En un lugar remoto, más allá de nuestra atmósfera, ajena a la Tierra y a los problemas del mundo, Serena Anatasa pasaba los días en su cárcel particular, encerrada en un palacio de plata y cristal cerca del Mar de la Tranquilidad. Las jornadas transcurrían de forma monótona, en un entorno bello pero pequeño y aburrido, oprimido por la tradición y los convencionalismos, estático y cargado de prejuicios. Y es que Serena no era de esta Tierra. De hecho, era la Tierra lo que siempre contemplaba desde su ventana, la bella canica azul. Ella era una selenita, una habitante del satélite argento encargada de encender la luna llena con su magia y poder. Sin embargo, semejante título atraía las envidias y las críticas de los suyos.
Serena se sentía incomprendida. Ella era una soñadora nata. Ansiaba viajar por todos los rincones del universo, y tenía infinita curiosidad por lo desconocido…Cuánto deseaba Serena escapar, aunque fuese por una noche, de ese ambiente que tanto la asfixiaba.
Pasaba el tiempo imaginando escenarios en los que lo abandonaba todo y volaba hasta la Tierra para vivir una nueva experiencia. Por momentos, se encendía en su interior el fuego de la emoción, y no parecía tan descabellado. Pero pronto, las dudas, los miedos y las inseguridades, boicoteaban sus planes. Serena se autoconvencía de la imposibilidad del cambio, aplastada por la responsabilidad y el qué dirán. Siempre complaciente, siempre cumpliendo con su deber.
Aun así, no pensaba resignarse. Analizó su mente e interiorizó sus flaquezas. Realizó múltiples ritos introspectivos para construir su fortaleza de espíritu. Pasaba las noches de cuarto menguante en lo más profundo de las catenas de la cara oculta de la luna, contemplaba la inmensidad del universo desde los acantilados y montañas, y durante el novilunio, se tendía sobre los valles lunares a admirar el brillo de las estrellas y el azul de la Tierra. Cada vez más sabia y poderosa, dedicaba sus días libres a estudiar el universo mágico, y las ideas que antes parecían imposibles, comenzaron a tomar forma. Poco a poco trazó un plan para visitar la Tierra y explorar. Estudió el punto exacto en el que aterrizaría, se informó sobre las costumbres, y aprendió las lenguas de ese lugar en la Tierra, rodeado de mar, pero también de bosques. El plan solo podía ejecutarse durante una noche de luna nueva, cuando nadie la requería, cuando no se necesitaba su magia para llenar la luna y los selenitas se retiraban a descansar.
Pasaron los meses y los años… Pasó el tiempo, y Serena soñó miles de veces con la Tierra, hasta que llegó el día marcado en el calendario. Serena aterrizaría en el planeta esa misma noche, montada en una estrella fugaz.
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Rodeada de un haz de luz dorado, como si una nube gaseosa envolviera su cuerpo, Serena se precipitaba hacia la Tierra a toda velocidad, sintiendo en su rostro el poder del universo. Sus cabellos negros ondeaban hacia atrás, y sentía que cabalgaba sobre corceles áureos, adivinando sus desdibujadas formas entre destellos y polvo cósmico. Podía hasta sentir sus propios muslos apretados sobre el lomo de uno de esos corceles, galopando mientras agarraba unas crines brillantes y conseguía estabilizarse en esa vorágine hacia su destino en otro mundo, con los ojos cerrados, dejándose llevar.
Sin saber muy bien cuánto tiempo había transcurrido o cómo había aterrizado, Serena abrió los ojos tendida en medio de un camino en una colina. Pasarían horas hasta que pudiera acostumbrarse, incluso moverse, aplastada como estaba por la gravedad en otro mundo.
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Esa misma noche, no muy lejos del punto exacto en el que Serena había aterrizado, Leopoldo Alves marchaba silbando, a paso ligero, de buen humor como todas las noches sin luna. Dejaba atrás su habitual encierro, y pretendía olvidar su maldición y sus tormentos, cuando, de repente, se topó con una intrusa en su camino.
Sus miradas se cruzaron y Leopoldo quedó hechizado.
Esa mujer…
Su tez, pálida como la luna,
sus ojos, grises como la plata;
ese pelo, negro como la noche.
—¿Podría ayudarme? —pidió Serena.
—Soy extranjera en estas tierras y me he perdido de camino al pueblo.
Su sonrisa, brillante como un montón de estrellas.
Es difícil explicar la atracción que sintió Leopoldo por esa extraña mujer. Durante unos instantes, notó su pulso acelerado, su corazón desbocado, la sangre en ebullición, los músculos en tensión. Sintió un pánico visceral, terror a perder el control y dejar de ser dueño de sus actos, de su mente, de su cuerpo. Algo que ya había sentido tantas veces antes, y que sentía ahora en presencia de esa mujer, a pesar de la ausencia de la luna llena en el firmamento. Y, sin embargo, tras una bocanada de aire, se recompuso. Dominó sus pasiones y siguió adelante, sobreponiéndose a esa revolución en su cuerpo maldito.
—Debería andar con cuidado por estos bosques, suele haber lobos... —respondió Leopoldo.
Le tendió la mano y la ayudó a incorporarse, y en el proceso, de forma inevitable, se perdieron el uno en los ojos del otro, un instante que pareció infinito, en mitad de ese sendero sin luna.
— ¿Cuál es su nombre? Yo soy Leopoldo Alves, pero puede llamarme Leo.
— Encantada. Mi nombre es Serena Anatasa, Serena está bien.
