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De Mitos a Derechos: La transformación de la sordera en la Historia Humana



Carolina Caramés Posada

Licenciada en Historia


Carlos Carbonell Alfonseca

Técnico Superior en Audioprótesis





Resumen:


A lo largo de la historia, los sordos trabaron grandiosas batallas por la aseveración de su identidad, de la comunidad sorda, de su lengua y de su cultura, hasta alcanzar el reconocimiento en la era moderna y contemporánea.

 

Palabras clave:


Sordera, Oído, Audífonos, Música, Signos.

 

 

Introducción


La sordera ha sido un fenómeno humano interpretado de maneras muy diversas según la época y la cultura. A menudo, quienes nacían sordos o perdían la audición eran considerados seres incompletos, marginados o incluso castigados por la divinidad. Sin embargo, en determinados contextos, algunos individuos sordos alcanzaron reconocimiento social, político o artístico, lo que revela la complejidad y la ambivalencia de las percepciones históricas.

 

A través de este recorrido histórico, se observa cómo la comprensión de la sordera pasó de la superstición y la marginación a la educación, la ciencia y la tecnología, así como al reconocimiento de la persona sorda como integrante activo de la sociedad. Este artículo sigue un enfoque cronológico, desde la Prehistoria hasta la Edad Contemporánea, y analiza tanto aspectos sociales como educativos y tecnológicos de la sordera.

 

La sordera en la Prehistoria y la Antigüedad

 

La información sobre personas sordas en la Prehistoria es escasa, pero la arqueología y la antropología permiten formular hipótesis interesantes. En sociedades de cazadores-recolectores, donde los sentidos eran esenciales para la supervivencia, las discapacidades auditivas podían ser una desventaja notable. Sin embargo, existen evidencias de que ciertos individuos con limitaciones físicas recibían un trato especial, e incluso podían desempeñar funciones rituales o chamánicas.

 

El hallazgo en la Cueva de Shanidar (Irak), excavada por Ralph Solecki en 1950, es un ejemplo paradigmático. Allí se encontró el esqueleto de un hombre con graves discapacidades físicas y visuales, que sobrevivió hasta una edad avanzada gracias al cuidado de la comunidad. Su entierro, en postura fetal y acompañado de polen de flores, sugiere un trato ritual y respetuoso. Este caso evidencia cómo algunas sociedades prehistóricas pudieron otorgar estatus especial a individuos con limitaciones, valorando su conocimiento o habilidades rituales por encima de sus deficiencias físicas.

 

En la Sima de los Huesos (Atapuerca, España) se identificó un Homo heidelbergensis con una grave hiperostosis del conducto auditivo externo, lo que probablemente le provocó sordera. Este hallazgo constituye el caso más antiguo conocido de sordera, y demuestra que la discapacidad auditiva no siempre conducía a la exclusión: la supervivencia de este individuo indica que la cooperación y el cuidado mutuo eran esenciales para el grupo.

 

Durante la Antigüedad, las civilizaciones púnica y romana dejaron testimonios sobre la pérdida auditiva. En la necrópolis de Cádiz, se documentaron casos de exóstosis del conducto auditivo externo, otitis crónicas y afecciones congénitas como el Síndrome de Treacher–Collins, que podía provocar sordera. Estos hallazgos arqueológicos muestran que las patologías auditivas eran relativamente frecuentes y que la comunidad documentaba y reconocía estas condiciones.

 

En el Antiguo Egipto, los problemas auditivos no siempre implicaban exclusión. Los papiros médicos revelan un notable conocimiento sobre el oído y su funcionamiento, y se asociaba simbólicamente la audición con la vida, la muerte y la comunicación divina. Existía también una preocupación por los efectos del ruido, lo que demuestra un interés temprano por la salud auditiva.


