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ENSAYO Y OPINIÓN



Claves para entender el conflicto Palestino.



Peter Jancsy Schebesta

Profesor adjunto de la Universidad de Córdoba.

Doctor en Filosofía, especialidad Historia, por la Universidad de Viena (Austria).

Activista de la Plataforma Córdoba con Palestina.






En este mundo convulso que nos ha tocado vivir, hay conflictos, no pocos, que ciertamente son complejos, complicados de entender, difíciles de explicar. La guerra de Ucrania, casi todos los enfrentamientos étnico-religiosos de los Balcanes, muchos de los conflictos en el continente africano, pertenecen a esta categoría.

 

Por suerte o por desgracia, no es el caso del conflicto palestino-israelí. Cuando alguien afirma que es un conflicto complejo, con casi toda seguridad es proisraelí. Porque este conflicto no es nada complicado, todo lo contrario. Lo que sí resulta eminentemente complicado, de hecho imposible, es justificar a Israel. Por esto, quienes lo apoyan intentan complicar, enredar, despistar, para que se deje de ver lo obvio. Porque el conflicto en sí es muy fácil de explicar: unos colonizadores europeos se están apropiando de una tierra no europea, y la población autóctona resiste desde hace más de un siglo. Así de claro.

 

Lo que sí es útil, es disponer de algunos conceptos, para poder entender la esencia del conflicto. Destacan tres: el sionismo, el concepto inglés “settler colonialism”, traducido como colonialismo de poblamiento, y la Nakba en curso, o Nakba continuada (del árabe “al- nakba al-mustamirra”, en inglés “ongoing Nakba”).



El sionismo: un proyecto colonizador

 

Sostiene el historiador Ilan Pappé, nacido en Israel, pero exiliado en Inglaterra debido a su postura inequívoca a favor de la causa palestina, que “no se debería permitir ninguna discusión sobre lo que ocurre hoy en Israel o en Palestina sin hablar del sionismo”. El sionismo es la ideología que pretende establecer un estado judío en Palestina. Cobró fuerza debido a la incesante discriminación y represión de la población judía en Europa.1 Se puede decir que es la aplicación a su propia comunidad, por parte de pensadores judíos, de las ideologías imperantes entonces en Europa, el nacionalismo y el colonialismo.

 

Cabe destacar que el sionismo fue, desde sus orígenes, un proyecto colonial, basado en una concepción racista y supremacista de la relación entre colonizadores y colonizados. Cuando el colonialismo todavía tenía connotaciones positivas, los propios sionistas no tenían ningún reparo en señalarlo.2 Apropiarse de tierras no europeas pasando por alto la población indígena era considerado normal en la cosmovisión europea de la época.

 

El sionismo es un proyecto colonial de poblamiento. No se limita a gobernar y explotar a la población autóctona, para apropiarse de sus riquezas, sino que pretende poblar la tierra colonizada, sustituyendo a la población de origen.

 

 

Historia del colonialismo de poblamiento sionista hasta la creación de Israel


A finales del siglo XIX, cuando Palestina formaba parte del Imperio Otomano, sus habitantes eran un pueblo semita que hablaba árabe y profesaba en su gran mayoría (alrededor del 80%) la religión musulmana, mientras cerca del 10% eran de distintas confesiones cristianas y menos del 5% de religión judía. El primer reto del sionismo era alterar esta realidad demográfica y alcanzar una mayoría de población judía. En 1882 empezó la llegada organizada de judíos europeos. Alcanzaron el 11% al final del Imperio Otomano (1918) y el 33% durante la administración británica (el “mandato”, 1920-1948).

 

Al principio, la población palestina había acogido con hospitalidad y simpatía a las personas que llegaban, muchas de las cuales habían huido del antisemitismo imperante en toda Europa. Pero con el notable aumento de la población judía y cuando ya se podía entrever la finalidad última del proyecto sionista, las tensiones y los enfrentamientos se hicieron cada vez más frecuentes y violentos.

