Nota del autor
La revista Cariátide ha tenido la amabilidad de publicar otra de mis creaciones literarias. «El Cazador de dragones» ocupa un lugar especial dentro de mi obra general. Es una narración que actúa de puente entre dos ideas que me gustaría ver convertidas en sagas: los Cazadores de dragones y la galaxia Oikumene. Por un lado, el relato bebe de la novela «Alaterra», enmarcada en un futuro distópico, o quizá no tanto, en concreto en el año 2220. Por otro, tiene una pequeña mención a una tercera saga, «Drogheda», que narra la llegada de los elfos a la Tierra desde la galaxia de Andrómeda en el siglo XXIV y la guerra contra las Sombras. Y, en tercer lugar, es el antecedente de la historia de la galaxia Oikumene, ambientada en un futuro muy lejano. Este texto es el primero de las «Leyendas de Kalastia y Hoshizora», que, a su vez, bebe de «Cuentos de Kalastia». Por cierto, «Misión al Mediodía», historia corta publicada en el número 2 de esta revista, se desarrolla en Kalastia, en la Oikumene.
Para que el lector pueda tener un contexto un poco más amplio os dejo un pequeño glosario, por si tenéis curiosidad.
ORGANIZACIONES:
Archeion de Elpis (Oikumene): Archivo de la Primigenia Elpis, donde se guarda la mayor parte de la memoria de la Humanidad.
Dragones (Alaterra): Grandes guerreros de Alaterra al servicio del dios Dragón.
Dragones (Oikumene): Criaturas con rasgos de reptil alado. Son lo opuesto a las Sombras y se hayan en guerra con ellas. Originarios de la Tierra, viajaron a la galaxia Oikumene durante la expansión del Imperio romano. Viven en la esfera conocida como Limes Ignoto y, al viajar a la esfera de los Seres Vivientes, pueden adoptar forma humana.
Cazadores de Dragones (Alaterra): Clan de Alaterra formado en el año 2220, durante el curso de la guerra contra el dios Dragón en Alaterra, un mundo cuántico digital, y las investigaciones policiales derivadas de varios crímenes en la Ciudad Universitaria.
La Organización (Alaterra): Grupo terrorista y de espionaje de la realidad cuántica digital, fundado por Tadashi para luchar contra el dios Dragón.
Las Sombras (Drogheda): Especie que se autodefine como una conciencia autónoma que necesita un cuerpo para subsistir en le esfera de los Seres Vivientes. Nosotros definiríamos su conciencia como una energía cuántica altamente compleja capaz de interactuar con la materia. Viven en la esfera conocida como Limes Ignoto.
Nueva Europa (Drogheda): Organización política sudamericana nacida tras las guerras élficas. Es donde se asentaron los elfos tras su aterrizaje en la Tierra.
Odínico solar: Idioma de los odínicos en el sistema solar. Mezcla de inglés, alemán, holandés, etc. Origen cultural de los odínicos de Kalastia.
Romano solar: Idioma de los romanos en el sistema solar. Mezcla de español, francés, italiano, portugués, etc. Origen cultural de los romanos de Kalastia.
TECNOLOGÍA:
Atlantis (Alaterra): una pantalla portátil y táctil sostenida por un procesador cuántico que permite conectar con la nube cuántica y QNet en cualquier momento.
Cúpula vital: Tecnología que permite la vida fuera de la Tierra, al imitar su atmósfera y el ciclo del agua.
DRIS (Alaterra): Digital Reality Immersion System o Sistema de Inmersión en la Realidad Digital. Industrias Miyake transformó la tecnología FullDive, o de Inmersión Digital, y la aplicó a la Realidad Digital Cuántica dando lugar a la tecnología DRIS. Cápsula donde se introduce la persona y cuya finalidad es controlar las constantes vitales e interacciona con el cerebro para trasladar la mente al mundo digital. Por defecto, dirige al Nexo. También se conoce como DRIS a la programación con la que se puede acceder de forma remota desde un ordenador o una aplicación de móvil. El modelo Artemisa es el primer háptico.
IAC (Alaterra-Oikumene): Inteligencia Artificial Cuántica. Derivadas de la tecnología cuántica digital. A lo largo de la Historia han destacado tres por su gran complejidad: Atenea, Aquiles y Chess. Serán el origen de las Inteligencias Primigenias.
Inteligencia Primigenia (Oikumene): Son siete Inteligencias Artificiales Cuánticas muy complejas, diseñadas para pilotar naves interestelares, gracias a la tecnología de los elfos, y cuidar de la Humanidad. Pueden viajar por el Dominio de las Sombras. Sus nombres son Akai-hime, en Akagi, Árktoi, Nehir, Odín, Roma, Svarog y Zhinu.
Neptunus Ryōshi 5 (Alaterra): Modelo de ordenador cuántico.
Realidad Digital Cuántica (Alaterra): Realidad virtual creada a partir de la tecnología cuántica y el desarrollo de los ordenadores cuánticos que dio origen a los mundos digitales como Alaterra y a las IAC.