En Grecia y Roma, la percepción de la sordera fue generalmente más excluyente. La educación se centraba en el lenguaje oral, y la filosofía y la medicina vinculaban la sordera a la mudez. Los individuos sordos eran considerados incapaces de instruirse y participar plenamente en la sociedad. Sin embargo, se conocen excepciones: Quinto Pedio, pintor romano del siglo I a.C., recibió educación con autorización del emperador Augusto y destacó por su talento artístico, constituyendo el primer caso documentado de educación formal de un niño sordo en la historia.



La sordera en la Edad Media

 

Durante la Edad Media, las personas sordas seguían siendo vistas como seres incompletos, incapaces de instruirse y marginados socialmente. La centralidad del lenguaje oral en la vida religiosa y civil reforzaba esta percepción: sin la capacidad de hablar, se consideraba que no podían confesarse ni participar plenamente en la vida espiritual. San Agustín reflejaba esta visión al afirmar:


“…aquel que no tiene oído no puede oír, y el que no puede oír jamás podrá entender, y la falta de oído desde el nacimiento impide la entrada de la Fe”.


El emperador Justiniano, en el siglo VI, estableció leyes que restringían severamente los derechos de las personas sordas: se les prohibía celebrar contratos, redactar testamentos, poseer propiedades o reclamar herencias si la sordera era congénita, asignándoseles tutores para gestionar sus asuntos. Solo quienes adquirían la habilidad de comunicarse por escrito podían ejercer ciertos derechos, lo que reflejaba una sociedad estrictamente jerarquizada y ligada al dominio del lenguaje.

 

Durante la Inquisición, cualquier diferencia física podía ser motivo de persecución, y la sordera no era una excepción. La marginación se intensificaba en un contexto en que el cuerpo y la mente se interpretaban como señales de la voluntad divina. Sin embargo, algunas iniciativas aisladas demostraban cierta sensibilidad social. En la España de Alfonso X “El Sabio” (1252–1284), los sordos y mudos podían casarse mediante signos equivalentes a las palabras, aunque permanecían excluidos de testificar en juicios o heredar feudos. Esto muestra que, incluso en un marco restrictivo, existían intentos de integración limitada.

 

La medicina medieval estaba estrechamente vinculada a la religión y a la astrología. Se creía que las enfermedades eran consecuencia de los pecados, por lo que los enfermos debían purificar su alma antes de recibir tratamiento. Arnau de Vilanova recomendaba la confesión como parte del proceso curativo, pues la salud del cuerpo y del espíritu se consideraban inseparables. Además, se atribuían influencias astrológicas al oído: se pensaba que el derecho estaba relacionado con Saturno y el izquierdo con Marte, y se utilizaban sellos astrológicos sobre las regiones afectadas para propiciar la recuperación.

 

El sonido también se empleaba como estímulo auditivo. Marco Polo, en sus Memorias de viaje (1290), describió explosiones de fuego en festividades chinas que podían dañar la audición, reflejando una conciencia temprana sobre los riesgos de los ruidos intensos. Por otra parte, hubo intentos educativos aislados, como los del benedictino John de Bervely, quien enseñó a un joven sordo el alfabeto y las sílabas. No obstante, estos casos eran considerados milagrosos y carecían de validez legal frente a la legislación vigente.

 

En resumen, la Edad Media estuvo marcada por la marginación de los sordos, la falta de prestigio y la exposición a vejaciones, aunque coexistían pequeños intentos de educación y cuidado. La sociedad medieval reflejaba un contraste entre temor, superstición y los primeros signos de comprensión sobre la sordera.



La sordera en la Edad Moderna (siglos XV–XVIII)

 

Con el Renacimiento y la Edad Moderna, la percepción social de la sordera empezó a cambiar de manera notable. Este período estuvo marcado por la renovación del conocimiento, la educación y la ciencia, que influyeron directamente en la manera en que se concebía a las personas sordas. Ya no se las veía únicamente como seres incompletos o castigados por Dios, sino como individuos capaces de aprendizaje, de desarrollo intelectual y de integración social.