 

Cuando la situación se volvió insostenible, el Reino Unido renunció al mandato. Entonces, en 1947, la Asamblea General de Naciones Unidas, a la sazón dominada por países europeos, aprobó por mayoría la resolución 181, un plan de partición de Palestina, proponiendo el 56% del territorio para un estado judío, un 43% para un estado árabe y el resto, las ciudades de Jerusalén y Belén y sus alrededores, como zona internacional. Es importante resaltar que, al aprobar esta resolución, la ONU solo subscribía una propuesta y que ésta no era para nada vinculante. Como es lógico, la representación palestina rechazó el plan, mientras que la parte judía lo aceptó por motivos tácticos. David Ben Gurión, el futuro primer ministro de Israel (1948- 1953 y 1955-1963) dejó claro en sus escritos que la aceptación de un estado judío en parte del territorio era solo un primer paso, y que contaban con hacerse con la totalidad del país en el momento oportuno.

 

El momento llegó pronto. Un día antes del fin del mandato británico, Israel declaró de forma unilateral su independencia. Una coalición de países árabes atacó al estado autoproclamado, pero la contienda terminó con la victoria contundente de Israel, que se hizo con el 78% del territorio y lo anexionó. Estas son las fronteras internacionalmente reconocidas del Estado de Israel. Jordania se anexionó a Cisjordania, y la Franja de Gaza pasó a ser administrada por Egipto.


Para el pueblo palestino, esto fue la Nakba, catástrofe o desastre en árabe. Unas 750.000 personas, cerca de la mitad de la población palestina árabe, tuvieron que huir de sus hogares, convirtiéndose en refugiadas en las zonas que Israel entonces no consiguió conquistar, o en el extranjero. Desde entonces, Israel les niega el derecho al retorno. Más de 500 municipios y aldeas palestinas fueron destruidos o refundados con nombres hebreos.



La Nakba continuada, la catástrofe en curso

 

Desde finales de los 90, se está usando este concepto para expresar que la historia de desposesión y desplazamiento del pueblo palestino no consiste en acontecimientos puntuales inconexos, sino todo lo contrario: responde al desempeño del sionismo desde sus orígenes y del estado de Israel desde su creación en 1948, de erradicar a la población palestina para apropiarse de todas sus tierras, y que todos los pasos, desde la Nakba inicial de 1948, pasando por la Naksa de 1967 y los acuerdos de Oslo a principios de los 90, la proliferación de asentamientos en los territorios ocupados desde la firma de estos acuerdos, hasta la actual fase del genocidio desde 2023, no son sino partes de este mismo proyecto sionista.


El sionismo, desde sus orígenes, persigue una misma meta: controlar un máximo de territorio con un mínimo de población palestina en ella. Esta es su razón de ser y no habrá paz en la región hasta que no consiga su objetivo o acabe derrotado. En épocas de relativa tranquilidad, Israel avanza hacia su meta pasito a pasito:

 

  • Incentiva la inmigración judía de cualquier parte del mundo, a la vez que se niega a reconocer el derecho de retorno de la población palestina refugiada.


  • Restringe al máximo la posibilidad de reagrupación familiar, incluso para personas palestinas con ciudadanía israelí.

 

  • Retira bajo cualquier pretexto permisos de residencia de personas palestinas residentes en Jerusalén Este. (14.700 personas desde 1967)

 

  • Dificulta al máximo la vida diaria de la población palestina de Cisjordania, con check points y obligándola a usar carreteras secundarias.

 

  • Confisca tierras so pretexto de no reconocer títulos de propiedad o declarando de forma arbitraria a terrenos palestinos zona de interés militar.


  • Deniega permisos de construcción y derriba edificios que declara.



Todo esto y mucho más, bajo el manto de un supuesto Estado de derecho, que casualmente en la inmensa mayoría de los casos decide en contra de las personas palestinas, mientras que las personas judías no tienen ningún impedimento, incluso los colonos de los asentamientos, tanto aquellos ilegales según la legislación internacional como aquellos que son ilegales incluso según la propia legislación israelí.