— Disculpe mi atrevimiento, pero, si lo desea, puedo ser su guía esta noche. La ciudad no queda lejos y puedo orientarla si no conoce el camino.
Y siguieron el sendero, paso a paso, ambos fascinados el uno con el otro, juntos hacia la ciudad.
Conversaron. Pasaron a tutearse. Leo le habló de la ciudad, de sus bares trasnochados, de sus gentes tranquilas, también de su soledad…. Serena hacía preguntas con curiosidad genuina, y evitaba con elegancia conversaciones sobre su origen. Deambularon por las calles empedradas, halagaron las vistas desde el mirador que se asomaba al mar; un mar negro como el universo, agua que desea ser luz convertida en espejo, reflejo de las estrellas del firmamento.
Serena sentía en ella el influjo del océano, y la marea la atraía con fuerzas que desconocía. Se sentía capaz de elevar las olas y la espuma, y las aguas se agitaron ante sus ojos. Sus rostros quedaron salpicados por gotas de mar, sin importarles. Leo solo deseaba estar más cerca de esa extraña mujer que había aterrizado en su camino, y en un preciso instante, con el mar embravecido de fondo, ambos se miraron y se besaron largamente, saboreando la sal de sus labios mojados. Y así, con sus cabezas aún muy cerca, y sus cuerpos entrelazados, se hablaron al oído.
—Qué extraño… siento que te conozco. Siento que te he visto miles de veces antes, que he gritado tu nombre en la noche. Me resultas tan lejana y a la vez tan familiar. ¿Cómo es posible? —susurró Leo.
—Yo también lo he sentido… Aquí tan lejos de casa, escucho tu voz y parece que la he oído miles de noches antes de encontrarte. No, no tengas miedo. El universo es sabio y me ha traído hasta aquí.
Pasaron toda la noche juntos, entre delirios de pasión recíproca, con las olas del mar como único testigo. Pero al rallar el alba, Serena sabía que tenía que regresar a su eterno deber.
—Dime que volveré a verte. —suplicó Leopoldo.
—Mi vida, ya me has visto muchas veces. Y me verás de nuevo pronto, muy pronto. Presiento que el universo nos ha unido para siempre.
Se despidieron jurando volver a encontrarse, sin embargo, Serena sabía que había dicho verdades a medias. Ella no volvería a ver a esa extraña criatura que la había enamorado, pues la Tierra no era su sitio, nunca lo sería.
Serena Anatasa se retiró a la luna rota de dolor, y sus lágrimas no cesaron de caer. Lo mojaron todo. Se colaron, poco a poco, por debajo de las puertas de su castillo, y salieron al exterior convertidas en arroyos brillantes que humedecieron la superficie entera de la luna. Inundaron los cráteres hasta hacerlos rebosar, trazando formas caprichosas. El llanto se vertió en el universo y llovió sobre la Tierra en forma de estrellas fugaces. Los terrícolas contemplaron durante siete días consecutivos, las lágrimas de Serena, tendidos en sus terrazas, sonriendo entusiasmados y pidiendo deseos con cada destello: salud, dinero y amor.
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Durante los días siguientes, Leo trató de encontrar a Serena. Acudió cada noche al sendero esperando verla aparecer, sin éxito. La buscó por toda la ciudad. Recorrió los mismos lugares una y otra vez, hallando tan solo vacío y soledad. Hasta que, por fin, durante la noche del día veintinueve del ciclo lunar, volvieron a encontrarse.
Serena, a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de la Tierra, encendía la luna llena derrochando su poder, sin descanso.
En la Tierra, el embrujo de la luna llena causaba estragos en Leopoldo. Y es que en la oscuridad parcial esas noches de plenilunio, cuando la luz del satélite bañaba su tez morena, cuando la plata líquida de los rayos de luna acariciaba su cuerpo, entonces, se transformaba. Leo se estremecía de dolor, sus pupilas se dilataban, sus huesos se quebraban y crecían, y mutaba su mandíbula con nuevos colmillos, y mutaba su piel con extraño pelaje, y perdía todo atisbo de humanidad y raciocinio. Esa noche, Leopoldo, hombre-bestia, corría con los lobos, transformado, maldito, fuera de sí.
Y, entonces, la miró.
Podía verse cristalina, sobre los cielos, reinando con su hipnótica luz y su curvatura sensual y perfecta. Leo casi había olvidado su belleza. ¿Era la noche lo que rodeaba la luna llena, o eran los cabellos azabaches de Serena? ¿Era esa de verdad la luna misma, o era la piel pálida de Serena en los cielos? Y ese brillo sobre el océano, ese reflejo… ¿era la luz de la luna sobre el agua, o era la plata de los ojos grises de Serena, que lo miraban desde el horizonte? Leo ya no la temía, de repente, la admiraba.
Sin saberlo, su vínculo se había sellado. Ahora, Leopoldo amaba lo que antes más odiaba. En ese instante, Leopoldo Alves, hombre-lobo, llenó sus pulmones de aire puro y aulló con todas sus fuerzas hacia el cielo, y a su aullido se unió el de decenas de lobos salvajes. Su voz atravesó la atmósfera y recorrió el espacio, hasta escucharse allí arriba, en la luna.
A partir de entonces, Serena, cada veintinueve días, enciende la luna para Leo, pensando tan solo en él, y Leo, hombre-lobo, aúlla a la luna llena, sabiendo en lo más profundo de su corazón que Serena lo escucha.
Y, a su manera,
a pesar del tiempo y la distancia,
continúan amándose de otra forma.
Él en la Tierra.
Ella en la Luna.
Guadalupe Greses Domínguez.
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