
César Borgia a la sombra de Nicolás Maquiavelo. Ilustración de Manolo Shaggy @manolo_shaggy
UCRONÍA
Dinastía de Cesare.
Marcos R. Cañas Pelayo
Doctor Europeo por la Universidad de Córdoba. Profesor de Geografía e Historia en el IES Fidiana.
Palabras clave: Borgia, maquiavélico, Renacimiento y Reyes Católicos.
Tres garrafas de vino tinto y una de vinagre eran un precio escaso. Sin embargo, el anciano signore respondía lo mismo cuando se le preguntaba cuánto valía su mejor libro. Últimamente, recordaba con mejor nitidez sus años con el maestro Matteo que los últimos eventos políticos. Parecía haber olvidado a los priores y gonfaloneros que poblaban su árbol genealógico y únicamente hallaba gozo pudiendo jugar a las cartas con su selecto grupo de amigos, siempre con la incómoda sensación de que le dejaban ganar: todos querían presumir de haber perdido frente al célebre escritor florentino, Nicolás Maquiavelo, el hombre al que las ventanas del futuro le habían sido abiertas en su monumental estudio Il Re, el tratado que circulaba por todas las cortes europeas.
Se rumoreaba que Fernando II de Aragón tenía un ejemplar que consultaba con asiduidad. En su tensa relación con el cardenal Cisneros, era sabido que el hombre de fe había reprochado al viudo de Isabel la Católica tener en tan alta estima a una obra que parecía más próxima al Diablo que a Dios. Sea como fuere, incluso en la Sublime Puerta había interés por aquel escrito plagado de presagios, hombres poderosos y una musa indiscutible: César Borgia, el más afortunado de los hijos de Alejandro VI, el señor de la Romaña y gonfalonero mayor de los ejércitos del Santo Padre.
Maquiavelo lo recordaba todos los días, aunque llevaban tiempo sin verse. A fin de cuentas, el blasón con aquel toro de gules, repleto de borduras de oro presidía su lujosa morada. También estaba en su cubertería y en todos los rincones de la fortaleza Forlì, aquel símbolo Sforza del que ahora habían hecho señor a un modesto hombre de letras. Una distinción que le había granjeado no pocos adversarios.
Eso sí, muchos de esos oponentes ya eran fantasmas. Hoy los antiguos barones romanos, déspotas que llegaron a intimidar a diferentes pontífices, habían desaparecido. Incluso los Bentivoglio y los Petrucci, quienes se juzgaban intocables, habían caído frente ante el audaz condotiero Micheletto Corella. Corrían rumores de que la afilada espada de “don Miguel” acabó con la vida del incómodo cardenal Giluliano della Rovere, pero esa suposición era indemostrable mientras el cuerpo del enemigo más acérrimo de los Borgia no apareciera. Con una macabra sonrisa tras su máscara, César solía afirmar que debían rezar por su pacífico retiro y que lo imaginaba como un feliz ermitaño en algún monasterio desconocido.
Curiosamente, las gentes de la Romaña habían recibido con gozo el cambio de yugo. En verdad, bastantes de los administradores de los Borgia habían demostrado ser hábiles en el manejo de las cuentas y razonables en cuánto exigir. Además, César no vacilaba en castigar con dureza, crueldad incluso, a aquellos que cayeran en desgracia para el populacho. Daba igual que los supiera honestos, un gobernador ejecutado y partido dos en una plaza únicamente hacía subir la adoración de las gentes humildes. Aut Cesar, aut nigil resultó una frase muy escuchada en aquella Italia.
Esos recuerdos brotaban a un Maquiavelo cuya tranquila vida se había visto alterada por una amable misiva surgida del propio Vaticano. César Borgia recordaba tras años de dulce ostracismo a quien muchos juzgaban su mentor. Con cariñosas palabras solicitaba su querida presencia para hacer un viaje al reino de Aragón y tener un encuentro con Fernando El Católico. Indudablemente, una oportunidad única que muchos antiguos colegas de los Dieci habrían abrazado al instante. Pese a ello, un halo de preocupación pareció transmitirle aquella gentil oferta. César nunca hacía una sola acción. Siempre había algo detrás.
¿Estaría al corriente de su papel en la fuga de Caterina Sforza? ¿De su correspondencia sereta con Leonardo? ¿O acaso de esas críticas que él reservaba a unos pocos oídos escogidos? Los pasadizos del pasado se agolpaban en su cabeza[1].