 

Justamente, la alteración de la demografía de los territorios ocupados por medio de los asentamientos ilegales es un factor clave del proyecto colonial de poblamiento. Según los últimos datos disponibles, el número total de colonos pasó de 281.800 en 1993, cuando se firmó el acuerdo llamado Oslo I, a 737.493 a principios de la década actual. Con razón, voces críticas con los acuerdos de Oslo sostienen que las negociaciones no son sino una cortina de humo que permite a Israel ganar tiempo para alterar las condiciones a su favor. Y desde 2023, la concesión de licencias para nuevos asentamientos se ha acelerado todavía más.


Cuando la población palestina, impotente ante este panorama, se opone con acciones como lanzamiento de piedras contra los vehículos militares de las fuerzas ocupantes, estas aprovechan para reprimir las protestas y acelerar la desposesión. De la misma manera, ante el golpe que supuso el 7 de octubre, Israel aprovecha la oportunidad para intentar alcanzar su meta de forma acelerada. El primer objetivo de las acciones militares de Israel desde del 7 de octubre de 2023 no es la eliminación de Hamás, desde luego tampoco la liberación de los rehenes. Muchas de las acciones de las fuerzas israelís no tienen ningún sentido si se les presupone estas metas. Ahora bien, si entendemos que la finalidad es expulsar o eliminar el máximo de personas palestinas, hacer la vida imposible en toda o gran parte de la Franja de Gaza, y de paso también en buena parte de Cisjordania, todas estas acciones son perfectamente coherentes. Es la Nakba continuada, la que no cesa desde 1948.


 

El 7 de octubre de 2023

 

En 2023, Israel parecía haber conseguido normalizar sus conquistas y su dominio sobre la población palestina subyugada. Las fuerzas políticas palestinas estaban divididas entre una Autoridad Palestina colaboracionista y que Israel podía permitirse el lujo de ningunear, y Hamás, atrincherada en la Franja de Gaza con pocos recursos y pocas ganas -se suponía- de enfrentarse a un enemigo infinitamente superior.

 

Los regímenes árabes vecinos, débiles y dependientes casi todos de EEUU, no constituían ninguna amenaza. En 2020, con los llamados acuerdos de Abraham, promovidos por la primera administración Trump, entre Israel y Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahréin, Sudán y Marruecos, parecía iniciarse una nueva etapa de relaciones con países árabes -sobre todo interesaban los económicamente potentes- para los que la cuestión palestina dejaba de tener importancia. Solo faltaba cerrar un acuerdo similar con el pez gordo, Arabia Saudí, y parece que las negociaciones estaban ya en fase avanzada. El tema palestino no interesa a estos magnates del petróleo, solo tienen que salvar la cara ante la opinión pública, y más Arabia Saudí, como guardián de los lugares santos del Islam. Pero con Palestina desaparecida de los titulares, el problema parecía resuelto.

 

Lo mismo en la política interior israelí. Es estado sionista pasaba por una fase convulsa, con duros enfrentamientos entre los sectores liberales y ultranacionalistas o ultraortodoxos, que llevaban al país al borde de la ruptura. Pero cuando alguien intentaba plantear el tema palestino, había unanimidad: no hay tema palestino, la cuestión palestina está resuelta. Todo esto, relata Ilan Pappé, le explotó en la cara a la sociedad israelí el 7 de octubre de 2023. Tuvo que darse cuenta de que 75 años después de la creación del Estado, su mayor problema sigue siendo su relación con la población palestina.


 

La falacia de la solución de dos estados: injusta e imposible

 

La postura oficial de casi todos los gobiernos del mundo es que para solucionar el conflicto palestino-israelí hay que crear un Estado palestino que pueda convivir en paz con Israel. Sin embargo, prácticamente todas las voces expertas en el tema coinciden en que esto no puede ser la solución.


La mala fe de esta propuesta ya se desvela cuando nos damos cuenta de que la solución de dos Estados siempre se saca de la chistera cuando las cosas le van mal a Israel. Cuando le va bien, nadie habla de esta posibilidad. Así fue con los acuerdos de Oslo, que fueron consecuencia de la primera intifada (levantamiento en árabe, 1987-1991/93), cuya represión hizo mucho daño a la imagen internacional de Israel. Oslo acabó siendo una trampa para los palestinos, que tuvieron que reconocer a Israel en las fronteras de 1949 sin recibir prácticamente nada a cambio. Lo mismo ahora. En 2020, cuando se firmaron los acuerdos Abraham, nadie mencionaba la solución de los dos Estados. Pero ahora que Israel se enfrenta a la peor crisis de legitimidad en su historia, de repente se redescubre y está en boca de todos, aunque nadie dice nada concreto, porque está claro que no son sino palabras vacías.


