
Miguel Gómez Losada. Foto: Claudio del Campo.
Hablamos con el pintor Miguel Gómez Losada (1967), que ha construido una trayectoria coherente y profundamente personal, alejada de modas y marcada por una evidente sensibilidad poética. Su obra, de figuración contenida y tonos nostálgicos, se mueve entre lo íntimo y lo atemporal, evocando paisajes interiores y escenas suspendidas en una especie de melancolía luminosa.
Ha expuesto en galerías y ferias de todo el país —ARCO Madrid, Galería Pilar Parra, Rayuela, entre otras— y ha participado en intervenciones urbanas que integran el arte en la vida cotidiana. Su obra Fiesta de la cosecha fue galardonada con el XVI Premio de Pintura del Club del Arte Paul Ricard en 2023.
En 2022 publicó Diario de pintura (Almuzara), una obra a caballo entre el ensayo y el cuaderno de artista, donde reflexiona sobre el proceso creativo y el sentido de la pintura en la actualidad.
¿Cómo ha evolucionado su concepción de la pintura desde sus inicios?
La evolución de mi pintura ha ido pareja a mi necesidad de estar con los demás. Es decir, yo he usado la pintura como un medio para estar con los demás, para hacerme valer como persona útil en la comunidad. Mediante la pintura he querido señalarme como ser humano, como individuo.
¿En qué momento encontró su propia voz?
Sigo persiguiendo mi propia voz, pero es verdad que he sacado algunas conclusiones. Y a través de la pintura, que es un lenguaje que se da para la vista, empiezo a ver quién soy y a ver un poco en qué consiste mi singularidad. No te podría traducir qué es lo que veo porque está en los cuadros. Pero sí te puedo afirmar que, a través de la pintura, cuando pinto una cosa, si el cuadro sale bien, noto una correspondencia; como que encajo en lo que estoy viendo, encajo en el cuadro que he pintado. Ese encaje quiero traducirlo como el camino correcto para encontrar mi propia voz.
Estudió usted Bellas Artes, ¿qué ecos de la formación académica reglada sobreviven hoy en su trabajo y de cuáles se ha desprendido con el tiempo?
De mi época de la facultad, recuerdo especialmente a una profesora que sigue en activo: Carmen Andreu, a la que cariñosamente llamamos May. Fue la primera vez que, fuera de la familia — mi principal maestro es Marcial Gómez, mi padre, el pintor —, yo veía a alguien apasionado por la pintura, dispuesto a contarla, dispuesto a vivirla y a compartirla. Eso es lo que sobrevive hoy en mi trabajo: aquella dedicación que yo aprendí cuando era alumno de Carmen Andreu.
“La pintura es un volcado de lo que anhelo”
¿Cómo influye su experiencia vital en su forma de narrar con la pintura?
Esta pregunta es dificilísima porque yo sé que a la pintura va todo. La pintura es un volcado de la vida. Eso lo tengo clarísimo. Y no solamente de la vida que se experimenta, sino de la que se sueña, de la que se recuerda, de la que uno anhela. En mi caso, la pintura es un volcado de lo que anhelo.
¿Cómo es el proceso creativo de Gómez Losada? ¿De dónde parte antes de comenzar a pintar?
Una vez que tengo localizado que pinto lo que anhelo, lo que creo importante para el ser humano, es decir, todo lo que tenga que ver con el amor —todas las variantes, todos los afluentes, todas las cercanías del amor me interesan para la pintura—, paso todo el día estudiando Historia del Arte, todo el día viendo pintura, fotografía y cualquier cosa que pueda detonar o significar un chispazo para mi propio cuadro. O sea, que me considero un pintor cultural porque pienso que en el cuadro deben aunarse el anhelo propio y la cultura. Trato de balancear esas dos cosas lo mejor que puedo.
“No quiero ser un pintor con exceso de estilo, un pintor afanado en ser original”
Su paleta tiende a lo contenido, con blancos rotos, ocres, tierras… ¿Cómo llegó a esa economía cromática y qué papel tiene el color —o su ausencia— en el ritmo emocional de sus obras?