TOPÓNIMOS:
Andrómeda (Drogheda): La galaxia espiral más cercana a la Vía Láctea, donde se encuentra el sistema solar habitado por los elfos. Esta galaxia está siendo conquistada por las Sombras.
Ciudad Universitaria (Alaterra): Ciudad del sur de Europa que destaca por su castillo, su centro histórico y la Universidad. Escenario principal de Alaterra.
Cráter Clavius: Uno de los cráteres de la Luna.
Éfeso: Ciudad romana en la Luna, en el cráter Clavius.
El Nexo (Alaterra): Primer mundo digital cuya función principal es conectar los diversos mundos digitales. Se caracteriza por la presencia de innumerables puertas que llevan a otros tantos mundos.
Ganímedes: Luna de Júpiter colonizada por los romanos.
Ío: Luna de Júpiter colonizado por los odínicos.
Ironhell: Estación espacial minera de Ío.
Nuevos Aires: Capital de Ganímedes.
Otros:
Dominio de las Sombras, Limes Ignoto (Drogheda, Oikumene): Según la Teoría Unificada de Superposición de Esferas, es la esfera de la realidad donde habitan las Sombras y los dragones. La magia de los elfos y la tecnología de las Primigenias permite entrar en ella para viajar grandes distancias en el espacio. Es la base de los viajes interplanetarios.
Runas (Drogheda): Base de la magia, enseñada por los dragones a los humanos, que los elfos aprendieron cuando los primeros magos drogheda llegaron a su sistema solar. En la Tierra esta magia se perdió durante la expansión del Imperio romano.
***
El Cazador de dragones
Prólogo
Los Cazadores de dragones fueron un grupo de élite fundado en el año 2220, cuando el Dragón gobernaba Alaterra, cuya misión fue perseguir a los delincuentes de la Realidad Digital. Dos siglos después seguían haciendo su trabajo.
A principios del siglo XXIV descubrimos que no estábamos solos en el Universo. Una flota de naves elfas averiadas procedentes de la galaxia de Andrómeda se estrelló en Argentina. En apenas unos años la Humanidad se lanzó al espacio. Esta historia comienza como todas las historias: con una princesa elfa perdida y un Cazador de dragones que debe encontrarla.
Mi padre fue ese Cazador de dragones.
I
Áyax contemplaba el firmamento. Era gris con auroras boreales; el sol era un punto lejano, muy lejano. En Ganímedes, el copero de Júpiter, la vida se medía según la duración de las auroras. El detective había llegado hacía unos meses a Nuevos Aires, la estación romana que hacía de capital de aquel sector.
La Humanidad se había lanzado a la conquista del sistema solar. Los romanos, una mezcla de europeos mediterráneos y neoeuropeos, competían con los odínicos, una alianza de europeos germanos, escandinavos, británicos, angloamericanos y otros territorios anglosajones. A esta carrera se habían unido los rusos, los turcos, los chinos y los japoneses. A esa mezcolanza humana había que añadir a los alienígenas. Los habían llamado elfos: altos, de orejas puntiagudas y de una belleza sobrenatural. Habían llegado hacía casi un siglo en sus naves estelares desde su planeta en la galaxia de Andrómeda y se habían asentado en Argentina.
Áyax le dio una calada a su cigarrillo. El motivo de su visita a Ganímedes era una elfa: Diana Casiopea. No la conocía. Solo tenía la ficha que le había proporcionado la Interpol. La familia de la elfa procedía de Córdoba, en la pampa argentina, en Nueva Europa. Los Casiopea eran un clan influyente, que contaba con magos… En fin, los llamaban así: magos. Áyax no estaba muy seguro de que la magia de los elfos fuese demasiado mágica, más bien parecía tecnológica. De una clase que los humanos no entendían del todo.
―Es guapa ―murmuró Abubilla―. ¿Por dónde empezamos?
Abubilla acertaba. Diana era guapa. Cabello castaño claro, ojos almendrados de grandes iris púrpuras, esbelta… En fin, élfica.
―¿Dónde se metería una elfa rica, Abubilla? ―Áyax le dio una calada a su cigarro. El humo blanco se elevó al techo de su apartamento. Probablemente no debería estar saturando los conversores de CO2.
―¿Turismo jupiterino? ―preguntó la Inteligencia Artificial Cuántica.
Abubilla era una IAC con personalidad femenina. No estaba al nivel de Atenea, por supuesto. Ni del todopoderoso Aquiles, quien había provocado la primera gran crisis de las IAC. Ahora los humanos eran más cuidadosos y tenían infinitas medidas de seguridad para que sus compañeros cuánticos no tuviesen tentaciones de dominio mundial.
―Ni idea ―negó Áyax―. ¿Qué hora es en casa?
―Las cuatro de la mañana ―informó Abubilla―. ¿Quieres llamar?
Áyax negó con la cabeza. Estarían durmiendo. Desde que la Interpol lo había reclutado y había pasado a formar parte de la división extraterrestre de los Cazadores de dragones, solo había vuelto en vacaciones a la Ciudad Universitaria, en el sur de Europa. Una pequeña ciudad-estado a la que llamaba hogar y donde vivían su esposa y su hijo. Era lo que ocurría cuando te apellidabas como él y descendías de quien lo hacías. Un secreto a voces.