El plan es imposible, para empezar porque Israel deja muy claro que no lo acepta, tanto el gobierno actual como la práctica totalidad de los partidos de oposición representados en su parlamento, la Knesset. Además, como hemos visto, Israel ha creado con los asentamientos ilegales en estos territorios una realidad que no deja espacio para un Estado palestino viable. Ya en el año 2000, en las fallidas negociaciones de Camp David, la propuesta de EE. UU. e Israel, que Yasir Arafat, el presidente de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), rechazó, contemplaba partir Cisjordania en tres cantones, separados por corredores que permitieran unir los asentamientos más importantes con Israel. Entonces había cerca de 193.000 personas en los asentamientos ilegales; a principios de esta década ya eran más de 490.000. ¿En cuántos pedazos habría que partir el territorio palestino para que estos asentamientos pudieran quedar conectados con Israel?

 

Además, sabemos que Israel nunca permitiría a un Estado palestino tener unas fuerzas armadas propias, exigiría tener el control sobre sus fronteras y su comercio exterior. ¿Sería esto un Estado digno de este nombre? Pero imaginemos por un instante que lo imposible sucediera, y se creara un Estado palestino. Sería un Estado sin continuidad geográfica, sin economía viable, sin recursos. Un estado pobre al lado del Estado israelí, rico y próspero. Acabaría siendo la reserva de mano de obra barata de Israel. Solo que ésta no tendría ninguna responsabilidad de garantizar a dicha mano de obra un mínimo de derechos sociales, como sí lo tiene que hacer si están bajo su administración. Al final serviría para que digan “los palestinos ni siquiera son capaces de autogobernarse”. Sería, en otras palabras, exactamente lo que el régimen racista de Suráfrica intentó sin éxito cuando creó los bantustanes de supuesto autogobierno de varias etnias negras. Solo que a éstos no los reconoció ningún gobierno del mundo. Y ahora, para Palestina, ¿se pretende que esta sea la solución?


Pero entonces, ¿cuál es la solución? Todos los grupos políticos palestinos, incluido Hamás, siempre han declarado que su lucha no es contra la población judía, sino contra la pretensión sionista de erigirse en los únicos dueños


del país. Así que no queda otra opción que un único estado democrático para todas las personas, judías y palestinas. Lo dicen cada vez más voces de ambos bandos, como el periodista israelí Gideon Levy: “Vivimos juntos en este país desde 1948, desde 1967. Solo tenemos que convertirlo en una democracia para todos”. Puede parecer utópico, pero cualquier otra solución es igual de quimérica y esta tiene la ventaja de ser justa.



Antisionismo no es antisemitismo


Una de las armas propagandísticas más recurrentes del sionismo es tachar al antisionismo como una forma de antisemita. Este intento se plasmó en 2016 en una definición del antisemitismo, por parte de la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA, por sus siglas en inglés), un organismo internacional del que forman parte más de 30 países, en su gran mayoría europeos. Aun siendo una definición de trabajo sin validez legal ni pensada para ser aplicada en la legislación de la UE o de sus estados miembro, tanto la UE como una treintena de países la han adoptado para su uso interno, igual que muchos gobiernos locales e instituciones.


Sin embargo, esta definición de trabajo es muy criticada, tanto a nivel académico y jurídico como político. Entre otros ejemplos, califica de antisemita “rechazar el derecho de autodeterminación de los judíos, por ejemplo, afirmar que Israel sea un proyecto racista”. Como hemos explicado, esto es la esencia misma de la crítica, bien fundada en los hechos y en la investigación histórica, del sionismo y de Israel como proyecto colonial de poblamiento. Declarar esta afirmación como antisemita es, como mínimo, un claro ataque a la libertad de expresión y a la libertad de cátedra. Por otra parte, llamar derecho de autodeterminación la apropiación de un país habitado inicialmente por solo alrededor del 5% de población colonizadora y donde hasta hoy vive aproximadamente un 50% de población colonizada, resulta cuanto menos extravagante.