Esta pregunta es muy buena, pero no sé si voy a poder responderla porque tampoco quiero ser consciente al 100 % de lo que hago porque temo que la ornitología pueda interferir en el vuelo del pájaro. Te voy a responder de una forma aproximada: Yo no quiero ser un pintor con exceso de estilo, un pintor afanado en ser original. En el momento en el que las herramientas de que dispone el pintor para que el cuadro sea suyo son exageradas o muy afanosas, a mí se me enciende una alerta y me dice “eso para ti no es”. Por eso mis colores no son estridentes. También es verdad que con el tiempo me he dado cuenta de que si yo quiero que mis cuadros sean largos en el tiempo, que “no hablen” de lo que acontece hoy, los colores más cercanos a los grises me venían mejor para hablar de un tiempo grande, un tiempo largo, de un anhelo, de un recuerdo. Creo que he ido acondicionando mi paleta —si se puede decir así— a esa conclusión que yo he sacado.
En cuanto a la contención que mencionas, le doy mucho más mérito a la pintura contenida que a la incontinencia. Hay una especie de opinión popular basada en que en la incontinencia está el derroche creativo. Que una pintura verborreica es mucho más creativa. Y yo pienso que es al revés, que en la incontinencia no hay mérito ninguno porque de esa forma se trata al cuadro prácticamente como un contenedor donde todo vale y que, caigan donde caigan, las cosas van a quedar bien porque el cuadro ya es un cajón de sastre. Eso a nivel decorativo puede funcionar, pero como obra a mí no me vale. Yo necesito, como pintor y como espectador, que haya una obligación de saber parar. Tienes que saber parar de pintar. Igual que en la buena oratoria hay que saber parar de hablar, en la pintura hay que saber parar de pintar. Cuando te contienes, resulta que tienes pocos elementos y es mucho más difícil establecer una relación óptima entre ellos. Por eso, si tú ves que mi pintura es contenida es porque hay una intención de ello, es lo que persigo.

Pez de Rahan. Óleo sobre lino, 100x81. Miguel Gómez Losada.
En 2023 presentó la exposición «Tú y yo, sehnsucht», ¿Cómo definiría el término Sehnsucht y de qué manera se integra este concepto en su obra?
Sehnsucht es una palabra alemana y, hasta donde yo he podido investigar, no tiene traducción exacta al castellano. Pero me permitido hacer una definición personal: sehnsucht es tener anhelo a no se sabe qué. Las personas anhelantes —yo me considero un pintor anhelante— no sabemos qué es lo que anhelamos. Es como esa gente que dice “yo estoy enamorado del amor”. Bueno, pues yo anhelo, pero no sé qué anhelo. Es un presentimiento de que hay algo enorme, que hay algo grandísimo, pero que está allí. Entonces, a través del arte, a través de la pintura, uno siente que puede acercarse a eso tan grande que anhelas, aunque no sepas lo que es, porque debe estar al otro lado del horizonte. Lo único que puede uno hacer es, con esa fe de los navegantes que cruzaban los mares en busca de los continentes, navegar y navegar con el deseo de acercarse.
“Yo anhelo, pero no sé qué anhelo”
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Anochece (Sehnsucht), 2025. Oleo lino, 73x54 cm. Miguel Gómez Losada.
En su libro Diario de Pintura (Cántico, 2024) afirma que “para entender de pintura hay que evitar compararla con la fotografía, y sí con la literatura, el arte de escribir”. En este sentido, ¿qué influencia ha tenido la literatura en su obra? Hay algún/a autor/a u obra que considere determinante en su trayectoria artística?
Con esto me refería a que la pintura es un arte y un lenguaje progresivo. Lo vas haciendo toque a toque, pincelada a pincelada. Y, en este sentido, lo veo muy cerca de la literatura, del arte de escribir, porque se escribe letra a letra, palabra a palabra. Puedes tener un guion de lo que quieres que sea el libro, puedes tener un guion de lo que quieres que sea el cuadro, pero luego no queda más remedio que hacerlo progresivamente. Esto no tiene nada que ver con la fotografía. Tiene más que ver con la literatura. En cualquier caso, sí quiero mencionar un autor: el húngaro Lajos Zilahy, porque cuando leí su obra en los noventa sentí que prolongó mi imaginación casi hasta el infinito. O sea, este escritor a mí me ayudó a imaginar largo, a imaginar grande. Fue para mí como un gimnasio para imaginar de una manera muy potente, muy fuerte.

Cubierta de Diario de Pintura, de Miguel Gómez Losada.
Respecto al resto de las artes (música, cine…), ¿qué lugar ocupan en su proceso creativo? ¿Lee o escucha algo en particular mientras pinta?
