela contemporánea.
Manuel Morillas Sánchez.
Asesor Técnico. Junta de Andalucía.
Palabras clave: Amor Towles, novela contemporánea, literatura, premios literarios
Resumen: Un artículo sobre el encuentro casual del autor con un libro que le hizo reconciliarse con la novela contemporánea como ejemplo de literatura de calidad y no sólo como producto de venta masiva.
La sospecha del lector contemporáneo
El lector asiduo de narrativa vive hoy una paradoja difícil de ignorar. Nunca, a lo largo de la historia, se han publicado tantos libros ni ha sido tan sencillo el acceso a los mismos; sin embargo, rara vez se tiene la impresión de que una novela contemporánea pueda medirse sin complejos con las grandes obras de nuestro pasado. La industria editorial, inevitablemente condicionada por la lógica del mercado, privilegia la visibilidad mediática y la rapidez de consumo a través de la promesa de entretenimiento inmediato.
El resultado es que el lector exigente se aproxima con cierta prevención a las listas de “Más vendidos”. No se trata de una actitud elitista, sino de una experiencia acumulada. Basta recorrer los rankings editoriales o pasearse por la sección de libros de cualquier gran superficie para advertir que, junto a títulos notables, proliferan productos narrativos construidos según fórmulas reconocibles. Fenómenos globales como El código Da Vinci de Dan Brown, Cincuenta sombras de Grey de E. L. James o Crepúsculo de Stephenie Meyer ilustran bien esa tensión entre éxito comercial y reconocimiento literario [1].
El fenómeno ha sido analizado, como no podía ser de otro modo, por la crítica patria. El ensayista y Catedrático de Literatura Española Jordi Gracia, autor -entre otros ensayos- de El intelectual melancólico, argumenta en sus escritos que el mercado editorial contemporáneo tiende a privilegiar la narrativa de “consumo rápido”, mientras que la literatura de mayor ambición estética exige un lector más paciente [2]. En términos semejantes, el crítico Ignacio Echevarría nos habla de una suerte de inflación cultural: muchos libros se publican, circulan brevemente y desaparecen sin dejar una huella duradera.
Ante este panorama, el lector “cultivado” suele adoptar una estrategia defensiva: regresar a los clásicos. Nos vemos, así, intentando localizar en nuestras bibliotecas a Dikens, a Austen o a Cervantes, con la seguridad de que en ellos encontraremos algo más que entretenimiento: una forma de inteligencia narrativa.
Y, sin embargo, en forma de agradable sorpresa, de vez en cuando aparece una novela contemporánea capaz de disipar esa incertidumbre inicial. Una obra que demuestra que todavía es posible escribir con elegancia, ambición narrativa y profundidad moral sin renunciar al placer de contar historias atractivas. Eso es exactamente lo que ocurre al leer Un caballero en Moscú, de Amor Towles.
Un hallazgo casual: la intuición del lector
Los libros importantes suelen llegar a nuestras manos por caminos inesperados. A veces es la recomendación de un amigo; otras, una reseña encontrada al azar.
O una frase escuchada en la radio. Así me ocurrió con la novela de Towles. Una tarde de enero, mientras abandonaba en coche el centro de Madrid tras reencontrarme con un viejo amigo, escuché una frase que despertó mi curiosidad: “No es Shakespeare, pero sí de los pocos best-seller que merecen la pena”.
La afirmación tenía algo de provocación intelectual. El libro narraba la historia de un aristócrata ruso condenado por el régimen bolchevique a pasar el resto de su vida recluido en el hotel Metropol de Moscú. El argumento era sencillo y, al mismo tiempo, arriesgado: un único escenario, un protagonista obligado a reinventar su vida dentro de los límites de un edificio.
La pregunta surgía de inmediato: ¿puede sostenerse una gran novela sin abandonar apenas un espacio cerrado? La tradición literaria demuestra que sí. En cierto modo, Towles recupera una forma clásica de narración en la que el espacio reducido actúa como laboratorio moral.
Una novela en conversación con la tradición
Una de las mayores virtudes de Un caballero en Moscú es su diálogo implícito con la tradición literaria europea. El conde Aleksandr Rostov pertenece a esa estirpe de personajes que conservan su dignidad interior incluso cuando la historia se ha encargado de destruir el mundo que conocían.
El hotel Metropol se convierte, así, en un microcosmos social donde se cruzan diplomáticos, artistas, camareros y funcionarios soviéticos. Cada uno representa una pequeña historia dentro de la gran transformación histórica de Rusia.