El detective se ajustó la funda de la pistola al cinturón de los vaqueros y se puso el abrigo, sobrio y negro, hacía frío en aquella luna, y salió de su apartamento. Había pasado ya los cuarenta, tenía un hijo de unos diez años y debería estar pensando en la jubilación y no en perseguir elfas adolescentes de cincuenta años por el Sistema Solar. Aun así, tenía que trabajar. Áyax pensó en su mujer. La echaba de menos. Después de esa misión pediría un año sabático para estar en casa.
Nuevos Aires era una ciudad mediterránea construida en el interior de una cúpula vital. La tecnología de las cúpulas vitales, que imitaban la atmósfera de la Tierra y su ciclo de agua, habían sido un inmenso adelanto para la vida en el espacio. La gravedad era otro asunto diferente. Los suelos imantados pretendían crear la sensación de gravedad terrestre, aunque siempre podían fallar. El primer consejo que te daban al llegar a la estación era que trincases bien tus pertenencias, atornillándolas al suelo y que nunca te quitases los dispositivos de gravitación de los zapatos.
―¿A dónde vamos? ―preguntó Abubilla.
Áyax sonrió y conectó la visión digital de sus gafas. El mundo cambió a su alrededor y, junto a él, apareció una chica de diecinueve años con una mata de pelo salvaje y carmesí, que lo miraba con unos ojos grandes de iris turquesa mientras esbozaba una sonrisa traviesa.
―Supongo que tendremos que preguntar e infiltrarnos en algún sitio ―sugirió el detective.
―Infiltrarme querrás decir. ―Abubilla echó a andar metiéndose las manos en los bolsillos de la cazadora.
Áyax no la había diseñado, de eso se habían ocupado los del departamento de informática de los Cazadores de dragones. El por qué la sección de la Interpol encargada de los delitos en la Realidad Digital Cuántica se llamaba así era una larga historia que, además, estaba relacionada con su familia. Sus bisabuelos habían sido dos de los fundadores de los Cazadores de dragones.
II
―Me llamo Ulises Solís-Palmer García y soy un Cazador de dragones ―me presenté―. Prepárate para mi estocada mortal y a ser hervido en salsa de menta.
Mi enemigo era un dragón, obviamente. Y, bueno, las historias de romanos siempre hablaban de hervir a la gente en salsa de menta. Solo que, según los elfos de Argentina, los dragones eran los buenos de la película. Los malos eran las Sombras, escribían el nombre con mayúscula inicial. Yo estaba en mi habitación y era fin de semana. No había cole y estaba intimidando a un dragón holográfico proyectado por Atenea. Mi madre estaba viendo la tele en la sala de estar y, desde mi cuarto, se oían las noticias:
―Las Primigenias son el gran salto evolutivo y tecnológico de las IAC ―estaban diciendo―. Es la combinación de la tecnología humana con los conocimientos de los elfos. Gracias a ellas se podrán diseñar naves capaces de viajar entre las estrellas.
―¿Es verdad? ―pregunté a Atenea―. ¿Nos vamos a ir a vivir al espacio?
―Quizá se exploren nuevos sistemas solares ―respondió.
―¡Igual que papá! ―exclamé―. ¿Cuándo crees que llamará?
―La conexión con Ganímedes depende de muchos factores ―explicó Atenea―. Estoy segura de que tu padre se pondrá en contacto contigo en cuanto pueda.
―¿Puedes escribir a Abubilla?
―Le dejaré un mensaje ―aseguró Atenea.
Abubilla era la IAC de mi padre y me parecía increíble que tuviera una para él solo. Mi Atlantis, mi Sistema de Inmersión en la Realidad Digital, DRIS, y los holoproyectores estaban controlados por Atenea. Una IAC centenaria que llevaba reinando en los mundos cuánticos digitales desde hacía siglos. Sí, era verdad que no era la misma Atenea. Lo había estudiado en clase de ciudadanía digital y ya no me acordaba. Era finde. Esas cosas eran para el cole. En cambio, casi nadie tenía IAC personales. Eso sí lo sabía. Se convertían en dragones y escupían fuego para exterminar a la Humanidad. Al menos, algo así decía el libro de Historia cuando estudiábamos los siglos del XXIII al XXV.
En la tele de mamá seguían sonando las noticias sobre las Primigenias.
―Las grandes organizaciones internacionales están creando ya sus propias naves interestelares. La Confederación europea, Reino Unido, Estados Unidos y Canadá se han unido para crear Odín, además de otras cuatro más. La Federación europea y Nueva Europa crearán Roma y sus tres hermanas…
Las noticias enumeraron hasta siete modelos de naves. Me imaginé cómo sería viajar a las estrellas, más allá del sistema solar. Quizá visitar el planeta de los elfos y buscar a los dragones entre las estrellas.
III
Áyax detectó a Yuna mucho antes de que ella se diera cuenta de su presencia. La japonesa, pequeña y de complexión ágil, estaba observando su apartamento desde las sombras de un bar. Llevaba la melena morena recogida en una trenza y se cubría sus ojos rasgados, Áyax sabía que eran de color melocotón, con unas gafas de sol que le quedaban grandes.