Yo escucho siempre música. Siempre, siempre. Música negra: soul, funk, R&B, jazz... No tengo otra música más que esa. Pero no sé el lugar que ocupa. Esto es como los calificativos, que siempre reducen. No me atrevo a decir de qué manera puede influir la música que escucho en lo que pinto. Lo que sí me atrevo a decirte es que la música soul, de alguna forma —como bien indica su nombre— es música del alma, está hecha deliberadamente para sentir. Eso sí me interesa para la pintura. Ojalá yo pudiera pintar para hacer sentir con la misma maestría, destreza y verdad que los artistas soul.
¿Qué artistas contemporáneos sigue con atención? ¿Siente afinidad con alguna corriente actual, o se percibe en cierto margen frente al discurso dominante del arte contemporáneo?
Me siento muy identificado con la pintura alemana y con la sueca, en cuanto que creo que han superado la idea de deconstruir la pintura y de cuestionarse la imagen. Siento que en el arte contemporáneo español sigue habiendo un canon que asocia modernidad con deconstrucción. Yo, particularmente —y esto es una opinión muy personal—, creo que deconstruir y cuestionar la imagen tuvo su razón de ser en las vanguardias porque había que romper con la pintura pasada. La verdad es que desde Picasso y los precubistas, desde Cézanne y, en fin, todo el siglo XX, hay ejercicios maravillosos de pintura. Los pintores no seríamos pintores hoy en día sin ese siglo XX genial. Pero en 2025, yo personalmente, como espectador, estoy siempre buscando una pintura que proponga estados de ánimo, otro tipo de cosas, y no tanto que cuestione la imagen o que haga una metapintura. Quiero ver pintura que me lleve lejos, que me lleve a otro sitio más armónico, que me saque de la fealdad del mundo, del horror, que aporte un tutorial de mejoría en el mundo. Eso no tiene que ser siempre a través de la belleza; puede ser a través de la fealdad. No siento que el futuro de la pintura sea su deconstrucción como si fuera un collage. Es más, se corre el riesgo de que, al encontrarnos en un momento sociológico diferente al del siglo XX, la pintura se quede hueca, decorativa o vintage. Me identifico mucho con lo que se está haciendo en Suecia y en Alemania porque creo que han superado esa deconstrucción y ese hacer el cuadro añicos y poner la imagen rota. Eso a mí personalmente ya no me sacia. Yo voy buscando otra cosa a través de imágenes que me hagan soportable la vida.
En estos tiempos, marcados por la hegemonía de lo digital y lo inmediato, su obra apuesta por la lentitud, la contemplación, lo sutil. ¿Considera la pintura una forma de resistencia?
Ayer mismo estuve escribiendo una cosa sobre la pintura como una disciplina manual, orgánica. Yo pienso que una de las formas de distinguirnos de la imagen digital o de la imagen hecha por inteligencia artificial es dándole poder al error. A través de los errores uno va conformando una manera de ser. En vez de avergonzarse del error en la imagen, éste debería ser como una especie de ADN del pintor, algo que la máquina le va a costar mucho trabajo imitar. Cuando uno se equivoca, su error alberga una espontaneidad y una verdad que es como un golpe de mar: es que no hay tiempo, no te da tiempo. Cuando te das cuenta, estás equivocado. Entonces, como la vida va cambiando, tus errores también lo van haciendo. Es muy difícil hacer un promedio o elaborar un patrón de cómo se equivoca un autor. El pintor sólo debería atender a seguir vivo, que su obra siga viva, y a equivocarse de forma distinta porque la vida va cambiando. Dar poder al error, a la equivocación, de alguna manera te distingue, te pone en otro plano de donde está normalmente la imagen digital.
Otra cuestión importante para reflexionar en este sentido es la del cansancio que, en mi opinión, es una oportunidad para hacer cuadros honestos, porque pienso que podemos hacer buenos cuadros culturales, pero no estarían hablando de nosotros mismos. Creo que una de las maneras que hay de conseguir un cuadro que corresponda a la voz propia es hacer caso del cansancio en cada sesión de pintura. Entras al estudio y si en tres o cuatro horas estás cansado, tienes que dejar de pintar en ese momento.