 

Se comenzaron a buscar trabajos adaptados a personas sordas de nacimiento: algunos trabajaban como actores pantomímicos, cargadores, copistas o incluso en actividades artesanales que requerían destreza manual. La incorporación de personas sordas en la sociedad productiva reflejaba un cambio de mentalidad: ya no se trataba de un castigo divino, sino de una condición que podía ser compensada con educación, creatividad y adaptaciones prácticas.

 

En el Renacimiento, los primeros intentos serios de educar a los sordos tuvieron lugar en Italia y España. Girolamo Cardano (1501–1578), médico y filósofo de Padua, defendió la idea de que los sordos podían ser instruidos mediante símbolos escritos asociados a los objetos que representaban. Cardano sostenía que, aunque carecieran de la capacidad auditiva, los sordos podían desarrollar la inteligencia y la memoria visual, lo que sentó las bases para la futura pedagogía del sordo.

 

El monje benedictino Pedro Ponce de León (1510–1584) fue quien llevó estas ideas a la práctica de manera sistemática. Fundó la primera escuela de educadores de sordos y enseñó a sus alumnos a leer, escribir, calcular, participar en la misa y comprender la doctrina cristiana. Incluso algunos de sus alumnos aprendieron latín, griego y filosofía, lo que demuestra que la sordera no era un impedimento absoluto para la educación avanzada. Ponce de León no solo enseñaba conocimientos académicos, sino que también promovía la inclusión social de sus discípulos, preparándolos para que pudieran integrarse activamente en la sociedad.

 

En la España de los siglos XVI y XVII surgieron otros pedagogos que siguieron el ejemplo de Ponce de León. Juan Pablo Bonet (1579–1633) elaboró un tratado sobre la enseñanza de los sordos que se convirtió en un referente para la nobleza española. Bonet desarrolló un alfabeto manual que permitía a los sordos comunicarse de manera escrita y gestual, combinando lectura, escritura y signos, y sentando las bases del sistema dactilológico moderno.

 

En Europa, Johanes Conrad Amman (1669–1724), médico y filósofo suizo, desarrolló en Holanda el método oral de enseñanza de Ponce de León. Amman prohibía el uso del alfabeto manual, obligando a los alumnos a utilizar la palabra y la articulación para comunicarse, con la intención de integrarlos plenamente en la sociedad oral. Paralelamente, Jacobo Rodríguez Pereira (1715–1780) impulsó en Francia métodos basados en las enseñanzas del monje benedictino, mientras que Charles-Michel L’Epée (1712–1789) fundó y financió el primer instituto público y gratuito de educación para sordomudos, promoviendo un método que combinaba alfabetos manuales, lectura y escritura.

 

La consolidación de la educación pública para sordos supuso un hito social: por primera vez, la sociedad reconocía el derecho del sordo a aprender y participar en la vida comunitaria. España también se unió a esta tendencia, inaugurando en 1795 el primer centro oficial para la enseñanza de sordomudos en las Escuelas Pías del Lavapiés, en San Fernando.

 

Durante la Edad Moderna, la pedagogía del sordo también incorporó elementos culturales y artísticos. Algunos alumnos sordos desarrollaron habilidades en música, filosofía y ciencias, lo que evidenció que la sordera no limitaba la creatividad ni la capacidad intelectual. Esto marcó un cambio cultural profundo: el sordo dejó de ser visto como un individuo pasivo y dependiente, y empezó a considerarse como un ciudadano con derechos y potencial.

 

Además, surgió un interés creciente por la invención de instrumentos para mejorar la audición. En esta época comenzaron a aparecer los primeros audífonos rudimentarios y dispositivos acústicos que buscaban amplificar el sonido, aunque todavía eran muy limitados. El objetivo no era únicamente mejorar la audición, sino también facilitar la inclusión social de los sordos y su participación en actividades culturales y profesionales.

 

La Edad Moderna también estuvo marcada por la documentación de casos individuales de sordera y superación. Algunos sordos alcanzaron posiciones destacadas en la sociedad, como artistas, músicos o intelectuales. Esta visibilidad contribuyó a cambiar la percepción pública, mostrando que la sordera no implicaba incapacidad.