―¿La Organización no tiene nada mejor que hacer que espiarme? ―preguntó en romano solar sentándose a su lado―. ¿Qué estás bebiendo?
―Hola, Áyax ―saludó la chica en el mismo idioma, quitándose las gafas y dirigiéndole una mirada de fastidio―. No te lleves el mérito, estoy segura de que ha sido Abubilla quien me ha descubierto.
―Obviamente ―asintió la IAC pelirroja haciendo aparecer un trono de burbujas y acomodándose en él―. Vuestro entrenamiento ninja deja mucho que desear.
―No quiero tenerte pegada a mis zapatos durante la misión ―intervino Áyax mientras hacía señas al camarero―. Tú eliges: te vienes conmigo o dejas de seguirme.
Yuna hizo un mohín con los labios. Áyax sabía que no se resistiría. La chica era una agente doble. Por un lado, trabajaba para la Naicho, la agencia de inteligencia japonesa, y, por otro, pertenecía a la Organización, quienes habían evolucionado de grupo secreto terrorista a grupo secreto de agentes de espionaje a lo largo de los siglos. Al fin y al cabo, la Organización había sido la madrastra malvada de los Cazadores de dragones.
―La chica, Diana, ya no está en Nuevos Aires ―soltó de mala gana Yuna―. La vieron coger el transbordador en dirección a Ironhell, en Ío.
Áyax hizo una mueca de desagrado. Ío era una luna volcánica con muy mala idea que expulsaba chorros de lava aleatoriamente, mientras que Ironhell era una estación que orbitaba la luna llevando a cabo diversas operaciones mineras para los odínicos. Un romano no les iba a caer demasiado bien.
―¿Por qué una princesa elfa se iría con los anglosajones? ―preguntó en voz alta―. Es raro.
Yuna suspiró y se quitó las gafas de sol clavándole sus ojos de melocotón.
―Es obvio que va detrás de un humano. Manejamos la teoría de que se ha enamorado de un australiano descendiente de vikingos…
―A ver, a ver ―interrumpió Áyax―. ¿Todo este despliegue y estos gastos de dos organizaciones internacionales, aunque la tuya sea ilegal, se debe a que una niñata elfa se ha enamorado de un vikingo espacial?
―La niñata elfa es la heredera de los Casiopea ―se encogió de hombros Yuna―. Es lo que hay. Política, economía, dinero, poder y todas esas guarrerías. En sus buenos tiempos, la Organización les habría puesto una bomba cuántica y adiós poderío Casiopea…
―Casi se diría que lo echas de menos ―rio Áyax.
―No lo he vivido, idiota ―replicó Yuna esbozando una sonrisa―. Aquí el viejales eres tú. Solo he visto las grabaciones.
―¿Cómo llevas el odínico solar? ―preguntó Áyax―. Supongo que será la lengua que se hable allí.
―No lo hablo ―negó con la cabeza la chica―. Tendrán que conformarse con mi inglés con acento japonés. ¿Y tú?
―Casi lo mismo ―asintió Áyax―. Inglés del sur de Europa. Es lo que estaba cerca de casa. O alemán, ese es casi obligatorio para la Confederación europea. El romano solar es más sencillo para mí.
―Pues claro ―saltó Yuna―. Es un revoltijo de francés, italiano, portugués e hispano europeo, es decir, básicamente la lengua de la Federación europea, ¿no? No estaría de más que aprendierais a hablar una lengua civilizada como el japonés.
IV
La llamada de papá había sido muy breve. Mamá, que me había mandado a la cama temprano porque era martes, me había despertado para poder hablar con él. Se suponía que tenía que volver a dormirme. Mañana había cole. Ahora estaba en la cama, mirando el techo, imaginando cómo sería visitar la ciudad de Nuevos Aires en Ganímedes.
―Atenea, ¿las Primigenias son como tú? ―pregunté. Seguía dándole vueltas.
―Son mucho más avanzadas y están diseñadas para poder orientarse en el espacio ―explicó Atenea―. Utilizan una combinación de la tecnología de las Inteligencias cuánticas y la tecnología de las naves estelares élficas. Por lo que sabemos, navegan por el Dominio de las Sombras.
Fruncí el ceño. ¿No eran esos los malos?
―¿Qué son las Sombras? ―pregunté.
―Esa es la gran pregunta, Ulises ―respondió Atenea―. ¿Quién lo sabe? Los datos de los elfos solo dicen que se libra una guerra contra ellas en Andrómeda, su galaxia.
Yo no lo entendía en ese momento y me quedé dormido pensando en un problema que ni siquiera los más inteligentes de los humanos habían resuelto. Tampoco sabía que descubriría a una Primigenia escondida en el desván de mi casa.
V
La traviesa sonrisa de Abubilla chispeó en sus ojos turquesas mientras se mecía en el columpio digital que había invocado. Llevaba un vestido primaveral cuyo vuelo aleteaba con una brisa inexistente. Áyax sonrió y se preguntó por qué, de entre todas las opciones posibles, la habían dotado de una personalidad tan peculiar. Bien pensado, mejor tener como compañera a una optimista y alegre muchacha que a un altanero y avinagrado erudito.
