RELATO 

La flor sin nombre.

La flor

I

          A medida que ascendía por el caminillo que me solía conducir hasta mi rincón favorito del bosque, no podía evitar sentir cómo, de forma creciente, mi cabeza no paraba de darme más y más vueltas. Era como si fuese incapaz de echarle freno a la enorme cascada de pensamientos e imágenes que inundaban mi mente. Decidí hacer un alto en el camino y tumbarme boca arriba sobre las hierbas de un pequeño claro, rodeado de frondosos helechos. Me sentí seguro y un poco más tranquilo, como si los brazos vegetales del bosque me arropasen y brindasen su protección, ocultándome de las locuras del mundo exterior. Una voz familiar rompió el silencio, no muy lejos de donde yo estaba.


— ¿Qué te sucede, por qué te ocultas del mundo? —me preguntó aquella voz tan cálida como querida para mí.


—Dama, a veces, no sé qué hacer ni qué camino tomar, a veces no entiendo nada…


—No te preocupes, respira profundamente, muy profundamente. Eres respiración, porque eres vida. La respiración es vida. Te contaré una historia muy, muy antigua —me dijo mi pequeña amiga Dama. La obedecí, cerré los ojos y me centré en mi respiración, en cómo entraba el aire por las fosas nasales y en cómo salía de forma lenta y profunda…


—Cuenta una antigua leyenda, de un antiguo lugar y un antiguo reino, cómo una hermosa y risueña princesa, en su decimoquinto cumpleaños, se disponía a recibir, en su corte, los regalos de sus más leales vasallos. Eran hijos de reyes y príncipes, llegados de lejanas y exóticas tierras.


          El salón real del palacio irradiaba más esplendor, luz y color que nunca. Apuestos y gallardos jóvenes desfilaban, postrando a sus pies, los más hermosos y delicados regalos de cumpleaños. Le fueron ofrecidas las más refinadas joyas, delicados y primorosamente decorados frascos de perfume, brillantes y coloreadas telas de encaje y seda. Incluso, un vestido cuyos bordados de oro y plata se habían tardado más de tres años en hilar, por más de cien costureras distintas.


          Un hermoso carruaje de oro y esmeraldas deslumbró a los allí presentes. En verdad que cada regalo parecía superar con su lujo y esplendor al anterior. Pero, curiosamente, la mirada de la princesa parecía triste y cansada. Por momentos, sus damas de compañía parecían inquietarse.


Hasta que un sencillo y venerable anciano hizo acto de presencia. Con una humilde y elegante reverencia, posó una flor sobre una almohada de terciopelo azul.


 La joven princesa no pudo evitar observarle extrañada.


— ¿Qué regalo es este? —preguntó, con una sonrisa de desconcierto dibujada en sus labios.


—Una flor, alteza…


— ¿Qué tipo de flor? —preguntó la princesa, cada vez más intrigada.


—Una flor muy especial, alteza… única en su género.


—Pero… no la conozco, ¿Cuál es su nombre? Nunca he visto nada igual.


 —Se llama… la flor sin nombre.

 

—Qué forma tan extraña para llamar a una flor… —se dijo a sí misma en voz alta. El anciano, por un momento, sonrió en silencio—. ¿Acaso posee algún tipo de propiedad especial, algún tipo de magia? ¡Qué flor tan extraordinaria, cuántos colores tiene!


—Es una flor muy especial, alteza, cada color simboliza una virtud. El pétalo blanco, la pureza; el morado, la humildad; el verde, la esperanza; el amarillo, la compasión… si observáis el mundo solo con los ojos de la mente, solo conoceréis las cosas en su superficie; deberéis verlo con otros ojos… los ojos del corazón. Únicamente así, conoceréis la verdad en su más pura esencia y significado. Su poder es muy, muy antiguo, le ha sido otorgado desde el origen de los tiempos.


— ¿Y qué poder es ese, noble anciano?


—El de encontrar todas las respuestas, a todas vuestras preguntas.


— ¿Así, sin más? —preguntó incrédula la joven princesa.


—Así, sin más —dijo el anciano.


— ¿Y cómo averiguaré su funcionamiento?


—Es muy sencillo, alteza. Deberéis, en caso de necesidad, tenerla muy cerca del corazón y así escucharla con mucha atención.


Muchos de los príncipes, nobles y cortesanos allí presentes se rieron con incredulidad, y hasta con sorna y desprecio. Dicho esto, el anciano se retiró discretamente, y la princesa no cesó de observar tanto al anciano como a la “flor sin nombre”. La noche paso rápida pues, la gran celebración terminó, los ilustres invitados se despidieron y las luces del palacio fueron apagadas, retornando la oscuridad y el silencio a sus largos pasillos y salones.


          Ya en su alcoba, la joven princesa, siempre bella en su inocencia, observó con atención el cojín con la flor sin nombre, hasta quedarse profundamente dormida.


