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RESEÑA
En el bosque, bajo los cerezos en flor, de Ango Sakaguchi.
Antonio Míguez Santa Cruz
Profesor de la Universidad de Sevilla.

Quizá Poe inauguró el «fantástico grotesco» al rotular sus cuentos como Tales of the Grotesque and the Arabesque. En ellos el temblor nace menos del espanto explícito que de la grieta moral que destroza nuestra noción de lo cotidiano. Ango Sakaguchi, pese a la distancia geográfica y temporal, parece dialogar con ese impulso de lucidez feroz, de rebeldía casi suicida, con ese empeño de tensar la literatura hasta que llega a crujir. Su obra, igual que la del bostoniano, es un estilete que incide en la fibra ética del lector. Y aun así —o precisamente por ello— irradia una energía que sigue resultando extraña, fresca, innegociablemente libre.
Junto a Dazai u Oda, Sakaguchi construyó un territorio narrativo abrupto, donde la herida y la belleza son movidas por un mismo músculo. Es imposible entender ciertos excesos del cine japonés contemporáneo —de Takashi Miike al eroguro más incómodo— sin rastrear la sombra de la buraiha, esa cofradía de escritores que hizo de lo abominable un principio estético.
La edición que aquí nos ocupa, coronada por una ilustración de Takato Yamamoto que parece destilar la misma melancolía febril de estos cuentos, adopta el título En el bosque, bajo los cerezos en flor. Quizá habría convenido añadir “y otros relatos”, porque este volumen —más caja de resonancias que simple antología— reúne tres piezas de extensión y alcance parecidos.

En En el bosque bajo los cerezos en flor, un temido ladrón que vive aislado en las montañas sobrevive desvalijando a las caravanas que se aventuran por sus dominios. Su existencia, brutal y rutinaria, da un vuelco al asaltar a un acaudalado viajero que iba acompañado de una mujer de belleza casi sobrenatural. Dominado por un deseo que nunca antes había experimentado, el bandido le propone convertirla en su esposa. Ella acepta, pero a cambio impone unas condiciones que sobrepasan lo razonable…
La segunda historia, La princesa Yonaga y Mimio, narra el encargo de un noble que desea obsequiar a su hija con una escultura de Buda en su decimosexto cumpleaños. Para ello convoca a los tres tallistas de madera más prestigiosos del país, quienes se instalan en los alrededores de su residencia y se sumergen durante tres años en la creación de una obra digna del acontecimiento. Mimio, el protagonista del cuento, desarrolla una fascinación casi reverencial por la sonrisa de la princesa Yonaga, una mueca que lo deslumbra tanto como lo atormenta, ya que la joven no hace más que despreciarlo y humillarlo. En retribución al maltrato, el artesano dedicará su tiempo a concebir un buda fuera de lo corriente.
Cierra el volumen El Gran Consejero Murasaki, relato protagonizado por un aristócrata libidinoso, de aspecto tan poco agraciado como desmesurada era su ambición. Durante una de sus andanzas nocturnas encuentra una flauta llamativa e inusual, ignorando que pertenecía a la princesa de la luna. No tarda en presentarse ante él una de las doncellas celestiales para suplicarle la devolución de un objeto tan sagrado. La aparición —una figura de proporciones perfectas y delicada esbeltez— despierta en Murasaki los deseos más ruines, y el consejero, dominado por su propia naturaleza, no tarda en convertir aquella súplica en una ocasión para el chantaje.
Aunque las historias se contextualizan en la era Heian(794-1185) y su imaginería —la pompa cortesana, lo sobrenatural que irrumpe sin pedir permiso—, Sakaguchi no está homenajeando nada, sino más bien parasitando la tradición para subvertirla desde dentro. Sus personajes femeninos, objetos de deseo y a la vez catalizadores de la ruina masculina, responden a una ideología budista que él distorsiona hasta convertirla en grotesca, en tanto se recrea en las emociones que estas mujeres producen en los varones, algo comúnmente omitido o tan solo entrevisto en algunos pocos casos.
Porque Sakaguchi, que conocía el existencialismo francés, pero cargaba con su propia desesperación nipona, perseguía reflejar la experimentación sensoria del individuo. Si pensamos en el karma y la castración pasional promulgada por las distintas ramas budistas, la propuesta de la obra no puede dejar de resultarnos casi blasfema, pues presenta cómo el desenfreno se impone a la contención. Es decir, las emociones que despierta entre los personajes —esa súbita fogosidad del alma que el autor describe con minuciosidad casi clínica— los transporta a lugares sombríos y retorcidos, lo cual representó una absoluta novedad en la época.
El Consejero se lamió el dedo índice con malicia y rozó el pie descalzo de la mujer. Disfrutó observando cómo lloraba temblorosa y retrocedía instintivamente. Aquella escena le proporcionaba un placer absoluto.
—Sakaguchi, 112.
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Y pese a todo —o gracias a ello— este libro es sorprendentemente accesible. El neófito encontrará cuentos crueles y hermosos; el lector versado en literatura japonesa reconocerá guiños, inversiones, ironías que la traducción de Susana Hayashi preserva con admirable pulso.
Cerrando el círculo, diremos que leer estos relatos se asemeja a adentrarse en un territorio donde lo bello va transformándose en algo macabro sin perder un ápice de su fulgor. Hablamos de una exquisita dialéctica de contrarios, una literatura radical que posee la audacia de profanar la floración de los cerezos, aquí transformada en trasunto del espanto, o de deformar la sonrisa femenina, tan celebrada en la poesía universal. Si a eso le añadimos que el libro se lee de una sentada, ideal para amenizar un viaje en tren, quizá os prestéis con gusto a ser heridos —en el espíritu tan solo — por la pluma de este maravilloso escritor.
Que sea por vuestra cuenta y riesgo.

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