Las catacumbas[2]
“Los hombres olvidan con mayor rapidez la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio”. Hay quien dice que las cínicas palabras de Maquiavelo hallaron su inspiración en los asombrosos eventos que acontecieron en una acalorada Roma durante el verano del año 1503. Los rumores acerca del penoso estado de salud de Alejandro VI se expandieron por la Ciudad Eterna y clanes como los Orsini iniciaron sus confabulaciones. Pronto, los Colonna se unirían a ellos. Se odiaban, pero cualquier alianza era válida para despejar del poder a sus aborrecidos Borgia.
¿Cómo el Papa se había visto, en plena efervescencia de sus conjuras, en tan poco tiempo postrado a tal estado de indefensión? Corrieron muchos rumores, uno que hablaba de una torpeza de sus sicarios administrando la legendaria cantarella que debía afectar únicamente a su ingenuo anfitrión, el cardenal Adriano da Corneto. En sus excelentes posesiones en el Monte Mario, a poca distancia del Vaticano desde el noreste, se había producido un descontrol que acabó con varios distinguidos invitados enfermos.
Tiempo después, el secretario florentino recordaba haber visitado aquel lugar de aspecto sombrío tras los acontecimientos. Sagazmente, algunos lugareños le hablaron de unos terribles mosquitos. Probablemente, allí radicaba el germen que acabó con quien fuera Rodrigo Borgia, el vicecanciller de cuatro predecesores y un hombre astuto a quien Maquiavelo describía así: “No hubo jamás hombre alguno que aseverara con mayor eficacia. Siempre le salieron los engaños según sus deseos, pues conocía bien ese aspecto del mundo”.
Indudablemente, aquello pudo alterar todos los planes de César Borgia. Tuvo que truncar sus propósitos de llevar a sus soldados a Perugia para unirse al ejército francés. De cualquier modo, como su biógrafo elogia, supo convertir su hora más oscura en un ingenioso plan. El Valentino pronto propagó el rumor de que él mismo había estado en aquella célebre velada. Incluso fingió algunos de los síntomas ante personas allegadas para que las murmuraciones inundaran toda Roma. Así se urdió la noche oscura que el célebre capítulo XXIII rescata “Si las guaridas y otras muchas cosas que los príncipes realizan cada día son útiles o inútiles”.
Presuntos traidores de la causa en el propio Vaticano, incluyendo al célebre Johannes Burchard, trabajaron en secreto para el hijo de Alejandro VI informado a gente de los Orsini sobre unas catacumbas que llevaban a los aposentos papales donde podrían acabar para siempre con el odiado condotiero. Don Michele, fiel brazo ejecutor de César, aguardaba con 12.000 hombres bien distribuidos por la ciudad una noche de sangre y destrucción. Burchard, el agudo observador que en privado censuraba a Alejandro VI, pronto comprendería que “El Gran Criminal”, como se refería a él en sus mensajes encriptados, iba a hacerle añorar a su padre.
Sus esforzados soldados, quienes protegieron a la madre de César y otros familiares en el Castillo de Sant Angelo, dominaron el escenario tras feroces luchas.
Memorias de Lucrecia Borgia, duquesa de Ferrara, sobre el verano de 1503
Cabellos oscuros, tez morena saludable y unos ojos que invitaban a sumergirse en la noche napolitana. En contra de lo que mucha gente murmura, es fácil para una mujer hermosa admirar a otra. Desde que cruzó sus caminos con los Borgia, supe que Sancha de Aragón sería una pasión muy especial para mis hermanos. También temí por sus propias ambiciones. Hija ilegítima del monarca Alfonso II de Nápoles y su bellísima amante Trusia Gazzela, Sancha contempló en distintas etapas de su trágica vida dominar a Juan, Jofré y César. Solamente pudo lograrlo con el segundo, siendo incapaz de ver que los otros dos podían ser mucho más firmes captores que la hermosa muchacha que sedujo a Onorato Caetani y Gonzalo Fernández de Córdoba, entre otros.
Pobre Jofré, cuánto la amó. “Un niño de hermoso y grato aspecto”, así lo recordó en una ocasión cierto político florentino. Por desgracia, mi angelical hermano apenas contaba con trece años cuando fue desposado con una hermosura de dieciséis, un auténtico abismo a esas edades entre hombres y mujeres. Pronto, Juan supo aprovecharse de la situación y, posteriormente, lo haría César. Irónicamente, yo, Lucrecia Borgia, terminaría casando con el hermano de Sancha, el apuesto Alfonso de Aragón. Aquello sirvió para que las dos nos convirtiéramos en algo cercano a la palabra amigas.