La reflexión, entonces, es la siguiente: el hilo de los cansancios, ese trazado que van dejando los cansancios diarios, va dando estilo y te va acercando a la voz propia. Ese es mi último descubrimiento. El cansancio, igual que el error, no son asuntos vergonzosos, sino que son oportunidades para que la pintura sea verdadera.
De entre todas sus obras, ¿en cuál considera que se manifiesta su expresión artística de forma más completa?
Bueno, aquí tengo que acudir a un tópico y solamente te puedo hablar de mi último cuadro porque considero que en él están los aciertos de todos los anteriores, o por lo menos la evolución condensada, cristalizada.
Acabo de terminar de pintar un caballo que mide dos por dos metros. Y yo no copio un caballo de una foto o de una pintura antigua, sino que cojo trozos de caballo y hago una especie de Frankenstein: las patas de atrás pertenecen a un caballo, el lomo a otro, las patas de delante a otro… Trato ese caballo, esa pintura, con las leyes de la pintura abstracta, buscando la angulación perfecta, las distancias perfectas entre las formas. Además, me siento muy identificado con lo que me ha salido, porque las patas de atrás las tiene quietas, como si el caballo estuviera parado. Sin embargo, las patas delanteras están levantadas en el aire. Es una cosa extrañísima: me ha salido una especie de caballo mitad anhelante, mitad desesperado y asustado. Te evoca un montón de estados de ánimo y cada vez que lo veo me lleva a uno distinto. Pero, en cualquier caso, le falta algo, ¿sabes? Ahí es donde yo me he visto identificado. Y no sé muy bien qué es. Porque, claro, si yo miro mi vida y me pregunto “¿a ti qué te falta?”, es muy difícil responder a eso. Pero viéndolo digo “mira, yo creo que me falta lo mismo que ese caballo”, aunque no sepa verbalizarlo bien. Por eso te digo que en este último cuadro es donde siento que he llegado a alguna conclusión artística.
¿Cómo influye la mirada pictórica de Marcial Gómez en su obra?
A mi padre lo tengo siempre presente porque, además de interesarme su mundo, tenía una forma muy elegante de pintar, tenía un sentido de la belleza y de la proporción y una forma de dibujar exquisita. Muchas veces, cuando pinto algo, sé que mi padre me está mirando. Y en ocasiones rompo esa enseñanza de la bella proporción, del bello dibujo. Lo rompo constantemente. Pero lo rompo como el hijo que se viste de forma distinta del padre, pero mantiene un canon, ¿sabes? Creo que tengo como un canon familiar, pero con distinta apariencia, que me sirve a mí para ir buscando mis propios anhelos. Esos anhelos los tengo yo, no los tiene mi padre ni los tiene mi madre, son propios. Pero sí es verdad que hay un canon familiar.
Y luego está el canon sentimental de mi madre: su sentimentalidad me ha enseñado a expresar, a sentir. La recuerdo en el coche, delante, girar la cabeza por la ventanilla. Me pregunté qué estaría mirando. Lo único que había en el paisaje era un árbol seco. Y entonces yo le preguntaba “Mamá, ¿qué has mirado?” Y ella me decía “El árbol seco”. Y añadía “Es que es triste, un árbol seco es triste, pero es tan bonito”. Tengo también esa herencia. Me siento afortunado por tener la mirada de mi padre, Marcial Gómez, y la mirada de mi madre dentro de la mía.
Compagina la creación con la docencia. ¿Qué aprendizaje extrae de la enseñanza y qué tipo de vínculo se establece con el alumnado como pintor en activo?