―¿Qué estás tramando?
―Mmm, no parece que Yuna esté tramando nada ―respondió Abubilla haciéndose la inocente―. Creo que está dormida de verdad.
―Abubilla… ―Áyax la miró con insistencia. Aunque sabía que el efecto severo de sus ojos verde oscuro no servía de nada con la IAC.
―Me he colado por la puerta trasera de Ironhell ―confesó e hizo un mohín con los labios―. No tienen una IAC que los proteja, es absurdamente fácil. Ni que estuviésemos en el siglo XXIII.
―¿Algo interesante?
―De momento estoy cotilleando. ―Abubilla sonrió de nuevo―. Ya te contaré.
Yuna se removió en sueños en el asiento. El camarote no era demasiado amplio, parecía un compartimiento de tren. De hecho, la nave parecía un autobús con pretensiones. Varios cientos de compartimientos en diversas cubiertas con gente embutida a presión. Era lo que tenía el turismo espacial. Aquella era la opción más económica, y casi única, para viajar entre las lunas de Júpiter. La otra era fletar tu propia nave. La agencia había denegado su petición de una nave monoplaza para desplazarse por el corredor jupiterino. Una pena.
―Ya está ―anunció Abubilla―. Os he hecho unos identificadores para que podáis entrar en la estación. Tengo el plano y los datos del vikingo, ¿lo vamos a llamar así o prefieres conocer su nombre real?
―¿Cómo se llama? ―Áyax sonrió―. Dame todos los datos que puedas.
―Responde al soso nombre de Píter Cúper, no es muy vikingo. ―Áyax vio que se escribía Peter Cooper―. Es un ingeniero de la estación. Contactó con Diana en el Nexo, así que cuentan con acceso a la Realidad Digital Cuántica. Interesante.
Los odínicos también tenían un enlace cuántico en Ironhell. No era tan extraño. El principal problema estribaba en los satélites y las estaciones repetidoras que pudieran poner la información en circulación. Solo que se necesitaban demasiados para que salieran rentables. Seguramente por eso estaban utilizando equipamiento viejo. Tecnología centenaria reutilizada en el espacio. En fin, eso hacía las cosas más sencillas.
VI
Era un aburrido sábado por la mañana y decidí que era hora de hacer arqueología. Vivía en una casa antigua, con desván y sótano. Opté por el desván, aunque mamá no podía enterarse. No le gustaba que subiese hasta allí. A veces era un poco aburrida. El desván era mucho más emocionante. Primero tenía que subir por la escalera que papá llamaba «la arreglaré algún día». Era de madera crujiente y con astillas. Y si, cuando habías subido un buen tramo, mirabas para abajo, te mareabas de vértigo y sentías la barriga vacía. Después, cuando la trampilla se cerraba, el polvo inundaba todo y veías como la luz se movía entre las rendijas.
―Luz ―susurré.
Cuatro bombillas amarillas se iluminaron. Yo me imaginé que eran antorchas puestas allí con un propósito misterioso. Fui avanzando con cuidado. El suelo podía estar lleno de trampas que alertaran a mi madre. Aquella era mi misión secreta. Ni siquiera se lo había dicho a Atenea. Y allí estaba: un Neptunus Ryōshi 5. El ordenador cuántico era muy antiguo, ya no se fabricaban así. La cubierta, negra y verde lima, tenía una pegatina de un gato de anime y la palabra Chess escrita en letras plateadas.
―Enciéndete ―ordené sin muchas esperanzas.
El ordenador no se inmutó. Me acerqué y lo miré hasta que encontré un botón. Lo pulsé. No ocurrió nada. Ningún holoproyector, ninguna imagen cuántica. Nada. Y, entonces lo noté, estaba encendido. Una leve vibración y el casi inaudible sonido de un ventilador interno. Seguí trasteando con él, buscando una manera de acceder, alguna interfaz digital, alguna pantalla. Nada. Solo había un montón de clavijas en la parte posterior de la cubierta.
Decepcionado porque mi gran hallazgo arqueológico hubiese quedado en nada, bajé del desván. Cuando llegué a mi cuarto vi que los holoproyectores estaban encendidos y, sentado a sus anchas en el sillón de mi ordenador, había un pirata rubio y vestido de blanco.
―Hola, ¿has sido tú quién me ha invocado?
VII
Ironhell era una estación espacial de tecnología punta construida en la Luna. La Alianza de Odín había llegado tarde a Júpiter, cuando Ganímedes ya había sido reclamada por la Liga de Roma. Los odínicos habían optado por Ío, una luna con nombre de ninfa argiva. Brillaba roja y sulfurosa, con su atmósfera tóxica de azufre. Desde la estación se enviaban los robots mineros y exploradores que buscaban los recursos naturales de la luna. Un golpe de suerte les había hecho descubrir un importante yacimiento de helio 3 en el subsuelo, la fuente de energía para los reactores de las naves, y había provocado que las demás potencias solares iniciaran una intensa búsqueda por el resto de las lunas jovianas.