Mientras las matanzas se sucedían en Roma, el Castillo de Sant Angelo se convirtió en el refugio de los míos. Vannozza Cattanei, mi madre, sería la primera en darse cuenta del valor que seguía poseyendo Sancha, casi una cautiva de lujo en nuestro linaje. Hacía poco que Alfonso había muerto en misteriosas circunstancias que señalaban al propio César. ¡Qué habladurías se expandieron sobre los celos de mi hermano por un marido al que yo veneraba! En mi viudedad, yo veía la hábil mano de mi padre, en aquella hora aciaga carcomido por dolores y vómitos. La alianza con los Aragón había dejado ser útil al Santo Padre y eso selló el destino de Alfonso por más que Sancha o yo misma buscáramos protegerlo.
El odio puede durar menos de lo que comúnmente se cree. César había sabido sostener a Sancha con mayor poder que Juan, aquel de mis hermanos que aparecía muerto sin vida en el Tíber. Lo que le faltaba en finura de rostro en comparativa con el duque de Gandía, lo compensaba con aquellas reservas de energía, una firmeza y una atractiva predisposición que dejaban indefensa a la esposa del dulce Jofré. Ser príncipe de Squillace no compensaba los sinsabores que pasó el Borgia menos Borgia de cuantos componíamos la familia.
Ni siquiera Vannozza se atrevía a confesar la verdad. Si bien lo utilizaba como uno más de sus peones en aras a sus planes, nuestro padre no sentía al amable y solícito Jofré como alguien de su prole. En sus adentros, acertaba a murmurar que aquel no era el fruto de la unión de amantes. Ese distanciamiento hería a mi hermano pequeño, quien apenas pudo comprender el diabólico plan de César, quien fingió querer retomar su antigua relación. Sin duda, una acción que aduladores como Maquiavelo, el cual al menos tuvo el buen gusto de no mencionar mi nombre en su maldito tratado, supieron ocultar, puesto que ensombrecerían la victoria de quien estaba destinado a ser el hombre fuerte de Italia en los próximos años. Sancha se convertiría en la reina con la que el Valentino ganaría la partida que no podía competir en el campo de batalla…
Una partida de cartas (Vaticano, en algún momento del mes de septiembre)
Si don Micheletto era el fiel brazo ejecutor de las acciones de los Borgia, Agapito Geraldini, tan eficaz obispo como secretario de Alejandro VI, suponía el espejo que el Santo Padre y su hijo necesitaban para sus planes políticos. Llamado por César para presenciar horas históricas en Italia, Nicolás Maquiavelo pronto trabó buena relación con él. Geraldini era, ante todo, un hombre leal que guardaba celoso secreto de cuanto acontecía en los aposentos del Papa Borgia, ligeramente recuperado de sus males y quien había solicitado a la servidumbre su juego de cartas.
Maquiavelo y Geraldini pudieron ser testigos de algunas de esas competiciones amistosas donde padre e hijo hablaban en un lenguaje que solamente ellos conocían en su totalidad. Era frecuente que el Papa tuviera pesadillas y amaneciera gritando el nombre de Lucrecia, tal vez su hija más querida. Allí parecía víctima de profundos remordimientos. El Valentino se cuidaba de que su progenitor no diera excesivos detalles, incluso en presencia de gente de confianza. No le ha hacía falta insistir mucho, las facultades de la cabeza de aquel cuerpo inflado y aspecto enfermizo permanecían intactas.
Poco antes de su fatal enfermedad, el jefe del clan Borgia había bromeado con su séquito de que las personas gruesas como él estaban en riesgo durante aquellos tórridos veranos. Activo y presente en todo momento, incluso Burchard admitía lo impresionante que fue el cortejo alrededor de la Sante Sede de César, acompañado del fiel Micheletto y sus tropas victoriosas. La manera de escoltar a Vanozza para conversar con su antiguo amante no desmerecía del de ninguna reina, mientras las plazas se acostumbraban a ejecuciones de partidarios de los Orsini y Colonna.