Es una etapa muy bonita esta de la enseñanza. Yo no he dado clases nunca porque no me veía en el mundo de la universidad, demasiado complejo en trámites administrativos, etcétera. Y la verdad es que nunca me sentido preparado para ser profesor de universidad. Pero en este caso se trata de una academia familiar privada gestionada por Chelo Escribano, que además es amiga. Recuerdo perfectamente un día, en la inauguración de la exposición España y Portugal en la Galería Birimbao, en el que le dije “Chelo, tú sabes que tengo ganas de dar clases, pero no sé muy bien cómo hacerlo”. Y me dijo que lo hiciera en su academia. Bueno, pues al día siguiente estábamos en una pizzería hablando de los detalles. Y ahí empezó todo. Doy clases un par de días a la semana. No tengo con mi alumnado una enseñanza anónima, sino que se parece a las escuelas de baile. Imagínate que tú tienes, por ejemplo, una y la llamas Escuela de baile María Gago. Se supone que lo que tú le enseñas son los trucos, tu experiencia. Eso es lo que hago yo. No tengo obligación de transferirles un mapa extenso y amplio de lo que es la pintura, sino que me pronuncio sobre lo que me gusta, lo que no, lo que creo que es bueno, lo que no… Y las clases, los talleres, llevan mi nombre. Eso me da permiso ético para enseñarles dónde está lo que sí y dónde lo que no. Y luego, es verdad que los alumnos te dan sorpresas, porque aunque tú les enseñas cosas, una forma de mirar, muchas veces hacen unos quiebros que te hacen pensar “uy, ese quiebro lo quiero yo para mí”. A veces soy capaz de copiarle un quiebro a un alumno cuando sé que lo he detonado yo, pero él me lo devuelve con su sello propio. Con lo cual, las clases muchas veces se convierten en una transferencia mutua muy interesante. Tenemos un clima maravilloso y en ocasiones alguien lleva una botella de vino o algo de confitería. Estamos dando clases y, a lo mejor, nos tomamos también unos pasteles. Es una etapa de mi vida muy bonita. La academia se llama Arte-Estudio. Y desde aquí quiero dar las gracias a mi amiga Chelo por haberme hecho profesor de ella.
“Todavía pienso que hay algo maravilloso detrás del horizonte”.
¿Qué proyecto o serie reciente siente que representa mejor el punto en el que está como artista? ¿Hacia dónde cree que se dirige su pintura en los próximos años?
Estoy en un momento de mi vida en el que me acuerdo mucho de quién era yo de niño porque, de alguna forma, la pintura, como tú decías antes, es una forma de resistencia para que el niño no se vaya. O la pintura resiste. La pintura retiene al niño. Y estos días me he acordado de una cosa que me encanta, que ahí creo yo que tengo algún tipo de esencia o que ahí veo yo mi diamantito, si se me permite decirlo así. Mi madre me preguntaba “Miguel, ¿tú cómo te llamas?” Y yo respondía “Miguel Ángel Gómez Losada contento y mayor”. Esos eran mis nombres y apellidos. ¿Quién me dice a mí que todos estos años no he estado pintando alrededor de esa frase? Tengo algo idealista, de un niño soñador que todavía sigue pensando que hay algo maravilloso detrás del horizonte.
Por último, como a todas las personas que entrevistamos en Cariátide, le voy a pedir que nos recomiende un libro, un disco y una película. En esta ocasión, además, le pedimos también un cuadro que considere indispensable.
Tengo que decirte dos, que fueron mis primeros libros, ambos recomendados por mi madre. Uno es La odisea de Homero, que yo creo que es su libro favorito. Y luego, ella me dijo “Miguel, para empezar a leer, tu primer libro creo que podría ser El viejo y el mar, de Hemingway".
En cuanto al disco, bueno, esto sí que es muy difícil porque soy coleccionista de discos. Pero me gustaría destacar cualquiera de Stevie Wonder entre los años 1972 y 1976, que creo que es su época dorada. Wonder tiene una forma de ser espiritual a través de la música que para mí siempre ha sido una referencia.
Una película... Yo tengo una favorita, Lo que queda del día, protagonizada por Anthony Hopkins y Emma Thompson. En mi casa era una película de culto y creo que lo tiene todo. Es maravillosa. Hasta la banda sonora, todo es maravilloso.
Y un cuadro que consideré indispensable, cualquiera de mi padre. Si se me permite mostrar preferencias, aunque la serie Bomarzo —que la pintó después de leer el libro de Mújica Láinez— fue muy popular y muy conocida —incluso mi padre le escribió a la viuda del autor para pedirle permiso y ésta aceptó encantada—, yo quisiera destacar de mi padre la época anterior, denominada Realismo Mágico. En esa etapa, volcaba su mundo de los Pedroches, su predilección por la Historia, por la fantasía… Así que sí, destacaría cualquier cuadro de la época del Realismo Mágico. Aprovecho para decirte que para la familia siempre ha sido un orgullo que un museo alemán como el Panorama Museum escogiera a mi padre para una exposición colectiva del Realismo Mágico español. Fue, además, elegido como cartel de la exposición y le dieron un lugar preferente en ella.

La cuadra, 2025. Óleo/lino, 54x46 cm. Miguel Gómez Losada.
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