
ENSAYO Y OPINIÓN
Buitre no come alpiste.
María Gago Durán
Historiadora. Bibliotecaria.
Palabras clave
Extremoduro, Años noventa, Robe, Drogadicción, Rock.
Viví mi infancia en los noventa. La recuerdo bien: el R14 de mi padre, los vestidos horteras de colores pastel, los carretes de doce, veinticuatro o treinta y seis fotos y los yonquis. Recuerdo bien los noventa, sí. Sin romantización. Sin idealización. Recuerdo el drama de la heroína. Recuerdo la homofobia sistémica. Recuerdo la cal viva. Recuerdo el VIH. Recuerdo a Ana Orantes. Yonquis, camellos, prostitutas. Tirones de bolsos. SIDA. Fue una década propicia para el engrosamiento del lumpen.
Roberto Iniesta fue lumpen: un yonqui, un tirado. ¿Recuerdas a tu vecina susurrando en el rellano el-hijo-de-la-Juani-se-droga? Pues ese podría haber sido él perfectamente. Además, sin pretenderlo, contradijo al mismísimo Karl Marx, quien creía que quienes vivían más allá de los márgenes podían ser fácilmente sobornables para ir contra la revolución obrera.
Extremoduro rompía estigmas y abría puertas y ventanas a otras muchas bandas de jóvenes de barrio preocupados por los problemas de su tiempo y de su clase social. Hablaban con naturalidad de su relación con las drogas y de la incidencia de éstas en diferentes aspectos de sus vidas, en una época en la que se consideraba al toxicómano un vicioso débil de espíritu, sin tener en cuenta el contexto socioeconómico, político y cultural. En los ochenta y noventa, el yonqui —como el pobre— lo es porque quiere.
Viví mi adolescencia en los 2000. La recuerdo bien: los pantalones de campana de tiro bajísimo, el tunning y las canciones del verano interpretadas por los primeros triunfitos. En ese contexto de horror estético vino a caer en mis manos un CD cuya portada era la imagen de un señor con pinta de consumir muchas y diversas sustancias estupefacientes, con clavos en las manos, una marca de lanza en su costado y portando dos pistolas: un Jesucristo trapichero. Era el Yo, minoría absoluta (2002), el primer álbum que escuché de la mítica banda extremeña y que ampliaría mi concepto del rock, hasta ese momento basado al cien por cien en los clásicos de los sesenta y setenta que escuchábamos en casa.

Portada del álbum Yo, minoría absoluta (2002).
En 2002 se publicaron Aserejé (Las Ketchup), Ave María (David Bisbal), Torero (Chayanne) o Que la detengan (David Civera), a la vez que Stand by, La vereda de la puerta de atrás, La Vieja (Canción sórdida) o A fuego. La noche y el día. Para mí, la luz del sol. Pero no fui la única; fuimos legión. Varias generaciones unidas por lo que Extremoduro representó. Robe era el banco de la Plaza del burro y el paquete de pipas de veinte duros (perdón, ya en 2002 eran sesenta céntimos). Nos inició en la rebeldía. Nos enseñó que hay que dejar el camino social alquitranado porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas. Puso letra a nuestro primer amor y al inevitable primer desamor. Robe nos puso de acuerdo.
He sentido mucho su muerte. Qué raro es penar por un desconocido. Qué extraño duelo éste de quien estuvo siempre sin estar, de quien sonó incluso cuando no prestábamos atención. Siento que su partida pone de relieve que ya no soy quien fui.
En diciembre de 2025 han vuelto los noventa, pero en el mal sentido. No ha vuelto mi infancia, ni las meriendas con la abuela, ni el olor del libro nuevo de Francés, ni el canturreo de mi madre mientras hace un cocido que huele a 1995.
En diciembre de 2025 he leído a seres aparentemente funcionales llamar maricona sidosa a Eduardo Casanova, quien recientemente contó en un medio de comunicación que tiene VIH. Vuelve el estigma, la homofobia mal encubierta: la asimilación gay-promiscuo-vicioso-enfermo. De ahí al Arny hay un breve paso. Todo se andará.
En diciembre de 2025 he oído cómo se mofaban de la muerte por sobredosis de Antonio Flores a propósito del estreno del documental auspiciado por su hija Alba. Hombres y mujeres adultos que aprovechan el homenaje póstumo a un artista para recordarnos que yo no soy racista pero. Gitano y yonqui: treinta años después de su partida se sigue utilizando la raza y la adicción como arma arrojadiza, pero ya no contra él, que tristemente no se va a enterar, sino contra su hija, que es gitana, mujer, lesbiana, actriz y progresista. Vaya combo.
Y, sobre todo, en diciembre de 2025 he visto al líder de un partido de extrema derecha preguntar si habían desinfectado el lugar donde se celebró el homenaje a Robe Iniesta. Un señor, abiertamente fascista, que jamás ha trabajado ni demostrado ningún talento; un acomplejado que trata de disimular sus más que evidentes carencias intelectuales con una masculinidad impostada que da entre pena y risa, tratando de humillar, denostar y desvirtuar la memoria de quien hizo más por la conciencia de clase que buena parte de la Izquierda contemporánea. Robe tenía razón: Buitre no come alpiste.

Portada del álbum Iros todos a tomar por culo (1997).
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