Maquiavelo tomaba mentalmente nota de cada gesto de Alejandro. Si bien no se atrevía a decirlo al Valentino, compartía su pena porque César hubiera renunciado a la posibilidad de ser Papa el mismo. Igual que con Calixto III, siempre que un Borgia fuera heredero de San Pedro podrían soñar con prosperar. No obstante, las frenéticas actuaciones del gonfalonero permitieron trabajo y honorarios a los correos de caballo. En breve tiempo se consiguió, con las amistades adecuadas y aquella lista de favores concebida desde su época de vicecanciller, la improbable alianza con Venecia. Todo dependería de la siguiente fumata blanca, algo que el Papa (cuya salud oscilaba entre el entusiasmo y recaídas donde parecía a las puertas de la muerte) advertía como nadie. Disuadió a su retoño de apoyar al cardenal Piccolomini de Siena, un hombre afable y devoto.
No, los Borgia debían mirar al abismo. César habría de dirigir a sus tropas con gran pompa hacia la causa francesa, ensoberbeciendo a Luis XII. Conociendo a Gonzalo Fernández de Córdoba como ellos lo hacían, en el momento oportuno debían cambiar de bando y hasta ofrecer una victoria al Gran Capitán que desluciera sus méritos. El enfado galo sería terrible, pero Alejandro sonreía a su discípulo afirmándole que él no perdería soldados y podría castigar las rebeliones que habría en la Romaña. Justo cuando los Reyes Católicos vieran florecer el acercamiento, en las votaciones tendrían a don Micheletto y su fuerza amedrentadora… para virar en favor del cardenal de D’Amboise. En una de sus últimas conversaciones antes de expirar, el Papa Borgia afirmó que esa división quebraría las esperanzas de Giuliano Della Rovere de una vez por todas.
Garellano. Finales del año 1503. Campamento Gonzalo Fernández de Córdoba
Giuliano della Rovere supo que estaba en su sueño. Volvía a sentir el olor de aquella playa de Ostia y se sintió rejuvenecer. Sixto IV, el Papa, lo había distinguido como uno de sus pocos acompañantes. El heredero de San Pedro pronto empezaría a sufrir terribles malestares propios de su edad, quizá fue de los últimos días donde derrochó vitalidad y alegría, especialmente con su séquito. Por aquel entonces todos hablaban del exquisito banquete que habían recibido en Porto; pocas veces un palacio episcopal había estado tan hermosamente decorado y con viandas tan finamente servidas.
Incluso Jacopo de Volterra dejó anotaciones del suntuoso evento. Consciente de que ya no era aquel joven príncipe de la Iglesia, Giuliano permitió a su mente penetrar por aquellos recuerdos que se detenían en un atractivo hombre que ya había pasado la cuarentena: Rodrigo Borgia, tan elogiado en su visita a la corte napolitana por sus sofisticados modales y gracia intrínseca.
En aquella ocasión compartieron risas y bromas. En el fondo, sus miradas delataban que ambos sabían que serían el peor obstáculo del otro. Cuando Sixto IV muriera se arrojarían mutuamente al abismo para ser los elegidos tras Sixto IV. Si bien nunca lo admitía en público, compartía muchas de las ideas de Rodrigo, quien luego pasaría a la historia de la Iglesia como Alejandro VI. Simplemente, no soportaba que un Borgia las ejecutara.
Entonces despertó. El ruido de aquella maquinaria de guerra le resultaba insoportable, mas no era un hombre melindroso. A diferencia de otros ministros de fe, no hacía repulsas al sonido de los cascos de caballos y a la artillería. Se hallaba en el campamento de Gonzalo Fernández de Córdoba, apreciando la ironía de estar sirviendo a un enemigo tan tradicional de Francia en lugar de prestar su servicio al soberano Luis XII. En el pasado, el taimado cardenal della Rovere había abierto las puertas a su predecesor en la Corona gala, Carlos VIII. No le importó poner una invasión en la península si el premio era despojar de su título a Alejandro VI, el falso Papa, un hombre de impúdica vida sexual y que había obtenido los votos del Colegio de Cardenales con sobornos.
Pese a no ser consciente de ello, el desaseado cardenal, quien lucía ya una barba de varias semanas frenéticas desde que tomara la decisión de aliarse con los españoles, no escondía secretos para el capitán de los ejércitos de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Gonzalo se había dado cuenta de la debilidad que se traslucía de la mirada de aquel eclesiástico cuando veía a alguno de los fornidos jóvenes trasladando la maquinaria de guerra.