El autobús espacial había atracado sin novedad, había vomitado a sus pasajeros y había devorado una nueva ración. Áyax, flanqueado por Yuna y Abubilla, empezó a internarse por las plataformas y pasillos, de acero pulido, con los colores rojos, azules y blancos de los anglosajones. Aquí y allá se veía el cuervo negro de Odín, el emblema que la Alianza había elegido para representarlos.
―Recordad que sois unos inofensivos estudiosos de líquenes. ―Abubilla sonrió traviesa―. Así que arregla esa cara, Áyax. No puedes ir dando miedo y con pinta de policía.
―Es lo que hay ―gruñó este―. Pueden considerarlo el natural malhumor después de estar encerrado en la lata de la que acabamos de salir.
―Yo sonreiré por los dos, entonces ―rio Yuna con un brillo malicioso en sus ojos de melocotón―. A ver quién encuentra antes a la chica.
Áyax suspiró. Él se lo había buscado al invitar a la chica japonesa a unirse a la misión.
―Abubilla, guíanos al apartamento del australiano, por favor ―ordenó mientras echaba a andar.
Llamarlo apartamento era exagerado. Al fin y al cabo, en la estación no sobraba espacio. El cubículo, protegido por una puerta con cerradura electrónica que Abubilla había forzado, era pequeño, oscuro y olía mal. El cadáver del australiano, Áyax supuso que era él, llevaba ya un tiempo descomponiéndose y estaba irreconocible. Fuera, se escuchó a Yuna vomitar.
―No hace falta que entres ―murmuró.
Runas élficas, azules y blancas, decoraban las paredes. Algunas parecían chamuscadas, como si hubiese habido un fuego rápidamente sofocado. El cadáver no presentaba quemaduras. Un tiro limpio en medio de la frente.
―¿Diana sabe disparar? ―preguntó el Cazador de dragones.
―Seguramente ―asintió Abubilla.
―¡Ah! ―exclamó Áyax―. Mira lo que tenemos aquí.
Una pistola de diseño élfico, con runas grabadas. Áyax la cogió y sacó el cargador.
―¿Balas de plata? ―preguntó en voz alta―. ¿Persigue a un vampiro?
―No es plata ―negó Abubilla―. Necesitaría un escáner de masas y análisis de elementos para saber qué es exactamente. Lo que sí puedo decirte con seguridad es que no es plata.
Áyax volvió a meter el cargador en su sitio, puso el seguro y se guardó la pistola para examinarla más adelante. En la habitación había poco más. Aparte de la cama y lo necesario para sobrevivir, se veía un DRIS háptico, modelo Artemisa, la pantalla holográfica y el ordenador cuántico, con una conexión pirateada al Nexo. Así se conectaba el australiano a la Realidad Digital Cuántica.
―Un plan de vuelo a la Luna. ―Yuna, con la tez pálida y sin mirar el cadáver, revolvía en la mesa que proyectaba la pantalla holográfica.
―¿Dice la ciudad? ―Áyax se acercó a la mesa.
―Éfeso, en el cráter Clavius ―leyó Yuna.
―Bueno. ―Áyax se quedó en silencio, meditando mientras miraba las paredes del apartamento―. En fin. Tendremos que informar a lo que sea que haga las veces de mafia policial entre los bárbaros. ¿Decías que la Organización podía darte un transporte privado a la Luna?
―Yo nunca he dicho eso ―protestó Yuna alzando la voz.
―¡Ah! ―sonrió él―. Sé que lo tienes.
VIII
El Profesor. Así había querido que lo llamase. Si tenía otro nombre, no me lo había dicho. Según sus propias palabras era la IAC más antigua del mundo. Decía que Atenea, después de tantas actualizaciones, ya no contaba. Cuando le saqué el tema de Aquiles, no quiso seguir hablando. Yo no entendía por qué. Aquiles había muerto, ¿no?
―Ponte a estudiar, Ulises ―insistía―. Necesito que en unos años te conviertas en Cazador de dragones.
Sabía que él ya había estado investigando por ahí. Años más tarde, me enteré de que se había estado infiltrando en la Organización y en la sección de los Cazadores de dragones de la Interpol reuniendo información y colaborando en secreto. Él seguía combatiendo a los dragones, como había hecho hacía siglos.
IX
Los odínicos se habían puesto un poco nerviosos cuando Áyax y Yuna informaron del cadáver y su nerviosismo creció aún más cuando el Cazador de dragones sacó a relucir su placa de la Interpol. Las autoridades de Ironhell aceptaron a regañadientes sus explicaciones y los dejaron ir. Áyax sabía que llegaría una protesta a la central en Roma por enviar a un agente no anglosajón a su estación. La verdad era que le daba igual lo que opinaran los bárbaros. Él tenía un trabajo que hacer.
La nave de Yuna se llamaba Fénix. Su fuselaje naranja, con llamas amarillas, atraía las miradas. No era una nave muy grande, aunque estaba equipada con tecnología cuántica e híbrida de los elfos lo que la hacía capaz de viajar por el Dominio de las Sombras. A Áyax la traducción del término élfico le parecía sacado de los mitos y leyendas. En realidad, no sabía explicarlo de otro modo. No era el hiperespacio, ni el subespacio, ni viajaban a velocidades cercanas a la luz. Era como atravesar la realidad haciéndole un pequeño agujero por el que se colaba la nave.