 

Otro ejemplo de antisemitismo según esta definición es “comparar la política actual de Israel con la política de exterminio del nacionalsocialismo”. En un momento en el que cada vez más personas, incluidos investigadores judíos del Holocausto, como Omer Bartov, Raz Segal, Amos Goldberg, William Schabas o Shmuel Lederman sostienen que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza, parece de recibo comparar una política de exterminio con otra. Por lo visto, esta definición considera antisemitas determinadas afirmaciones, independientemente de si son veraces o no.

 

Por otra parte, se podría tachar a la definición misma de antisemita, siguiendo sus propios criterios. Porque otro ejemplo de antisemitismo que cita es “afirmar una responsabilidad colectiva de los judíos por la política de Israel”. Esto es antisemita, sin duda alguna, pero entonces solo es lógico afirmar que equiparar la crítica a Israel con una crítica al judaísmo o a todas las personas judías, también lo es.

 

Como demuestra el ejemplo de los investigadores judíos del Holocausto citados, cada vez más personas judías se desmarcan del sionismo y del estado de Israel. De hecho, hay una larga tradición de personas y comunidades judías antisemitas, desde los inicios del sionismo hasta hoy. Y es interesante señalar que el antisionismo judío abarca un largo abanico de corrientes de pensamiento. Desde los ultraortodoxos que rechazan el sionismo por motivos religiosos, pasando por personas de corrientes religiosas reformistas, u otras personas no necesariamente religiosas, pero sí orgullosas de la herencia cultural hebrea, personas adeptas a un espiritualismo ecléctico que mezcla tradiciones judías con otras, también personas de origen semita, pero laicas, entre ellas liberales, marxistas, anarquistas y nihilistas. Personas de todas estas características alzan la voz y por encima de sus diferencias, que no podrían ser más grandes, les unen dos cosas: son judías y son antisionistas.


 

La negación de la identidad palestina

 

El sionismo llega hasta el extremo de negar la existencia del pueblo palestino, como lo expresó en una entrevista Golda Meir, primera ministra de Israel (1969-1974): “No había tal cosa como palestinos”. Un argumento que, por muy burdo que sea, se sigue repitiendo, es que Palestina no existe, ya que la lengua árabe carece de la letra P. Efectivamente, la palabra árabe es Falastín, que proviene del griego Phylistieim, que en la Biblia se refiere a los habitantes no israelitas de esta tierra.

 

También se argumenta que la población palestina es simplemente árabe y que carecía de consciencia nacional antes del siglo XX. Lo cierto es que esto último se puede decir de la mayoría de las naciones no europeas y de algunas europeas también. Estamos tan acostumbrados a una visión nacionalista del mundo que nos cuesta entender que hace poco más de un siglo, para la mayoría de la gente este concepto carecía de importancia. Con la decadencia del Imperio Otomano, en Palestina, igual que en otros territorios, surge una identidad nacional propia. De todas formas, aunque fuera cierta la afirmación de que la población autóctona de Palestina carecía de consciencia nacional, esto no puede justificar la colonización de esta tierra ni la marginalización o eliminación de sus habitantes, a no ser desde una postura decididamente racista y supremacista.

 

Otro argumento para negar la existencia de Palestina es que el territorio actual no se corresponde con las fronteras administrativas del Imperio Otomano. Claro que, si este argumento se aplica a Palestina, con la misma razón se podría aplicar contra el Estado de Israel. Es cierto que las fronteras actuales de Palestina/Israel, igual que las de Jordania, Líbano y Siria, son fronteras coloniales impuestas por el Reino Unido y Francia después de la Primera Guerra Mundial. Hay muchos lazos culturales que unen las distintas regiones de toda esta zona, a veces denominada Levante, y bien podían haberse unido en un único Estado. Pero también es cierto que había tres centros urbanos destacados, Damasco, Beirut y Jerusalén, predestinados a convertirse en núcleos de tres Estados separados, aunque no necesariamente con las fronteras actuales de Siria, Líbano y Palestina/Israel.