          Pasaron los días y las noches, y la flor comenzó a marchitarse y secarse, para así caer en el triste silencio del olvido, hasta que una buena mañana una inesperada noticia sacudió al palacio. La reina madre estaba gravemente enferma, se buscaron a los más eminentes médicos y sabios del reino, pero fue inútil.


          La joven princesa lloraba desconsolada y, asustada, no cesaba de preguntarse cómo iba a poder vivir sin su amada madre. 


          Levantó la mirada de su almohada y cogió lo poco que quedaba de la “flor sin nombre”, casi instintivamente, luchando contra una silenciosa desesperación que amenazaba con hundirla en el más profundo de los miedos… Entonces, recordó las palabras del sabio anciano: “…deberás, en caso de necesidad, tenerla muy cerca de vuestro corazón y así, y solo así, escucharlo con mucha atención”. La princesa acercó con mano temblorosa la flor hasta su corazón, y, cerrando los ojos, intentó escucharla con mucha atención. Al principio, solo sintió sus latidos y el temor de sus pensamientos, algo parecía decirle: “Así no, así no, debes escuchar la luz de tu corazón, mi niña, a través de tu silencio interior, y así y solo así encontrarás las respuestas a todas tus preguntas”.


          Con la mano fuertemente apretada en su pecho, quedó profundamente dormida, sintiendo cómo un profundo y amoroso misterio, que iba más allá de lo que ninguna palabra pudiera expresar, le hacía soñar con su amada madre. Le sonreía feliz desde el mundo de la eterna sonrisa. Cuando despertó, supo de su fallecimiento, pero con serena mano acarició su mejilla y besó con dulzura su frente. Cuando se despidió de ella, supo la respuesta:

         

          “Las personas a quienes tanto amamos, mueren hoy para vivir eternamente mañana, porque solo el amor, cuando es auténtico, es digno de ser eterno”.

 

          Cuando volvió una vez más a sus aposentos, con los restos de “la flor sin nombre”, decidió fundirlos en ámbar y, así, crear una flor con idéntica forma, pendiente de un bonito colgante.


          De tal manera que cada vez que le asaltara una duda, acercase a su corazón “la flor sin nombre”, cerrase los ojos y así poder escuchar la luz de la flor de su corazón, hasta que brotase la respuesta que necesitase, la respuesta verdadera.


          Los días pasaron raudos, y la mirada de la princesa se volvió más profunda, más compasiva y más sabia, con todos los que la rodeaban. Sin importar su riqueza o su pobreza, su sapiencia o su ignorancia.


        Las estaciones pasaron una vez más, llegando un nuevo cumpleaños de la princesa. Muchos y variados regalos le fueron obsequiados y, una vez más, aquel enigmático sabio de sencillo ropaje, se aproximó para hacerle su correspondiente regalo de cumpleaños. No obstante, no pudo dejar de apreciar la profunda belleza que ahora adornaba el rostro de la princesa, era una belleza que solo puede otorgar la experiencia, una belleza que solo podía brotar del corazón. El anciano sonrió feliz, aunque la hermosa princesa le interrumpió, para su sorpresa y la de todos los allí presentes. 


—Mi regalo será… que aceptes este regalo, mi muy querido anciano… —dijo la princesa, deslizándole en su mano abierta una pequeña semilla, al tiempo que le obsequiaba una dulce sonrisa.


— ¿Qué es esto, alteza?


— ¿Acaso no lo ves? Es una semilla… —dijo la princesa.


— ¿Qué tipo de semilla? 


—Una semilla, “una semilla sin nombre”.


—dijo la princesa.


— ¿Qué debo hacer con ella?


—La plantarás y esparcirás la simiente de su fruto en todos los rincones del mundo conocido, para que todo aquel que la necesite, pueda encontrar todas las respuestas a sus preguntas, escuchando a la luz de su corazón, y así poder disfrutar de la dicha de la sabiduría eterna.


          Dicho esto, el anciano la tomó agradecido. Con un gesto de profunda humildad, con la mirada radiante de inmensa alegría circundando su rostro, una alegría nacida del corazón, partió para cumplir el deseo de la joven y bella princesa.


Y así fue cómo, también, sucedió esta “historia sin nombre”.


Abrí los ojos y por un momento no supe qué decir.


—No olvides este hermoso presente, cuando te encuentres confuso, perdido y asustado. Cierra los ojos, respira profundamente y escucha a la luz de tu corazón, y así, solo así, encontrarás la respuesta verdadera —me dijo Dama.


          Con una sonrisa, me incorporé para darle las gracias a Dama, pero, una vez más, había desaparecido. Volví a casa, no sin antes presenciar el ocaso de un hermoso sol en la lejanía coronando la luz de las montañas vecinas, jurándome a mí mismo vivir escuchando a mi corazón… siempre. 






Gabriel Guerrero.