La crítica ha destacado esta dimensión clásica de la novela. La reseñista estadounidense Michiko Kakutani subraya la habilidad de Towles para combinar ironía, nostalgia y observación social en una prosa elegante [3].
En España, el crítico y profesor universitario Sanz Villanueva ha defendido en repetidas ocasiones la importancia de aquellas novelas capaces de equilibrar legibilidad y ambición literaria, recordando que la gran tradición narrativa europea nunca ha separado radicalmente ambas dimensiones.
Éxito editorial y legitimidad literaria
Uno de los aspectos más interesantes, a mi modesto entender, de Un caballero en Moscú es que ha logrado algo relativamente poco frecuente: combinar éxito comercial con reconocimiento crítico.
La historia literaria demuestra que la relación entre popularidad y calidad es compleja. En ocasiones, los grandes premios literarios funcionan como mecanismos de legitimación cultural capaces de orientar la atención del público hacia obras de mayor ambición estética. En el ámbito anglosajón, el prestigioso Premio Booker ha contribuido decisivamente a consagrar a algunos de los narradores más influyentes de las últimas décadas, como Salman Rushdie. Su impacto cultural demuestra que el reconocimiento crítico puede coexistir con un notable éxito editorial.
En el contexto español, el Premio Planeta representa una realidad distinta pero igualmente significativa. Concebido desde sus orígenes como un gran acontecimiento editorial, el premio ha impulsado la difusión de numerosos autores y ha contribuido a situar la novela en el centro del debate cultural, aunque no siempre haya coincidido con los criterios de la crítica académica. Esta discrepancia se ha puesto de manifiesto de forma más evidente en las últimas dos ediciones, ganadas por Sonsoles Ónega y Juan del Val.
El crítico británico James Wood ha recordado que muchas de las novelas que hoy consideramos clásicas fueron, en su momento, grandes éxitos de ventas [4]. Obras como Guerra y Paz de León Tolstói o Madame Bovary de Gustave Flaubert -de la cual tengo un recuerdo especial, ya que adquirí el libro en una colección de fascículos acompañado de una bonita estilográfica que aún conservo- alcanzaron un público amplio antes de consolidarse como pilares del canon literario.
En el ámbito hispánico, algo similar ocurrió con Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, cuyo impacto cultural precedió al reconocimiento internacional culminado con el Premio Nobel de Literatura, y que ha servido de inspiración a escritores contemporáneos de rotundo éxito editorial y diversidad de opiniones en la crítica como David Uclés.
La dignidad humana frente a la historia
Más allá de su estructura narrativa, la novela de Towles que cayó por casualidades del azar en mis manos contiene una reflexión moral que explica buena parte de su impacto en los lectores.
El conde Rostov, despojado de su libertad y de su posición social, responde a la adversidad con elegancia, disciplina y una cierta ironía magníficamente pulida. Su actitud recuerda a la ética del absurdo defendida por Albert Camus: incluso en circunstancias adversas, el ser humano conserva la capacidad de elegir su forma de actuar [5].
La novela sugiere que la verdadera nobleza no depende de los títulos ni de las posesiones, sino de la manera en que una persona afronta las vicisitudes de la vida.
Volver a la Gran Vía con un libro en la memoria
Todo lector posee un pequeño canon íntimo formado por los libros que le han dejado una huella duradera. Con el paso de los años, ese canon se vuelve cada vez más difícil de ampliar. No porque nos falten libros, sino porque la experiencia lectora se vuelve más exigente. Después de haber convivido con Jorge Manrique, con Víctor Hugo o con Edgar Allan Poe, el lector aprende a reconocer la diferencia entre una historia eficaz y una verdadera obra maestra.
Por eso resulta tan estimulante descubrir una novela contemporánea capaz de integrarse sin complejos en nuestra conversación silenciosa con los grandes libros del pasado. Un caballero en Moscú lo consigue con una naturalidad que sorprende: sin estridencias formales, sin artificios experimentales innecesarios, pero con la elegancia narrativa y la inteligencia moral propias de la gran tradición novelística.
Quizá por eso, al cerrar el libro tras sus últimas páginas, tuve la sensación de haber encontrado algo más que una buena novela. Había descubierto, como dije en aquel momento a mis conocidos, mi nuevo libro favorito. Había encontrado una obra capaz de reconciliarme con la literatura contemporánea, de recordarme que todavía es posible escribir historias con ambición estética, humor inteligente y profundidad humana.
Y entonces recordé aquella tarde de enero en la que todo comenzó, en forma de idea para la paje de los Reyes Magos que me acompañaba en el coche aquel día. Pero eso es otra historia…
Notas
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