En resumen, para el líder militar aquellos dos personajes tan notables eran iguales. Costaba poco imaginar a Giuliano susurrando complots al oído de Yves d'Alègre y a Alejandro VI tratando de ganar el favor de aquellos guerreros que estaban buscando asegurar la permanencia de Nápoles en la órbita de los Reyes Católicos. En ocasiones, aquel que se ganó el apodo de Gran Capitán recordaba el tono tan persuasivo de aquel castellano tan cuidado que le dedicó el Santo Padre tras liberarle de los piratas. Parecía que el mundo hubiera estado en sus manos si hubiera dicho aceptado a aquella oferta, mientras lo inundaba de presuntas maledicencias y habladurías que le aseguraban que el general invicto iba a perder el favor de sus reyes. Acompañado de la Rosa Dorada, Fernández de Córdoba únicamente debía asentir para ser el brazo derecho de San Pedro…
La elección de Inocencio IX
Gorges D’Amboise no daba crédito a lo volátil de la Fortuna. Ambicioso obispo galo que había azuzado a Luis XII en aras de conquistar Milán, las noticias de que César Borgia y sus huestes traicionaban al Marqués de Mantua sonaban a la caída del telón para sus esperanzas. En verdad, las osadas maniobras de Gonzalo Fernández de Córdoba y el ingenio de hombres como Pedro Navarro a orillas del Garellano merecían mucho reconocimiento, pero la artera forma del Valentino de dejar expuestas las posiciones más vulnerables de su antiguo aliado ahorraron un inútil derramamiento de sangre.
Por ello se sintió tan extrañado cuando Agapito Geraldini supo hacerle llegar discretos mensajes que le pedían fe. D’Amboise únicamente se veía capaz de ganar las elecciones tras la muerte de Alejandro VI con un poderoso ejército con la flor de Lis en Roma. Ahora llegaba Diego García de Paredes, el gigante extremeño del Gran Capitán. Hubo maledicencias de cierta partida de dados que acabó tarde y donde algunos creyeron advertir la mano de Micheletto. El guerrero quedó intoxicado el día apropiado y César Borgia se tomaba cumplida revancha de un viejo pleito, cuando el feroz Sansón había decapitado a uno de sus lugartenientes favoritos por una discusión entre ambos.
La escandalosa elección de Inocencio IX (el nombre no dejaba de tener su gracia debido a los notables sobornos efectuados) provocó una feroz disputa en el cónclave, encabezada por Della Rovere. Sea como fuere, los Reyes Católicos quedaron en una posición expuesta al predisponerse contra un aliado tan tradicional de los últimos años. Lucrecia Borgia y el duque de Ferrara apoyaron con entusiasmo al nuevo Papa, quien confirmó con energía la posición de César como su brazo ejecutor a la hora de controlar los estados pontificios. Aquellos once votos españoles prometidos por el Valentino valieron su peso en oro.
Vinieron excelentes años para el trono de San Pedro. Incluso la orgullosa Florencia tuvo que ceder ante aquella nueva fuerza que contaba con el respaldo de Venecia, el último acto de servicio de Alejandro VI a su hijo con mayores ambiciones. Luis XII acogió con agrado a un ilustre exiliado como Leonardo Da Vinci. Corrían extraños rumores sobre su relación con los Borgia, habiendo abandonado su taller de súbito antes de recibir la orden de la Signoria de volver a ocupar su puesto como principal arquitecto bélico del hombre en quien su compatriota Nicolás Maquiavelo creía ver el futuro.
Así comenzó a gestarse Il Re, una obra que tendría un capítulo censurado por su propia fuente de inspiración. Nadie conocía su contenido, pero sí que Maquiavelo comparaba a César con Publio Clodio. Al igual que el astuto tribuno de la plebe, el gonfalonero había ayudado a derribar la reputación de un general superior a él en el campo de batalla. Gonzalo Fernández de Córdoba cayó como Lúculo en un descrédito ignominioso donde algunos creían ver información sensible propiciada por Sancha de Aragón, convertida casi de inmediato en amante oficial del efímero virrey. Murmuraban que Fernando e Isabel prestaron demasiada atención a las cuentas de su Gran Capitán y pocas a la intrigante serpiente que se había unido a sus huestes en Garellano.
Contaban que en Gaeta hubo una tensa cena donde la espada de Gonzalo estuvo a punto de traspasar la máscara del hijo de Alejandro VI. “Nunca debiste aplicar la piedad conmigo”, sonrió el futuro soberano de la Romaña.