 

En resumen, la Edad Moderna supuso un cambio radical en la historia de la sordera: el ser humano se colocaba por encima de la discapacidad, la educación se convertía en una herramienta de integración, y la sociedad empezaba a reconocer los derechos y potencialidades de las personas sordas. La combinación de pedagogía, cultura y primeros instrumentos acústicos sentó las bases de la educación universal y de la posterior inclusión tecnológica y social en los siglos XIX y XX.

 


La sordera en la Edad Contemporánea (siglo XIX hasta la actualidad)

 

La Edad Contemporánea, desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días, supuso un cambio decisivo en la vida de las personas sordas. La conjunción de avances médicos, tecnológicos y educativos transformó profundamente la manera en que se comprendía la sordera y se abordaba su impacto en la sociedad. Por primera vez, la sordera dejó de ser vista como un signo de castigo divino o una incapacidad irreparable, y comenzó a considerarse una condición que podía mitigarse mediante educación, ciencia y creatividad.

 

En los siglos XVIII y XIX, las innovaciones tecnológicas fueron decisivas. Surgen los primeros intentos serios de mejorar la audición mediante dispositivos acústicos: las trompas acústicas, que consistían en tubos que amplificaban el sonido hacia el oído; las sillas acústicas, especialmente diseñadas para la nobleza, cuyos brazos actuaban como receptores del sonido durante audiencias con el monarca; e incluso audífonos rudimentarios camuflados en abanicos, bastones, sombreros o peinetas, en consonancia con las estrictas normas estéticas de la época victoriana. Estos inventos, aunque limitados en eficacia, simbolizaban un cambio de mentalidad: la sociedad buscaba soluciones para que las personas sordas pudieran participar activamente en la vida cotidiana.


La educación de los sordos también se consolidó. A lo largo del siglo XIX, los centros educativos especializados se expandieron en Europa y América, siguiendo los métodos desarrollados en la Edad Moderna. La enseñanza combinaba alfabetos manuales, lectura, escritura y, en algunos casos, técnicas orales, adaptándose a las necesidades de cada alumno. Esta expansión reflejaba un interés creciente por la inclusión social y la valorización de las capacidades de los sordos.


El impacto cultural de la sordera se volvió visible a través de figuras destacadas que lograron superar su discapacidad. Francisco de Goya (1746–1828) quedó completamente sordo hacia 1792, probablemente a causa de intoxicación por plomo. Su sordera lo aisló temporalmente, pero también influyó en su obra, como se aprecia en pinturas cargadas de introspección y simbolismo, incluyendo su famosa obra El Perro. De manera similar, Ludwig van Beethoven (1770–1827), el célebre compositor alemán, comenzó a perder la audición a finales del siglo XVIII. A pesar de quedar prácticamente sordo, Beethoven continuó componiendo, innovando musicalmente y dirigiendo conciertos, convirtiéndose en un ejemplo de resiliencia y creatividad frente a la discapacidad auditiva. Estos casos mostraron que la sordera no impedía la excelencia artística ni intelectual, y contribuyeron a modificar la percepción social.


La Edad Contemporánea también estuvo marcada por los avances en otología y tecnología auditiva. A finales del siglo XIX surgieron los primeros audífonos eléctricos, precursores de los dispositivos modernos, aunque eran grandes, poco prácticos y requerían baterías voluminosas. La innovación continuó con los audífonos portátiles, la miniaturización de componentes y el desarrollo de los primeros transistores en el siglo XX, que revolucionaron la electrónica y permitieron audífonos más pequeños, fiables y eficientes.


