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ENSAYO Y OPINIÓN



Adiós a la banda de rock.



Antonio Rojas García

Universidad de Granada.






Recientemente he resuelto una cuenta pendiente que tenía desde hace algún tiempo. Varias personas me habían recomendado The Last Waltz (1978), un documental dirigido por Martin Scorsese sobre el concierto de despedida del grupo canadiense The Band, el día de acción de gracias de 1976 en el Winterland Ballroom de San Francisco, el mismo lugar donde habían debutado años antes con ese mismo nombre (anteriormente eran conocidos como The Hawks). Supongo que funciono de una manera algo desordenada con las recomendaciones de amigos, y cuando digo desordenada me refiero a que no sé identificar un patrón sobre la forma en que sigo sus sugerencias. Independientemente de mi confianza en su criterio, deduzco que sucede en alguna situación en la que de repente todo encaja, y mis prejuicios sobre la recomendación ―casi siempre erróneos― se alinean con un determinado punto del espacio tiempo. Pueden pasar años hasta que esto ocurra, especialmente con libros y películas. Uno de esos momentos ocurrió una mañana de sábado mientras desayunaba, cuando no sabes si ver algún refrito en televisión con desgana, encender la radio, leer la prensa en internet, o todo a la vez. A los veinte minutos de empezar a ver el documental lo quité. Era demasiado singular y profundo como para verlo un sábado por la mañana. Merecía otra cosa. Lo pospuse y lo vi de noche un par de días después.

 

The Band fue un grupo de rock que inicialmente ganó reconocimiento por ser, primero, la banda de apoyo del cantante rockabilly Ronnie Hawkins, y posteriormente la que acompañó a Bob Dylan durante su gira en 1966. De hecho, algunos de sus integrantes participaron en la grabación de esa obra maestra que es Blonde on Blonde (1966). Martin Scorsese, que acababa de estrenar Taxi Driver y lidiaba con una fuerte adicción a la cocaína, se embarcó en este proyecto a petición de Robbie Robertson (guitarra y una de las voces de The Band), con quien mantendría una relación de amistad y profesional que duraría décadas. El director neoyorkino consigue con el documental ofrecer un compendio de lo mejor que rodea a un grupo de música: la complicidad y camaradería, la emoción del directo, la comunión con el público, el placer de tocar con otros músicos. También de la noción de que todo tiene un final y de que es recomendable darse cuenta a tiempo. Todo ello desprendiendo una frescura y autenticidad que, en la actualidad, en la era de los documentales guionizados, parecería imposible conseguir.

 

La cinta comienza con una sugerencia: "This film should be played loud!" (“¡Esta película debería reproducirse a volumen alto!”). Y a partir de ahí, por el concierto aparecen una serie de músicos que acompañan al grupo en su despedida, como si quisieran devolver el favor a una banda que alguna vez fue acompañante de lujo de muchos de ellos. Aunque según cuentan, con Bob Dylan hubo que renegociar el favor. Entre canción y canción se intercalan entrevistas con el grupo y algún spoken word. La formación principal de The Band la componían el mencionado Robbie Robertson, Levon Helm (batería, mandolina y voces), Rick Danko (bajo, violín y voces), Garth Hudson (teclados, acordeón y saxo) y Richard Manuel (teclados, percusión y voces), todos ellos multinstrumentistas y excelentes músicos. Entre los artistas invitados, aparece un Neil Young en dudosas condiciones, una Joni Mitchell como si el escenario, ella y su guitarra acústica fuesen solo uno, o la melosa presencia de Neil Diamond. Especial mención merece Muddy Waters, cuya actuación fue filmada casi por accidente. Al parecer, Scorsese había ordenado apagar todas las cámaras para ahorrar batería, sin embargo, el cámara László Kovács, harto de las instrucciones del director, se había quitado los auriculares con anterioridad y siguió grabando. Cuando Scorsese se dio cuenta de la calidad de la actuación en Mannish Boy, intentó poner en marcha todas las cámaras de nuevo, que necesitaban algo de tiempo para volver a filmar. El resultado fue que la mayor parte de la maravillosa actuación de Muddy Waters fue registrada fortuitamente por una sola cámara.


 Por encima de todas esas entradas y salidas del escenario, como si fuese el patio de un recreo, sobresalen Bob Dylan y Van Morrison, ocupando un papel de estrellas treintañeras ya consolidadas. El concierto termina con un fin de fiesta y despedida con la mayoría de los artistas en el escenario al que, entre otros, se suman Ronnie Wood (The Rolling Stones) y Ringo Starr (The Beatles). Por el camino, The Band dejaba una excelente reputación como banda de rock y un puñado de buenas canciones, como las fantásticas The Weight o The Night They Drove Old Dixie Down.