Vísperas napolitanas (primavera del año 1510)
El palacete se encontraba en la parte baja de la ciudad de Barcelona, próximo a las murallas marítimas y pegada al convento de los mercedarios. Nicolás Maquiavelo fue alojado allí. Si bien corrían rumores de su enfriada relación con César Borgia, el destacado condotiero había querido hacerse acompañar con él, consciente de lo importante que era para su antiguo biógrafo conocer a Fernando de Aragón. En pleno centro urbano, el soberano había estado trabajando sin descanso en el antiguo palacio Real Mayor.
Mucho se escribiría sobre el encuentro entre los dos grandes hombres. Más sobre el asesoramiento Borgia en la oportuna enfermedad de Felipe el Hermoso. Pronto, por Zaragoza corrió un libelo curioso que hizo sonreír al florentino: dos zorros engalanados como príncipes se hacían mutuas reverencias frente a un gallinero que temblaba. En algunos mentideros se afirmaba que Maquiavelo consideraba que el rey aragonés era incluso más notable en sus ardides que su modelo, aquel César Borgia con el que había podido vislumbrar un primer boceto de la Italia soñada.
Ninguno de ellos se encontraba en su momento físico más deslumbrante. La máscara que cubría la sífilis de César Borgia no podía ocultar el deterioro de quien había sido juzgado uno de los hombres más apuestos de Roma. Por su parte, la gruesa cadena con el emblema del toisón de oro no ocultaba la flacidez del cuello del monarca aragonés. Como afirmó a Maquiavelo, aquel adorno le había salvado la vida en una ocasión del puñal de un enloquecido campesino.
Aquello habría sido una pena, pensaba con frecuencia Maquiavelo. “De rey sin importancia, se ha convertido en el primer monarca de la cristiandad” solía afirmar el tratadista, si bien procuraba no hacerlo en presencia de César, celoso de su propia gloria como dueño indiscutible de la Romaña. Costaba poco recordar los días donde la ambigüedad de los Borgia en Nápoles provocó la ira de Isabel y Fernando. Ahora la primera estaba muerta y era César quien aconsejaba los mejores afrodisíacos al viudo, cuyo nueva y flamante cónyuge, Germana de Foix, había dado a luz a un heredero vigoroso y sano.
Las extrañas alianzas que provocaban esos personajes habían puesto incluso en los pactos el nombre de Louise Borgia, la hija legítima de la unión del capitán de los ejércitos pontificios con Carlota de Albret. Solamente César, afirmaba el autor de Il Re, podía haber arrancado aquella promesa de promesas: aprovechar la caída en desgracia del duque de Calabria (hay quien dice que el linaje valenciano ayudó a descubrir las conjuras del aristócrata que incluían una pasión con la propia Germana que enloqueció de celos a Fernando) para postular a Louise como una excelente consorte en Nápoles.
Afirmaban que Luis XII no dejaba de sonreír ante la destreza de ese demonio del Vaticano que había traicionado a su ejército en Garellano. El fino equilibrio entre Aragón y Francia volvía a tener a los Borgia como lugar neutral. La gratitud de Luis por la anulación de Alejandro VI para poder desposarse con Ana de Bretaña todavía era palpable en su recuerdo. “Es de justicia que se siente con reyes quien a reyes convence”, sonrió con malicia el monarca galo cuando compareció con su séquito y consintió que el Valentino compartiera con ellos la mesa. Una noche fascinante para Maquiavelo, donde las pretensiones de Fernando serían apoyadas por Francia y el linaje de César entroncaba con los más poderosos.
Poco después de su muerte en Francia, apareció del baúl de Leonardo da Vinci una copia de La mandrágora, obra escrita en Forlí por Maquiavelo y mandada quemar por César Borgia. En ella, un astuto príncipe era parado en un bosque romano por una extraña bruja que le advertía de no acudir a una cena con su padre donde ambos enfermarían de gravedad. A cambio de su alma, la hechicera, descrita como una especie de Sibila de Cumas, prometía desvelar los secretos del futuro al arrogante aristócrata. La obra, inconclusa, usa nombres mitológicos, si bien cuesta poco establecer paralelismos con el más afamado hijo de Alejandro VI.
Junto con el manuscrito, Leonardo había hecho un grabado de César con semejanzas a Jesucristo en la postura, una tiara pontificia y cubierto de llamas. Todavía hoy historiadores e historiadoras del Arte discuten su significado…
[1] En nuestro multiverso histórico, dicha invitación se produce en el año 1510.
[2] Estos sucesos tuvieron lugar en el mes de agosto de 1503. Las gentes de Roma se referirían a esas semanas turbulentas con la expresión “Caldo de sangue”, alusión a una célebre sopa.
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