Durante el siglo XX, la investigación tecnológica y la inclusión educativa avanzaron de manera paralela. La creación de audífonos retroauriculares, intracanales y, finalmente, dispositivos completamente digitales, permitió una integración más efectiva de las personas sordas en la sociedad, optimizando la comprensión del lenguaje, la percepción de sonidos y la comunicación diaria. Los audífonos modernos incorporan incluso conectividad inalámbrica, integración con teléfonos móviles y televisores, y ajustes programables según la pérdida auditiva del usuario, convirtiéndose en herramientas no solo médicas, sino sociales y culturales.


Más allá de la tecnología, la Edad Contemporánea consolidó la idea de que las personas sordas podían participar plenamente en la vida social, cultural y política. Se desarrollaron asociaciones, escuelas y programas que promovieron el aprendizaje de la lengua de signos, el acceso a la educación superior y la participación en actividades artísticas y deportivas. La reivindicación de la identidad sorda se convirtió en un elemento central: las personas sordas empezaron a organizarse, defender sus derechos y promover la lengua de signos como vehículo cultural y de comunicación.


Este período también evidenció un cambio en la representación social de la sordera. Los medios de comunicación, la literatura y las artes comenzaron a mostrar a personas sordas como individuos capaces, creativos y autónomos, en contraste con las visiones paternalistas o discriminatorias de épocas anteriores. La integración de la cultura sorda en la sociedad contemporánea se convirtió en un reflejo del progreso educativo, científico y social.


En resumen, la Edad Contemporánea consolidó tres elementos clave en la historia de la sordera:


  1. Educación y pedagogía: Expansión de escuelas y métodos adaptados a las capacidades de los sordos, fomentando la inclusión y la autonomía.
  2. Innovación tecnológica: Desarrollo de audífonos y dispositivos acústicos que mejoraron la comunicación y la calidad de vida.
  3. Reconocimiento social y cultural: Visibilización de personas sordas exitosas en las artes y las ciencias, integración de la lengua de signos y reivindicación de derechos.


La combinación de estos factores situó a la Edad Contemporánea como el período que transformó radicalmente la historia de la sordera: de condición marginada a capacidad reconocida, de aislamiento a participación activa en la sociedad, y de simple supervivencia a creatividad y contribución cultural plena.

         


Conclusión

 

A lo largo de los siglos, la percepción social de la sordera ha experimentado transformaciones profundas y reveladoras. Desde la Prehistoria y la Antigüedad, donde los individuos con discapacidad auditiva podían ser objeto de veneración o, por el contrario, de exclusión, hasta la Edad Media, en la que la marginación y la restricción de derechos configuraban su existencia cotidiana, se observa cómo las sociedades han construido sus valores sobre la base del conocimiento disponible, la religión y la cultura dominante.

 

El Renacimiento y la Edad Moderna constituyeron un punto de inflexión decisivo: el ser humano comenzó a ser concebido como sujeto capaz de educación, integración y creatividad, incluso frente a condiciones que previamente se consideraban insalvables. La labor de pioneros pedagógicos como Pedro Ponce de León y Juan Pablo Bonet evidenció que la sordera no equivalía a incapacidad, sino que representaba un desafío susceptible de ser abordado mediante la enseñanza, la paciencia y un compromiso social consciente.

 

Durante la Edad Contemporánea, este cambio de paradigma se consolidó con fuerza. La expansión de la educación especializada, la apertura a la inclusión y la consideración de las personas sordas como ciudadanos plenos marcaron una etapa de progreso tangible. Figuras emblemáticas como Francisco de Goya y Ludwig van Beethoven ilustran que la creatividad, el talento y la resiliencia no conocen límites auditivos, y que la sociedad empieza a valorar las capacidades por encima de las limitaciones físicas.

 

En síntesis, la historia de la sordera trasciende la mera condición física: es, ante todo, una historia de evolución cultural, social y moral. Subraya cómo la inclusión, la educación y la valoración de la diversidad han sido siempre motores de avance. Esta trayectoria histórica demuestra que el progreso de una sociedad se mide por su capacidad para reconocer la dignidad, el talento y el potencial de todos sus miembros, sin distinción de sus condiciones sensoriales o físicas.

 


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Fuentes web