―Hola, me llamo Mieszko Kowalczyk―se presentó el sonriente piloto. Un polaco que hablaba romano solar con un fuerte acento―. Bienvenidos a la Fénix.
Yuna y Áyax se acomodaron en unos sillones cómodos y confortables, con cinturones de seguridad acolchados para que la aceleración no comprimiese sus cuerpos. El agente de la Interpol ya había pasado por esa experiencia. Era como sentirse aplastado por una fuerza inconmensurable que no llegaba a machacarte del todo. En teoría, los amortiguadores de fuerza de la nave absorbían la mayor parte de la velocidad y, aun así, la tensión se filtraba a su interior.
―Entro en modo hibernación ―se despidió Abubilla―. Despertadme cuándo estemos en la Luna.
Áyax asintió mirándola con cariño. Abubilla enfermaba, o lo más parecido que podía pasarle a una Inteligencia Artificial, cuándo viajaba por el Dominio de las Sombras. El piloto dio las instrucciones de salida y despegó de la estación alejándose a una velocidad media de la fuerza de gravedad de Júpiter. Y, entonces, activó la propulsión cuántica. Áyax no fue consciente del momento en que abandonaban el corredor jupiterino y la Tierra, azul y blanca, le salía al encuentro por el horizonte de la proa de la nave.
Basura espacial, satélites y estaciones. La Tierra había creado su propio anillo planetario artificial. Y, por supuesto, los escuadrones militares con el logotipo de la ONU, divididos por sectores, patrullaban la Zona de Exclusión Terrestre.
―¿Qué es aquello? ―preguntó Áyax.
A unos cientos de kilómetros de donde habían aparecido orbitaba perezosamente un inmenso astillero. Desde donde estaban, se podían ver las grandes moles de unas naves estelares.
―La estación Hong-Long, el Dragón Rojo ―explicó Mieszko―. Es donde los chinos están construyendo la Primigenia Zhinu. ¿Dónde os habéis metido? Las Primigenias llevan saliendo en las noticias varios meses.
―No sé de qué me hablas ―negó Yuna―. A Júpiter no han llegado esas noticias.
―Árktoi, Zhinu, Svarog, Akagi ¿no? ―insistió el piloto―. ¿Roma, Odín, Nehir? ¿Tampoco? Son los nombres de las Primigenias que están construyendo con ayuda de los elfos. Son naves interestelares dirigidas por una IAC.
Yuna y Áyax intercambiaron una mirada escéptica.
―Lo más probable es que se terminen usando para una guerra ―concluyó Áyax.
Yuna asintió.
―Las IAC no podemos viajar por el Dominio de las Sombras ―intervino una adormilada Abubilla recién despierta de su sueño cuántico―. Nuestras conexiones sinápticas se alteran y pueden llegar a convertirse en entropía cuántica. Es una forma muy dolorosa de morir.
―Las Primigenias sí pueden. ―Mieszko parecía entusiasmado con la idea―. Cómo os digo tienen mejoras de tecnología élfica, igual que esta nave. ¿O cómo crees que viajamos? La Fénix tiene también una IAC para navegar por el Dominio de las Sombras.
―No es como yo, ni de lejos ―protestó Abubilla altiva―. No es por ofender, pero a tu IAC le falta personalidad…
―Comparados contigo, hasta a algunos humanos les falta personalidad ―intervino Áyax en tono conciliador.
Abubilla le sacó la lengua al piloto y no insistió. Áyax sonrió divertido.
Poco después se aproximaban a la Luna. La Fénix navegaba bajo pabellón japonés. Yuna era, al menos de forma oficial, una agente de inteligencia japonesa y Áyax era un policía de la Interpol con una misión de la agencia. Por ello, sabían que los romanos no les pondrían trabas. Los trámites de atraque en el puerto de Éfeso fueron rápidos. El piloto se despidió de ellos y los tres, incluyendo a una alborozada Abubilla, que podía proyectar su cuerpo de nuevo, se internaron en la ciudad.
La cúpula vital cubría todo el cráter Clavius. La ciudad estaba ordenada siguiendo un trazado hipodámico, con espacio para huertas hidropónicas y el sector minero. La mayoría de las residencias se apiñaban en edificios de apartamentos similares a los de la Tierra. En la Luna no tenían los problemas de espacio que había en el corredor jupiterino.
―¿Comemos? ―Áyax tenía hambre―. Dicen que los kebabs de la Luna salen especialmente ricos.
―¿Eso dicen? ―rio Yuna mientras se encaminaban a un puesto de comida.
X
La búsqueda de Diana no les llevó demasiado tiempo. Un apartamento de lujo con piscina privada en el ático de un rascacielos. La princesa había hecho uso del dinero de su padre sin medida. Había sido fácil localizarla. Gracias a su placa, Áyax y sus compañeras se abrieron paso hasta el apartamento. Estaba en silencio y a oscuras. De una de las habitaciones emanaba una luz azul. Los tres, con Yuna en la retaguardia, se acercaron.