En resumen, el pueblo palestino existe porque hoy día la población palestina se identifica como tal, y este es el único criterio válido. De manera notable, se consideran parte del pueblo palestino tanto la gran mayoría de quienes Israel denomina ciudadanos árabes de Israel, como la población de Jerusalén Este, Cisjordania y la Franja de Gaza, e igualmente la diáspora repartida por todo el mundo. Y si hiciera falta, unas de las mejores pruebas de la existencia de una cultura palestina fuertemente arraigada en su tierra, son los múltiples intentos del sionismo de erradicar sus huellas. ¿O qué otro motivo puede haber para destruir bibliotecas, registros civiles, museos, edificios históricos y restos arqueológicos, o hacer desaparecer las ruinas de aldeas vaciadas de sus habitantes bajo bosques artificiales, como se hizo después de la Nakba?



El principio del fin del proyecto sionista

 

El panorama actual no puede ser más negro. La población de Gaza se enfrenta al exterminio. Quienes no mueren bajo las bombas lo hacen de hambre, y la vida para aquellos que milagrosamente sobrevivan no tiene ninguna perspectiva. Con más del 90% de la infraestructura destruida, con el suelo contaminado para décadas por los escombros y las municiones, con muchas personas mutiladas y traumatizadas, ¿qué futuro les espera? En Cisjordania la situación también es angustiosa: detenciones arbitrarias, desplazamientos forzosos, asesinatos selectivos y también indiscriminados. Esto es la Nakba continua.

 

Y, sin embargo, hay esperanza. Ilan Pappé, quizás el mejor conocedor de la historia de Israel, sostiene que “estamos asistiendo al principio del fin del proyecto sionista”. Nombra varios indicadores para sostener esta afirmación: la fractura de la sociedad judía israelí, entre liberales occidentales y fundamentalistas ultranacionalistas, la profunda y estructural crisis económica, la debilidad del ejército israelí, incapaz de conseguir ninguno de los objetivos planteados en Gaza, el creciente aislamiento de Israel en la comunidad internacional y el auge del antisionismo en el seno de las comunidades judías en todo el mundo.

 

Ahora bien, estamos hablando de un proceso histórico que puede prolongarse años, quizás décadas. Y muchas veces es en esta fase final que los regímenes opresores ejercen su máxima brutalidad. Estamos en esta fase horrible, en la que el proyecto sionista intenta por todos los medios evitar su derrota. Y lo hace, por una parte, buscando una inhumana solución final al problema, consciente de que la resistencia solo desaparecerá con el pueblo palestino. Otra vez estamos ante el colonialismo de poblamiento: si no funciona ni el apartheid, ni la limpieza étnica, solo queda el genocidio. Por otra parte, Israel intenta expandir el conflicto, para forzar una confrontación global de la cual espera salir victorioso, arrastrando a EEUU a la contienda. Sin embargo, por los factores ya mencionados, es poco probable que con esto consiga otra cosa que prolongar su agonía.

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1El término sionismo lo acuñó en 1890 el judío vienés Nathan Birnbaum (1864-1937), que más tarde se desdijo de esta idea y se convirtió, por motivos religiosos, en ferviente antisionista. Su sucesor como protagonista del sionismo político fue el austrohúngaro Theodor Herzl (1860-1904).

2Destacados líderes sionistas, como Theodor Herzl, Max Nordau o Vladimir Jabotinsky se refirieron en varias ocasiones al sionismo como proyecto colonial. Organismos sionistas, como la Asociación de Colonización Judía o el Fondo Colonial Judío, llevaban la palabra en su nombre. Para lograrlo, solo tiene tres opciones. La primera es la marginalización de la población autóctona, en alguna forma de apartheid; otra, su expulsión, lo que se llama eufemísticamente limpieza étnica, o, en última instancia, su aniquilación en forma de genocidio. A menudo se combinan las tres. En la historia, podemos señalar proyectos coloniales de poblamiento exitosos, como en las Américas y en Australia, y otros, más recientes, fallidos, como la colonización francesa de Argelia y el Estado de apartheid surafricano.