The Last Waltz me conmovió, por sorpresa y revisitando prejuicios, como lo hacen las buenas obras, y me hizo pensar en una tendencia evidente en los últimos años y sobre lo que había estado leyendo: la progresiva desaparición de la banda de rock como fenómeno musical. Ya saben, esa orquesta de andar por casa, que por lo general la forman un grupo de 3 a 6 personas e incluye guitarra, bajo, batería, voz y, algunas más sofisticadas, teclados, vientos o apoyo electrónico.

 

Podría parecer algo injusto, y además un argumento muy repetido, comparar la situación actual con los sesenta y setenta del siglo pasado, probablemente la época dorada de la banda de rock. Pero es innegable que en esas décadas aparecerían bandas, principalmente británicas o americanas, que serían referencia en años posteriores y que darían lugar a una amalgama de estilos: The Velvet Underground, Pink Floyd, Love, The Beach Boys, Talking Heads, MC5, The Clash, T-Rex, King Crimson, The Kinks, The Grateful Dead, Sly and the Family Stone, Led Zeppelin, Black Sabbath y muchas otras que podrían mencionarse aquí. Además, fuera del mundo anglosajón hubo otras bandas que con mayor o menor éxito integraron el rock en su propia tradición local, como Os Mutantes en Brasil, Triana en España o el Anatolian rock, grupos turcos de rock psicodélico cuyos riffs son sampleados y a veces secretamente homenajeados por artistas actuales. Desde entonces hasta ahora, poco a poco los estilos se han ido diversificando, dando lugar a fenómenos musicales cada vez más definidos y marginales, aunque no necesariamente de menor calidad, pero sí con un decreciente impacto en la industria musical y en la cultura popular.

 

Si seguimos echando la vista atrás, no es la primera vez que esto ocurre. Ya en los años ochenta el rock dio señales de crisis, incluyendo algunos batacazos de figuras muy consagradas como David Bowie con su disco Never Let Me Down y su accidentado Glass Spider Tour o The Rolling Stones con varios discos olvidables. En aquellos años la banda de rock fue perdiendo protagonismo frente a otros géneros como la emergente música electrónica y todas sus ramificaciones. En la segunda mitad de esta misma década y principios de los noventa, el rock sería rescatado fundamentalmente por tres estilos: el thrash metal, el grunge y el britpop (Radiohead incluido). Sin embargo, esta vez parece una situación distinta: la actual crisis del rock se alarga desde hace ya más de una década y aquellas bandas que parecen mantenerlo a flote hace tiempo que celebran aniversarios de dos cifras.

 

Entonces, ¿se ha agotado el rock (y la banda de rock) como fenómeno musical? La primera idea que me ronda la cabeza es que quizá los nuevos tiempos han llevado a las nuevas generaciones a adoptar otras estrategias como músicos y, tal vez, consumir otras propuestas como oyentes. Siendo un adolescente con ciertas aspiraciones musicales, viviendo en una ciudad más o menos grande, es posible que sea difícil reunirse con algunos amigos para tocar. Además, ¿dónde ensayar? Mejor quedarse en casa. Tampoco hay que obviar que las relaciones en una banda se desgastan y son numerosos los ejemplos de que la convivencia suele saltar por los aires después de un tiempo. También es posible que aquel provocador lema que cantaba Ian Dury ―sex and drugs and rock’n’roll― ya no sea atractivo para las nuevas generaciones y vean en esa declaración un desfasado modo de autodestrucción. No les faltaría razón.

 

Hace ya algún tiempo se popularizó el término DIY (do it yourself) aplicado a la música, primero casi exclusivamente al punk y después se fue extendiendo a otros estilos. Más tarde, aparecieron otros términos, como el sugerente bedroom pop, que sería algo así como una actualización del garage rock, no solo en lo que al lugar de ensayo se refiere, sino también en lo estilístico. Esta corriente no solo venía confirmando una lenta emancipación de los músicos de la necesidad de llegar al público a través de una compañía musical, al menos en sus inicios, sino también de la necesidad de otros músicos en el proceso de creación. Gracias al avance tecnológico, por ejemplo, con la proliferación y desarrollo de DAWs (Digital Audio Workstation) y las redes sociales, este movimiento se aceleró en la segunda década del siglo XXI, haciendo de la autoproducción algo mucho más habitual. Y por si había alguna duda, llegó la pandemia del Covid-19 para mostrarnos que hasta nuestro vecino había grabado un disco.