Los tatuajes cubrían cada milímetro de la piel de la elfa. Dibujos en espiral, Áyax las identificó como runas élficas, en tinta azul y blanca. Empezaban en el envés de las manos y corrían por los brazos hasta perderse bajo la camiseta rosa, que llevaba estampado un oso de peluche. Finos trazos corrían por sus pies descalzos deslizándose por sus piernas hasta las rodillas para luego perderse bajo el pantalón. Volvían a aparecer más arriba, saliendo de la camiseta y asomando por el cuello, sin llegar a tocar la cabeza. Diana Casiopea era una maga. Y se le había ido la cabeza. Murmuraba con los ojos cerrados sin prestar atención a lo que la rodeaba, con la cabeza inclinada y la melena castaña suelta cayendo sobre sus hombros.
―Áyax, me siento muy rara ―murmuró Abubilla con voz preocupada―. La conexión entre el Nexo y esta habitación es muy fuerte. Es como si hubiésemos entrado en un DRIS gigantesco. Lo que suena inquietante, porque yo no tengo un cuerpo físico.
―Tranquila.
Áyax hizo el amago de darle la mano y ambos dieron un respingo. Abubilla se había hecho sólida o él había entrado en la Realidad Digital Cuántica de alguna manera.
―Donde antes había dos esferas, ahora hay tres. Las esferas inician la danza y su melodía alcanzará a todos los seres vivos ―murmuró la elfa en un soniquete rítmico que erizó la piel de Áyax―. Las Sombras se acercan. Ya están aquí. Su enfermedad contaminará a los hijos. Las Primeras Nacidas son la esperanza. Su esfera es el puente. Sombras que llegan. Los dragones ya no están. Los Cazadores de dragones deberán buscarlos. Envía a las Primigenias en busca de los dragones. Ella conocerá el Camino.
Áyax y Abubilla intercambiaron una mirada confusa.
En ese momento, un aullido a sus espaldas los sobresaltó. Yuna, quien se había quedado atrás, empezó a retorcerse. De pronto, se detuvo, inmóvil y antinatural. Sus iris color melocotón se habían vuelto de un apagado color rojo y su esclerótica se había oscurecido. Disparó.
Áyax, sin pensar, cubrió el cuerpo de la elfa. Recibió la bala en un brazo y dejó caer la pistola de runas que había empuñado por instinto. Sintió el dolor como un fogonazo. «Joder, Yuna» pensó mientras apretaba los dientes. Se lanzó de cabeza y le dio un puñetazo en el estómago. La chica apenas acusó el golpe.
Un disparo retumbó en la habitación. La bala de aquel extraño material plateado entró por la frente y atravesó la cabeza de Yuna, quien se desplomó en los brazos de Áyax. Abubilla, sosteniendo la pistola humeante que parecía enorme entre sus pequeñas manos, estaba de rodillas llorando.
―Ya pasó, pequeña ―la consoló Áyax mientras la acunaba entre sus brazos.
―He mandado toda la información a casa, Áyax ―murmuró Abubilla con un hilo de voz―. Estás herido.
―No pasa nada ―susurró con voz ronca el Cazador de dragones―. Ya nos apañaremos.
Del cuerpo caído de Yuna se levantó humo. Una sombra que los miraba con ojos fríos. Y Diana empezó a cantar en élfico. Sus runas de plata y azur comenzaron a brillar. Áyax y Abubilla se abrazaron mientras una luz cálida los envolvía.
Epílogo
Aquel día, la Humanidad perdió la Luna.
Aquel día murió el último Cazador de dragones.
Aquel día murió mi padre.
Ningún contacto, las ciudades lunares dejaron de emitir. Nadie pudo acercarse nunca más. La Oscuridad la había engullido. En el cielo de la Tierra, el brillante faro nocturno se había convertido en una densa negrura que absorbía cualquier luz. Diez años después de la desaparición de mi padre, la Humanidad entró en guerra con un enemigo invisible.
Y huimos.
Escribo estas últimas líneas desde la nave interestelar Roma con la intención de que el Profesor las guarde en su memoria. A mi familia y a mí nos han destinado a la gens Flavia con las familias de los demás Cazadores de dragones. Dicen que los supervivientes de la Organización se han ocultado en Akagi, bajo la protección de la princesa Akai. Me temo que, pronto, estas rencillas no tendrán valor alguno.
El plan es que nuestros cuerpos duerman, conservados en las cápsulas DRIS, mientras que nuestras mentes viven en la Realidad Digital Cuántica. Despertaremos, si es que lo hacemos, a miles de años de luz de la Vía Láctea. Los elfos, y los humanos que han querido quedarse con ellos, han heredado una Tierra devastada por la guerra. Las Sombras han ganado.
Los Cazadores de dragones ahora tenemos una nueva misión: Buscar a los dragones y pedirles ayuda. ¿Quién sabe cuánto tiempo nos llevará?
Entrada de texto, de dudosa autoría, conservada en los registros del Archeion de Elpis.
Consulta restringida.
Juan Carlos Loaysa.
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