 

En un mundo en el que todo producto debe estar bien empaquetado y etiquetado, ciertos relatos que se utilizan y repiten en la industria musical son más fácilmente adaptables a una persona que a una banda. Por ejemplo, el de un camino difícil hacia el éxito, relato que tanto abunda entre solistas en el rap o la música urbana y que no solo ocurre en la música; si no escuchen el discurso de algunos deportistas. En cambio, ¿es extrapolable esa idea de un camino arduo hacia el éxito a una banda de rock? No estoy tan seguro. Se podría suponer cierta solidaridad ―solo se podría― entre los miembros de un grupo, tendrían que contarnos quien lo paso peor… Este relato ya no encaja tan bien en la banda de rock. Además, probablemente ni siquiera haya sido una aspiración del rock representar una historia de superación. Más bien, una representación de talento canalla, lo cual parece interesar cada vez menos.

 

Puede ser que, en una sociedad obsesionada con dos elementos que tienden a escasear como la identidad y la originalidad, sea mucho más atractiva la idea de una sola persona como estrella. ¿Y por qué no? Ocuparse de un ego en lo laboral y en lo económico podría ser mucho más llevadero que hacerlo de cuatro. Desde otro punto de vista, puede ser reflejo de una sociedad en la que la soledad, buscada o no, va en aumento, y en el que el uso de la tecnología nos permite compensar de alguna manera la falta de compañía. Obviando entre otras cosas que, por muy mal músico que seas (grupo en el que me incluyo), el placer de tocar con otras personas y que suene algo medianamente armónico es insustituible.

 

Parece tarde para renegar del uso de la tecnología en la música, IA incluida. Y sinceramente no creo que limite el talento, más bien al contrario: hay artistas realmente brillantes en este ámbito y permite abrir nuevos caminos en la música. No obstante, su uso abusivo sí puede verse como un atajo para ciertos aspirantes. Igualmente, me parece que reduce un aspecto esencial que tiene el directo de bandas y músicos en general: la incertidumbre. Cierto que en un mundo cada vez más profesionalizado, parece naif creer que haya mucho espacio para el azar, y más aún que ciertos espectaculares artificios no estén meticulosamente preparados. Aun así, ese espacio para la lidiar con la incertidumbre a través de cierta espontaneidad, e incluso improvisación, existe en una banda y bien gestionado puede producir momentos realmente mágicos. Otro aspecto relacionado es la posibilidad de fallar. Sí, una nota equivocada, un golpe a destiempo, un instrumento desafinado… y más importante, que nada de eso ocurra o se solucione sobre la marcha, para salir indemnes de ese paseo por el alambre. Esto nos lleva directamente al mérito de un grupo de músicos que se sube a un escenario y muestran lo que saben hacer, mejor o peor, sin red que los pueda salvar. En una actuación muy respaldada por la tecnología este juego de equilibrios se diluye, y en el mejor de los casos, un concierto se va alejando de lo musical para adentrarse en un espectáculo escénico que aúna teatro, danza, e incluso cine. En el peor de los casos, se convierte en una pequeña muestra enlatada de una serie de composiciones; sin alma. Esto no evita que se puedan producir otro tipo de contratiempos. Siempre me hace sonreír cuando a los artistas se les olvida apagar el Auto-Tune y en los habituales breves discursos entre canción y canción, la voz de los cantantes fluctúa artificialmente buscando una nota. Cosas del directo.

 

Si hay algo positivo en la evolución del rock en los últimos años es el aumento de bandas con componentes femeninas. Hasta principios de los 2000, salvo en contadas excepciones, la banda de rock ha sido algo esencialmente masculino. En la actualidad, es indudable la mayor presencia de mujeres en las bandas de rock, más allá de la figura de la frontwomen, como las excelentes Debbie Harry (Blondie), Kim Gordon (Sonic Youth) o Chrissie Hynde (The Pretenders), con algunas bandas enteramente compuestas (o casi) por mujeres realmente buenas como La Luz, Wet Leg o Warpaint, siguiendo la estela de bandas de los noventa como Sleater Kinney o The Breeders.

 

Paradójicamente, las bandas de rock siguen siendo uno de los principales reclamos de los festivales de música; solo hace falta echar un vistazo a cómo la publicidad utiliza, versionados o no, éxitos del rock de cualquier época en sus anuncios –con David Bowie ya roza el abuso–, para darse cuenta de que sigue vigente. Es curioso pensar que da la sensación de que el rock ha envejecido, pero no ha pasado de moda. Así que no es descartable que en algún momento se reinventara de nuevo, y nos sorprendiera con nuevas propuestas a través de mezclas con otras músicas o revitalizando estilos que teníamos olvidados. Aunque dada mi capacidad predictiva, podría equivocarme de nuevo, ya saben, como suelo hacer con las recomendaciones de mis amigos.

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